miércoles, 15 de octubre de 2014

Lo que no dormí en San Sebastián, Parte IV. Relatos Salvajes

El humor negro es, y anuncio desde ya mismo un insufrible cúmulo de disertaciones a la cual más afectada y ridícula, una de las mejores cosas de la vida, una que no se ha de preocupar por otorgarle a ésta algún sentido sino de, en cambio, ilustrar sus más numerosos sinsentidos con un atrevimiento y amplitud de miras mucho mayores de los que, por regla general, pudieran ofrecer el melodrama o la tragedia. El humor negro es, asimismo, libertad, no conoce fronteras como no sea para derribarlas con gozosa arrogancia, y una vez a horcajadas sobre los escombros, reflexionar sobre su maltrecho legado. El humor negro es democracia. El humor negro ofrece un espectro vasto y caótico de abigarradas posibilidades en el que todo el mundo puede incurrir si tiene los redaños suficientes, si se acaba atreviendo a abrazar el desafío que supone la más absoluta y auténtica de las libertades de expresión. Y el humor negro, encima, ofrece también la posibilidad de luego, si queda algo de tiempo y ganas, reírse de todos aquellos que alguna vez quisieron coartarlo o destruirlo.
   Yo amo el humor negro, y si bien por humildad y memoria histórica no podría calificarlo como mi tipo de humor favorito (tal honor recaería sobre un "humor amarillo" más generalista que, desde luego, abarcaría muchísimos otros tipos de humores, desde el negro al blanco pasando por el absurdo y, tan inevitable como penosamente, el inteligente), sí creo que es el que garantiza la carcajada más liberadora, que es aquélla que es concebida ya previamente despojada de prejuicios, y que una vez que nace tiene algo de retador, de iconoclasta, de autoafirmativo. Esa carcajada nos define como individuos más o menos sabios, más o menos amargados, más o menos cínicos y, sobre todo, como individuos a los que simplemente les gusta reír. De lo que sea. Porque ésa es otra de las grandes virtudes del humor negro: todo vale...

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   ...en principio. Tuve mucho tiempo de pensar en el humor negro como concepto la tarde en que vi Relatos Salvajes, de Damián Szifrón, en ese teatro, maravilla para cualquiera de los cinco sentidos, llamado Victoria Eugenia, dentro del marco de la 62 Edición del Festival de San Sebastián. Tuve mucho tiempo porque, lo que es reír, me reí poco. No era la primera vez que entraba en aquel rutilante y majestuoso edificio, pero sí sería, lamentablemente, la última. Mis compañeros del Jurado Joven y yo (esta extracción del yo, únicamente sintáctica por el momento, acabaría resultando muy significativa), habíamos visto en jornadas anteriores tanto a la maravillosérrima Jessica Chastain presentando una película que no merece valoración más documentada que la de "tostón" (La desaparición de Eleanor Rigby, originalmente dos películas juntas y revueltas en una que no merece el esfuerzo ni de los más contumaces lectores de Paulo Coelho, ni de los más desinformados beatlemaníacos, ni de nadie en absoluto), como una notabilísima película de Sección Oficial que nadie, hoy día, recuerda (Casanova Variations, protagonizada por el ególatra John Malkovich, que bien merecería su propio post pero que lo más seguro se acabe conformando con un lugar de honor en el compendio de mis experiencias metacinéfilo-teatral-operísticas). El caso. Aquella tarde, previamente a disfrutar (yo quería disfrutar, os lo aseguro) de Relatos Salvajes, varios ilustres personajes se pasaron por el escenario del Victoria Eugenia.
   Dichos personajes eran, en orden de candoroso prestigio en lo que a mí respecta, Ricardo Darín, Pedro Almodóvar, Leonardo Sbaraglia, Damián Szifrón y un actor al que no conocían ni en su casa a la hora de comer y que, luego de la proyección de la película, tampoco empezaron a hacerlo. El día anterior había sido el cumpleaños de Pedro Almodóvar, y el productor de Relatos Salvajes, aparte de dejarse recordar tan señera fecha (que supongo que en un futuro no muy lejano acabará rubricándose fiesta nacional), nos reveló que, años ha, el Festival de San Sebastián acogió el estreno de su primera película: Pepi, Luci, Bom, y otras chicas del montón. Todos aplaudieron, claro, bien porque no habían tenido nunca oportunidad de verla o bien porque, aun habiéndola visto y habiendo quedado, pues no se puede quedar de otro modo, traumatizados para toda una vida, sabían que los inicios son difíciles, y si eres un genio más. Luego el resto de señores también habló un poco, destacando a Ricardo Darín y a Leonardo Sbaraglia, quienes mantuvieron un desconcertante diálogo acerca de un número musical que habían preparado con no sé quién, que igual ahora lo hacían, ay no, ahora no porque el boludo este no ha acudido, al final sí, al final no, y tal. No hubo número ni cosa parecida, claro, y hubieron de hacer como que no pasaba nada valiéndose de su saber estar y su vacilona argentinidad ante la cara de póker de toda la platea, que reflexionaba en torno a un chiste que nadie estaba seguro de que fuera tal. Y así fue el primer momento de post-humor de la velada, entendido el post-humor como una broma de etimología dudosa que te puede hacer gracia o no, pero que en cualquier caso al emisor se la trae floja si no te la hace.

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Por ahí vagabundeaba yo, sin imaginar el trauma que me aguardaba

   Relatos Salvajes no es una película de humor negro, sino de post-humor, y de post-humor del malo, de ése cuya proverbial incomodidad se extrae de la manifiesta ignorancia que Damián Szifrón (director y guionista) muestra tener en torno a la manipulación de los mecanismos de humor negro que tan flemáticamente dice abanderar, no sólo fracasando en torno a conseguir cierta efectividad, sino metiéndose de paso en un jardín que flipas. El hombre se ha guisado y se ha comido hasta seis cortometrajes, y luego los ha juntado, asumo que en un orden no lo suficientemente meditado, en una sola película, ya que, según él, están inextricablemente unidos en cuanto a la temática. Y qué puta temática es esa, me preguntaba yo furibundo una vez la película concluyó, y las opiniones tan entusiasmadas de mis semejantes tenían a bien relegarme al ostracismo cultural. Uno de los ostracismos, por cierto, más enervantes que imaginarse pueda.
   Si estos Relatos Salvajes tienen efectivamente algo en común no es sino el exceso y la torpeza con el que éste ha sido gestionado. Un exceso, valga lo rimbombante de la expresión, tan mal medido, tan catastrófico, que acaba por resultar francamente desagradable. En pos de remediarlo, poco pueden hacer sorprendentes introducciones (Relato #1), discretos divertimentos destroyer (Relato #3) o buenas ideas desaprovechadas (Relato #5), porque la pifia de Szifrón es general. El dire ha confundido lo negro con lo absurdo, lo sarcástico con lo mezquino, las churras con las merinas, y ni siquiera ha sido demasiado original a lo largo del proceso. Ha fundamentado la diversión en ver cómo un conjunto de personas sufre injusticias o maltratos por parte de diversos desalmados para luego perder los estribos y vengarse de mil y una maneras. Sobre el papel no tiene mala pinta, pues asociamos la idea con la caricatura, la farsa, con un buen terruño, en fin, en el que sembrar el humor negro y éste fructifique en carcajadas autoconscientes.

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Los protagonistas del esperpento

   En lugar de eso tenemos, como paradigma, la historia protagonizada por Ricardo Darín. Relato #4. En la que, sí, el susodicho hace de un pobre hombre al que la sociedad putea de manera supuestamente hilarante. Bien. Para empezar, poner a Ricardo Darín como protagonista de un relato de estas características es un soberano despropósito. El actor, uno de los mejores del panorama mundial, es el jodido Morgan Freeman de la lengua cervantina, y personaje que coge, por muy plano que sea, personaje con el que vas a empatizar. Y, atención, la empatía es la muerte del humor negro. Es lo que impide que puedas ver las cosas desde una distancia prudente y puedas extraerle todo su jugo tragicómico, y es lo que hace que puedas llegar a pasarlo realmente mal con una película como, por ejemplo, Fargo. Un espectador más insensible que yo podría haber sorteado este obstáculo y no pasaría nada, mejor para él, supondría, así se ríe y se lo pasa bien y todos contentos menos, obvio, Darín. Y yo. El verdadero problema llega cuando la susodicha empatía se pliega a las circunstancias y se las apaña para manipular la mismísima escala de valores del respetable, en cuanto a la siguiente escena: (SPOILER) Ricardo Darín dinamita un edificio entero como, él piensa, justa retribución a los desmanes sufridos. ¿Y cómo reacciona entonces el público del humanista y por lo demás honorable Teatro Victoria Eugenia? Aplaude. Con alborozo, con furiosa alegría. Aplaude semejante muestra de violencia desmedida y cruel. La justificación de éste, luego de trasnochadas reciminaciones, no se hace esperar. "Es que es humor negro". Y antes de eso ha vuelto a aplaudir, con más fuerza si cabe, cuando el personaje de Darín, dentro del inquietante microcosmos de la película que ya es nuestro propio microcosmos, se hace famoso por semejante "hazaña", y es considerado un héroe con todas las letras por sus actos, no hay otro modo de llamarlos, terroristas.
   Esto, aparte de ser una copia burda e inmoral de Taxi Driver, es una barbaridad, una perversión de esos fundamentos del humor negro que Ricardo Darín, sin darse cuenta el pobrecín, acaba de dinamitar también. El humor negro no se aplaude, no se debe aplaudir, su naturaleza no ha de permitirlo. El aplauso es sumisión, es tomar partido, es celebración, se aleja totalmente del ingrediente básico del humor negro que, más que la risa, conseguida o no, es el distanciamiento y la reflexión derivada. En el segmento del hijo de la novia no hay distanciamiento, no nos lo permite ni el actor ni el carácter cotidiano de las afrentas, y tampoco hay una reflexión subyacente, como no sea una mucho más profunda y corrosiva que la que se aprecia a simple vista, una que debería acudir al socorrido argumento de lo puta mierda que es el ser humano. Y en cualquier caso, y todo lo modestamente que soy capaz, que no es mucho, pienso que esa supuesta reflexión no fue captada por ninguno de los espectadores que aplaudían. O, más bien, prefiero no pensarlo, porque de lo contrario significaría que todos ellos festejaban lo puta mierda que es el ser humano. Y eso ya, no sé, es como demasiado jebi.

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"¿Me estás copiando a mí, boludo?"

   Vamos, que todo es un lío, que el humor negro hay que saber trabajarlo, pulirlo bien, pensarlo caray, porque si no te metes en un sindiós metafísico tan épico como éste que he tratado, seguramente en balde, de desentrañar. Y una película tan floja como ésta no debería dar ni para eso. Dudo, así las cosas, que Damián Szifrón haya pretendido hacer algo tan profundo como lo que mis anteriores líneas esbozabam, sobre todo al examinar historias tan pedestres y básicas como la protagonizada por Leonardo Sbaraglia (el ya mencionado Relato #3) o la de la novia (Relato #6), segmento este último que de tan grotesco que es acaba pareciendo una mezcla de Almodóvar, olé ese productor, y Von Trier, sin por supuesto una cuarta parte de la gracia de éstos.
   Por otro lado, la película está muy bien hecha y muy bien interpretada, y está rodada en argentino, que siempre es un plus. Al margen de esto, como digo, me ha resultado una obra repugnante. Y lo mejor de todo es que he sido el único.

sábado, 11 de octubre de 2014

El profeta perdido

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No deja de ser triste, por mucho que su propia naturaleza se preste a ello, que un mito patrio con la hondura y significancia de José Luis Torrente se asocie automática y cerrilmente a palabras tan desafortunadas como "cutre", "zafio", "vulgar", "casposo" o "marca España". Así como, en un alarde tras otro de insensata vergüenza torera y maniquea hipocresía, ciertos sectores de la sociedad, o incluso de la industria del cine por la que Santiago Segura ha hecho tanto y tan bien, censuren su producción cinematográfica, valiéndose de cuatro de los cinco epítetos enumerados arriba para justificar su falta de visión. Hay bastantes cosas por censurar dentro de esta ristra de películas, no seré yo el que lo niegue, pero ninguna habría de pasar, estrictamente, por los mencionados epítetos. Sería estúpido. Las películas de Torrente son cutres, zafias, vulgares y casposas porque el propio Torrente es cutre, zafio, vulgar y casposo. Partiendo de esto, Santiago Segura ha pergeñado un puñado de películas muy apreciables y, sobre todo, muy divertidas.
   Bien es cierto que este mismo señor (que podría figurar perfectamente en la lista de los cinco españoles más ilustres nacidos en el siglo XX) dijo todo lo que tenía que decir en la primera película, Torrente, el brazo tonto de la ley, y lo dijo muy bien, y así le fue recompensado con algún Goya que otro. Su estudio sociológico de la España más castiza y familiar era incisivo, furioso e incluso trágico (nunca ha llegado tan lejos, a este respecto, como en su opera prima), su humor negro era tan ominoso que, por momentos, se olvidaba de que tenía que hacer reír y se contentaba con incomodar y así, como quien no quiere la cosa, le salió su peli de Torrente menos divertida. Luego, como pasa con todo, se volvió comercial, se hizo camisetas, salió en Tu cara me suena, el propio país cuyos cimientos ideológicos y estéticos había tratado con tanto tesón de demoler lo encumbró como celebridad nacional, como el amiguete definitivo, y el éxito mató al genio. El ganador del Goya al Mejor Actor Revelación por El Día de la Bestia, de este modo, sintió que no había una gran necesidad de apuntalar su discurso y de buscar nuevos cauces de expresión, que no era imprescindible volver a apuntarse a todos aquellos concursos televisivos para recaudar perrillas (en serio, la de este hombre es una de las biografías más fascinantes de nuestro tiempo), por lo que decidió dedicarse al muy lucrativo negocio de la producción audiovisual de churros, esto es, secuelas, que aparte de ser sucesivamente peores convinieron en salvar la taquilla española cada año en el que asomaron el morro. Todo esto sin un solo Goya, ni siquiera técnico, como reprimenda indolente a un artista cegado por el oropel.

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Aquí el noble y señero sabio, haciendo lo suyo

   Y a todo esto, ya vamos por la quinta, que bien podría ser la última pero que, muy posiblemente, no lo será. Esta vez se dice por ahí que le ha salido muy bien la jugada a Segura, que se ha preocupado por construir algo parecido a una "historia", él mismo dice que su guión es "redondo", incluso se habla del regreso de una transgresión que, luego de ser estrenada El brazo tonto, sólo se dejó entrever adscrita a esa molesta manía de Torrente de llamar "negros" o "rumanos" a los negros y a los rumanos. La cosa promete, claro, incluso para aquéllos que disfrutaron de Lethal Crisis (cuarta entrega en la que la participación de Kiko Rivera, alias "Paquirrín", devenía en hallazgo dramático insuperable), y que no les pareció tan mala El protector (tercera entrega en la que el desaprovechamiento de José Mota, pese a todo, debió ser penado con cárcel en aquel entonces). Por mi parte, que me declaro orgullamente torrentiano de pura cepa (Misión en Marbella es de las pelis que más he visto durante mi más tierna pubertad, lo cual es posible que explique muchas cosas), no di mucho pábulo a semejantes habladurías, ya la que la iba a ver de todas todas con la única pretensión de echarme unas risas. Como torrentiano, digo, acudí a la sala de cine sin intención de maravillarme de la sesuda y realista visión que Santiago Segura, ese malogrado visionario, hubiera podido dar de la actualidad española más rabiosa. A decir verdad, ni siquiera acudí concretamente a ver dicha película (yo iba a ver una de Polanski, porque la cabra tira al monte), pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
   En primer lugar, decir que Torrente 5: Operación Eurovegas está ambientada en un futuro, no me atrevería a calificar de distópico, fechado en el año 2018. Torrente sale de la cárcel donde ingresó al final de la cuarta peli (Paquirrín, desgraciadamente, no sale con él, supongo que porque está muy ocupado pinchando), y se da de bruces con un presente aciago, cuyas circunstancias no detallaré porque la inmensa mayoría de los chistes buenos que ofrece la función tienen que ver con él. Desengañado con esa España que tanto ama y que tanto le duele, decide renegar de su condición de garante de la ley y planear el robo de un casino en Eurovegas con la compañía, como siempre, de un variopinto catálogo de personajillos al cual más impresentable.

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Si el hombrecillo de la derecha no os inspira ternura estáis muertos por dentro

   En dicho equipo militan Julián López, que tristemente no tiene demasiada gracia (no por culpa suya, sino porque interpreta un personaje que Gabino Diego interpretó en el pasado, y Gabino Diego es mucho Gabino Diego y... y yo qué sé, insértese chiste malintencionado en torno a su fealdad aquí); Jesulín de Ubrique, que sí que es bastante más salao; Angy, la tía de Tu cara me suena que, hablando en plata, no tiene ni puta idea de actuar (ni gracia tampoco); Florentino Fernández que tampoco es que esté la mar de inspirado; Fernando Esteso, que me da tanta penica que mejor no digo nada;  Anna Simon, la tía insultantemente buena que, hablando en plata, no tiene ni puta idea de actuar (ni gracia tampoco); Alec Baldwin (sí, de los Baldwin), que sólo por el hecho de hablar castellano peor que Sergio Ramos ya se debió pensar el dire que quedaría muy gracioso; y... eh, que no todo es tan malo, Cañita Brava y Carlos Areces. El primero por fin obtiene el papel más o menos protagónico que se venía mereciendo desde El brazo tonto de la ley, y el segundo está inconmensurable desarrollando una nueva tipología de señor imbécil (parecía obvio suponer que ya las ha probado todas, pero yo, que soy amigo íntimo suyo y confidente desde que nos conocimos en San Sebastián, os puedo asegurar que el tipo tiene aún mucho que ofrecer). Visto el percal, se echa muchísimo de menos más minutos por parte de los dos últimos, y no se entiende la actitud de Segura de optar por que Angy o Anna Simon tengan más protagonismo, sobre todo habida la cuenta de que sus personajes son cagarrutas de primera categoría y que ni siquiera tienen la deferencia de enseñar las tetas. Al hilo de esto, en efecto, en Operación Eurovegas no salen mozas enseñando sus virtudes, y lo que supondría una desafiante invitación a exigir que nos devolvieran el dinero acaba por no ser tan importante, gracias a que los espectadores son capaces de encontrar placer en otros lados.

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Este hombre es lo mejor que le ha pasado a la comedia española desde Manuel Fraga

   Porque sí, Operación Eurovegas está díver, y los chistes están más currados y tienen más miga que los de entregas anteriores (lo cual no quiere decir necesariamente que sean más graciosos). Santiago Segura se permite deleitar al espectador más o menos informado con una avalancha de jocosas referencias a la actualidad, que provocan tanto la risa como el sorprendido "jej, será cabrón" (más abundante este último). No alabaré de forma desmedida este aspecto, empero, pues el humor de Segura no deja de ser el típico de cualquier enteradillo con mínima inventiva, envuelto en un aura maternal finalmente molesta de "Veréis lo que os va a pasar como sigáis portándoos así", que cae en la obviedad y la reiteración más pronto que tarde. En efecto, Operación Eurovegas, por mucho que lo intenta, carece de la amargura y el dolor del El brazo tonto de la ley, simplemente porque Segura, aunque a lo mejor esté más cabreado que hace dieciséis años, ya no es el mismo.
   Claro que esta crítica, más nostálgica que decepcionada, carece de valor a la hora de calificar globalmente una película que, en efecto, es la más "redonda" de la saga desde Misión en Marbella. Los chistes, por fin, se extraen de la trama en lugar de atropellarse unos a otros; hay una realización sólida y segura al otro lado (jijiji, he dicho "segura"), tanto que uno acaba por reparar en lo buen director de género que sería el susodicho si se alejara alguna vez de sus torrentes; y los cameos, que en entregas anteriores acabaron por ser irritantes, aquí están en general muy bien ensamblados (hay algunos, digo más, realmente memorables). Ciertos aspectos del guión no están todo lo pulidos que debieran, como el regreso de la incomparable Chus Lampreave y Neus Asensi (nunca entenderé cómo esta última pudo desarrollar una carrera artística fuera del marco de la época del destape), la cancerígena subtrama de la mujer de Esteso, o el recargadísimo final, pero, yo qué sé, al fin y al cabo reírte te ríes, y eso es lo que importa. Es lo único que importa, más bien.
   Conclusión, película para ver, reír y olvidar. Exclusivamente. Los que quieran ver películas políticas de verdad, mejor que empleen el tiempo en ponerse un vídeo de Pablo Iglesias.

lunes, 6 de octubre de 2014

Lo que no dormí en San Sebastián, Parte III. The Drop (La Entrega)

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Si alguien me pidiera que, en vistas a hacer alarde de una concisión siempre difícil para el que esto suscribe (aplausos y abrazos y felatios para aquellos dichosos que consiguen acabar mis artículos), definiera todo el cine visto en el Festival de San Sebastián valiéndome de un solo par de palabras, éste sería el conformado por, y me ha costado menos de lo que parece, "mucha mierda". El nivel de podredumbre alcanzado por las producciones que a lo largo de la semana y pico que ha durado la cosa han ido exhibiéndose con suficiencia y sin sonrojo ante mis ojos ha sido inacabarcable, inesperado, infumable. Obviamente, no he visto todas las obras del festival, el giratiempo me lo dejé olvidado en la última peli buena de Harry Potter, y la mayoría de esta bazofia se suele limitar, con honrosas excepciones, al marco de dos categorías que para siempre serán recordadas con una mezcla de furia y modorra: Horizontes Latinos y Nuevos Directores. Siendo miembro del Jurado Joven tenías que verte obligatoriamente la mayoría de las películas presentadas en estos espacios, con la finalidad de luego calificarlas con un número del 1 al 10 atendiendo a lo que te había parecido o al tiempo que habías estado sobando (en este último caso, mucho más habitual del que yo jamás creí posible, el intrépido miembro de turno se sentía culpable y les encasquetaba indiscriminadamente un 5, y ése es uno de los tristes motivos por lo que, supongo, la mierda nunca dejará de fluir). El caso que, entre chufipelículas de arte y ensayo, siestas ominosas, y debús de impresentables de muy diversa raigambre, un miembro del Jurado Joven de perfil medio y modesta capacidad de asimilación artística acababa deseando, en un impulso consciente y documentado, una de hostias.
   Lamentablemente, y mediando una insólita falta de empatía y sensibilidad, las autoridades festivaleras dictaminaron que The Equalizer, dirigida por Antoine Fuqua, y protagonizada por Denzel Washington (a la postre galardonado con el Premio Donostia), fuera la película que abriera el festival, cuando los neófitos aún no teníamos idea de lo que se nos venía encima. La falta de empatía y sensibilidad se agravó aún más cuando el citado trabajo resultó un bodrio del quince, un film tan estúpido y chapucero que ni siquiera tenía la decencia de no tomarse en serio a sí mismo. Ignoro cuándo se estrenará en pantallas no festivaleras, pero por si acaso me gustaría eximiros desde ya de cualquier intención de verla. Y sí, sale Chloë Grace Moretz. Aún así.

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Cara de Denzel cuando le dijeron que el bocata volvía a ser de queso

   Esto ocurría, claro está, no bien inaugurado el certamen, y es legítimo preguntarse si conservaría tan furibundo veredicto de haberla visto poco después de, por ejemplo, Winter Sleep (ganadora de la Palma de Oro de Cannes, y de la que aún me estoy planteando si dedicarle unas líneas o no, en vista de la pereza que todo lo relacionado con ella me produce). Marginando dicha cuestión en el terreno de las hipótesis, y tocando ya, supongo, el verdero tema del artículo, lo cierto es que no ocurrió lo mismo con The Drop, estrenada nacionalmente la semana pasada. Ésta supo llegar en el momento idóneo. Entre barrabasada vanguardista y vanguardia barrabasadista, supuso un oasis en el que refugiarse y desentumecerse los músculos, y una inyección de buen cine de gángsteres del de toda la vida. Y todo ello pese a tratarse de un thriller, adelanto desde ya, en el que la acción ni es trepidante ni sorprendente ni, prácticamente, existe.
   Publicitada no tanto por figurar en la Sección Oficial de San Sebastián (en la que algún año fijo que, perdóneseme por lo evidente del recurso, acabará figurando mi pene), sino por ser la última película de James Gandolfini (ya sabéis, el actor que salió en aquella serie tan famosa y luego no hizo absolutamente nada hasta su último año de vida), The Drop es la enésima adaptación de una historia de Dennis Lehane (autor de Mystic River, Adiós, pequeña, adiós y Shutter Island), con la particularidad de que esta vez es el propio Lehane quien adapta su obra, un relato corto que a buen seguro, y hablando desde una sucinta ignorancia, no figura entre sus mejores creaciones. Así, el guión tan ilustremente firmado no es nada del otro mundo, contentándose en abrazar la correción con ansia desesperada y preocupándose por que todo quede tan redondo y rematado que se le acaben viendo, aunque ésta no creo que fuera la intención, las costuras. Sólo así se entiende el personaje del policía, un pobre diablo que no se entera de un carajo y que al final se empeña en atar unos cabos que hasta el más obtuso de los espectadores ató hará unos veinte minutos.

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Acojonante la cara de Tony Soprano que se gasta este señor

    El caso, The Drop dura como una hora y media y poco más y ya de por sí son muchas horas para lo que cuenta, que es una historieta de mafiosillos de poca monta y héroes urbanos más simple que el cagar. No es una mala historieta, añado, pues basta para que dentro de su hinchazón se haga muy distraída y agradable de ver y al respetable le importe algo qué caray pasa con sus grisáceos personajes. También añado que no es una mala historieta porque al final no supone más que un remedo noir de La ley del silencio, el sacrosanto clásico protagonizado por Marlon Brando, y así cualquiera. Pero en fin. El Jurado Oficial del Festival, que supongo que aunque de Joven tenga poco no habrá visto la de Elia Kazan, ha visto en ella el mejor guión de toda la Sección Oficial, y lo ha premiado con la Concha de Plata. Podría ser peor, claro. Podrían habérselo dado a La Isla Mínima.

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Sí, el cartel de la peli es uno de esos carteles. La originalidad desborda desde el principio

   Por querer verle alguna virtud que otra, el libreto de Lehane nos define con mucho tino a los personajes principales basándose en diálogos costumbristas, ajustadísimos y ocasionalmente brillantes (como siempre, resulta una gozada ver a James Gandolfini deshacerse en tacos), y hace gala de una muy reseñable valentía (o de una muy cerril negativa a salirse de las convenciones del relato corto del que proviene), al darle a la trama un único giro que sucede al final y que, justo es decirlo, deja un muy buen sabor de boca. Hasta que llega ese giro, como quien dice, no sucede nada. Pero, dentro de esa nada, como digo, uno se entretiene bastante.
   Ayuda a esta liberadora distracción (liberadora tras cuatro pelis en sesión continua de Horizontes Latinos feat. Nuevos Directores), una pareja protagonista extremadamente carismática. De uno de sus componentes, James Gandolfini, poco se puede decir que no se haya dicho ya, el cabrón se puso tan gordo a base de comerse todas esas pantallas, y del otro, Tom Hardy, sólo decir que es, con mucho, lo mejor de The Drop. Oiréis y leeréis bastantes cosas sobre el hecho de que, de repente, este tío sea el mejor actor del momento, y con The Drop podréis despejar de sobra todas vuestras dudas y comprobar los hechos que avalan esta afirmación tan ocurrente como oportunista. Así, podréis maravillaros de la composición que hace de un hombrecillo no demasiado listo, cuando no ligeramente estúpido, que lo único que quiere es salvar a su perrito de las garras de hombres malos y desconsiderados y ya, de paso y sólo si se tercia, beneficiarse a Noomi Rapace (en la que supone la actuación más sosa de un reparto por lo demás impecable).

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Si es verdad que (afortunadamente) Tom Hardy no salía en Prometheus, ¿quién demonios es este tío?

   Marlon Branestooo... Tom Hardy aparte, la película hace gala en todos sus aspectos de una corrección a prueba de balas (tanta que apenas hay tiros), y funciona estrictamente como un entretenimiento ligero que se disfruta tan rápido como se olvida. Si me preguntara qué fue lo que movió a las autoridades festivales a pensar que merecía formar parte de la Sección Oficial volvería a indisponerme con ellas, las mismas que tantos bocadillos me han facilitado, y volvería también a dármelas de listillo, por lo que de momento paso del asunto. Vedla si queréis. Y si no, tranquilos, que siempre os podréis volver a despedir de James Gandolfini a lo grande y para siempre con su próxima última película.

jueves, 2 de octubre de 2014

Lo que no dormí en San Sebastián, Parte II. Boyhood


Una de las muchas y, finalmente, dudosas ventajas que me deparó el acudir como miembro del Jurado Joven a la 62 Edición del Festival de San Sebastián fue la posibilidad de disfrutar de ciertos servicios de forma gratuita; un número de ellos abiertamente deficiente en comparación a lo que me costó el bus, el piso y todo el alcohol que me acabé agenciando después (para más información consúltese mi Facebook), pero un número considerable al fin y al cabo. Aparte de los ostentosos bocadillos que cada sobremesa las autoridades del lugar nos proporcionaban religiosamente (lo cual no es moco de pavo, aunque bien lo parecía el queso rancio que se empeñaban en meterles absolutamente TODOS LOS PUTOS DÍAS), pude ver, esto es obvio, un buen número de pelis, como digo, gratis. En muchísimas ocasiones, dado el ínfimo nivel de calidad de las mencionadas, el gesto semejó una justísima retribución. En otras (contadas), la experiencia, efectivamente, no tuvo precio.
   De esta manera vi Boyhood, de Richard Linklater, estenada anteriormente en pantallas no festivaleras, acaso una de las películas más importantes de la década. La vi en unas condiciones francamente infrahumanas (la sala estaba llena a rebosar ya que era un único pase y a mí me tocó en la segunda fila extremo izquierdo, afortunado que es uno), pero sin pagar un duro, y eso, como se suele decir pervirtiendo cualquier atisbo de lógica sintáctica, es bien. Asimismo, no impidieron estas penosas circunstancias que disfrutara de la obra como el que más, y que saliera del cine amándola tanto como, he de presuponer a fin de seguir creyendo que la existencia tiene algún sentido, la práctica totalidad de gente que la ha visto ama. Tan impactadas y trastocadas quedaron mis impresiones que en cuanto volví al hogar y tuve oportunidad me metí a verla de nuevo, así, pagando. Renegando de los privilegios de ser miembro del Jurado Joven. Renegando de los bocadillos.
   Por si alguno de mis abundantes lectores no lo sabe (espero que mi madre aprenda a conformarse con una foto mía junto a Carlos Areces), la película que nos ocupa tardó 12 años en rodarse, y no por infaustos desbarajustes en la producción, sino a costa de un ocurrente capricho de ésta. Richard Linklater tenía en mente el objetivo de rodar el paso del tiempo del modo más veraz posible, sin recurrir a falaces maquillajes que jugueteran con el bochorno ni a cambios de actores que lo redondearan (¿recordáis cuando Joseph Gordon-Levitt se transformaba en Bruce Willis de un año para otro?, guau, ¿alguien se acuerda ya de Looper?, yo recuerdo que la critiqué). Un poco como hizo el amigo Truffaut con Antoine Doinel en la saga que inauguró Los 400 golpes, pero ya sabéis, sin intención de aburrir a las ovejas, y sonando Britney Spears para petarlo fuerte ahí.

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"Oops, I did it again, me salió un mojón, qué le voy a hacer..."

   Al hilo de esto, ni siquiera conformaba Boyhood el único proyecto de estas características dentro de la agenda de Linklater (que dirigió Escuela de Rock, y lo digo para que sepáis que podéis haceros amigo suyo). Y así, entre que pasaban los años, reunía durante una semana a los actores y se sorprendía de las evoluciones anatómicas de éstos, firmaba la trilogía integrada por Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, una de las pocas sagas de las que se puede decir que cada entrega supera ampliamente a la anterior (y siendo la primera notabilísima, espero que os hagáis una idea definida de la rapidez con la que deberíais poneros a verlas). Con este currículum, parecería lógico que Linklater fuera un tío súper profundo, y que su cine estuviera dirigido únicamente a esos intelectuales que salvan La Isla Mínima por su rigor histórico. Nada más lejos de la realidad. Linklater es un tipo sencillo, cercano, dentro de lo que cabe. Un tipo que ha rodado una joya apta para todos los públicos y que todos los públicos pueden disfrutar, en menor o mayor medida, según la edad que frisen.

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"Mami, ese hombre raro me está grabando otra vez"

   Boyhood nos narra la vida de un chaval llamado Mason desde que es un crío que observa las nubes tumbado en el jardín mientras suena de fondo el incombustible Yellow de Coldplay (Linklater va a por todas desde el principio) hasta que alcanza la (supuesta) madurez y se convierte en universitario y empieza a escribir en blogs. Todo esto en casi tres horas que, si fueran cinco, seis, doce, veinte, hasta que se muriera el Mason este, tampoco pasaría ni media. Son doce años no demasiado atípicos, en los que no hay ni malos tratos ni traumas gordos ni muertes shakesperianas, y sólo nos limitamos a convivir con el ya citado Mason y su familia, la formada por su marisabidilla hermana mayor (personificada por la misma hija del director, bautizada por cierto como Lorelei Linklater y es que, en efecto, a este tipo hay que quererle), su padre (interpretado por un Ethan Hawke que cada año que queda para echar la birra con el dire actúa mejor) y su madre (una Patricia Arquette que, más allá de los portentosos volúmenes que Dios le ha dado, es una delicia para los sentidos y ofrece la mejor actuación del plantel). Entre acontecimiento insustancial y acontecimiento insustancial Mason cambia de peinado, cría granos pajilleros, se transforma en un adolescente agilipollado que responde a todo con monosílabos, prueba los porros ante la deferencia progresista de sus tutores legales, cultiva hobbies molones para meterla en caliente, prueba la cerveza por primera vez y no le gusta... en fin, lo que viene a ser las experiencias de cualquier hijo de vecino según pasa el tiempo. Unas experiencias estupendamente dirigidas, montadas y tamizadas con una banda sonora de excepción, que va desde los ya citados Coldplay a Paul McCartney con los Wings pasando por los Black Keys o, como no podría ser de otro modo, esto es cine indie, Arcade Fire. 

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Yo a esta mujer le daba. Le daba muchísimo

   La idea de partida, de por sí, ya tendría un potencial emotivo como para echarnos a temblar, y si además le añadimos a ésta la susodicha banda sonora, el daño es irreparable. No se ha dormido Linklater en los laureles sin embargo, puliendo un guión episódico que de tan sencillo, que no simple, que es, acaba resultando tan arrebatador como el resto de sus componentes. No diré que sea perfecto, porque no lo es en absoluto (la vida de Mason acaba siendo lamentablemente peliculera de tantos adultos como conoce dispuestos a ejercer de Obi-Wan malasañero a las primeras de cambio), pero sí que para lo que intenta la película, que es simplemente hacernos pasar por real lo que lo es a medias, sí funciona. Las numerosísimas y breves escenas que pueblan su metraje, de este modo, no acaban funcionando sino como acumulación, y la emoción que emanan es siempre creciente, hasta provocar el estallido torrencial de lágrimas con aquella escena de Mason en el coche encaminándose a una nueva vida, y culminar por todo lo alto con un último diálogo que no podría dejar más claro el meollo de la movida.
   Es entonces, en el momento en que la película acaba, cuando sólo podemos acertar a preguntarnos qué será de Mason en el futuro, qué será de nosotros mismos, joder, y Linklater consolida el embrujo en el que nos ha envuelto. Salen los créditos, suena Arcade Fire (otra vez), y días después descubrimos que la película no se va de nuestra cabeza, que una sensación como de entumecimiento, de ternura, de vulnerabilidad, persiste en nosotros.
   Porque lo cierto es que el jodido Richard Linklater lo ha conseguido. Ha creado vida.

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   P.S: Como os la perdáis os mato.

martes, 30 de septiembre de 2014

Lo que no dormí en San Sebastián, Parte I. La Isla Mínima


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Resulta que un servidor viene de asistir durante diez extenuantes jornadas a ese memorable evento cinematográfico que es el Festival de San Sebastián, Festival, por si no lo sabíais, de Categoría A (una A mayúscula que, para qué nos vamos a engañar, no garantiza que se hayan esmerado en un hipotético filtro para las mierdas) y como tiene un blog en el que habla de cosas, ha tenido a bien escribir sobre ello. No estaba muy seguro de cómo, aclaro, pues cuando acudió a las vascongadas carecía de portátil, aifóns, smarfóns o de cualquier otra alternativa de conexión internáutica, y no pudo informar, por tanto, de las cosas que allí le acaecieron. A falta de crónicas contemporáneas, y una vez de regreso al hogar, este sujeto que tan ladinamente se trata en tercera persona se preguntó cómo podría dar cuenta de sus aventuras a sus copiosos seguidores (o a su madre, que le pidió una foto con Antonio Banderas) una vez inhabilitado el factor de la novedad y la inmediatez, y, finalmente, abrigó una conclusión. Esto es, voy a criticar las pelis atendiendo a un criterio puramente oportunista, arbitrario y, en cualquier caso, imprevisible. No van a caer todas, porque he visto muchísimas (y muchísimas de ellas mojones como pianos de mangitud holocáustica), pero sí aquéllas de las que creo que merece la pena hablar, en unos u otros términos. Empecemos, ya que fue estrenada hace cuatro días para solaz de aquellos pobres desdichados que no van a festivales, por La Isla Mínima.
   La película de Alberto Rodríguez ha sido estrenada en una fecha que bien podríamos calificar, a priori, de desafortunada, cuando aún un  porcentaje significativo de la población tiene fresca en las retinas aquella peazo serie llamada True Detective, y la noción de plagio lo sobrevuela todo así como muy tóxicamente. Aun cuando el guión de La Isla Mínima fuera redactado antes del estreno de la serie, y quiera abanderar cierta españolidad ambientando la movida en plena Transición Española (cuando aún molaba decir cosas como "grises", "rojos" y demás colorines de excepción) las coincidencias son demasiadas, y demasiado jugosas como para no reparar en ellas. Dos detectives de caracteres diametralmente opuestos, una serie de siniestros asesinatos, una atmósfera malsana, unos vastos pantanos como testigos de las sucesivas tragedias (Nueva Orleans en el caso de los gringos, las marismas del Guadalquivir con el calzón ibérico)... ah, y sí, casi se me olvida, una completa y total sobrevaloración de cada uno de sus componentes.

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"Que sí, que me bajé el capítulo anoche y Matthew McCounaguey levantaba la pipa justo así"
 
   No es momento de hablar aquí de lo chufa que me pareció True Detective, más que nada porque en este otro lado podréis hallar una descripción pormenorizada de los motivos de su inherente chufeidad, pero sí de seguir jugando la baza de las comparativas para fusilar como en pocos lados veréis el último gran pelotazo del cine español. Todo lo malo de True Detective se repite en La Isla Mínima, e incluso empeora desembocando en unos niveles bochornosos e irritantes, como, por ejemplo, cuando descubres la dolorosa incapacidad que tiene el guión de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos de construir unos personajes, si no complejos, sí medianamente coherentes. Donde la relación de Rust Cohle y Marty Hart, sin bastar para levantar uno show somnífero, pretencioso e hinchado, sí consigue entretener, diferenciar los caracteres e incluso llegar a ser emotiva, las interacciones entre Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez fracasan estrepitosamente. No porque los actores lo hagan mal, claro, aunque Raúl Arévalo ya empieza a cansar con ese rollo intensito del que siempre va (como ocurre igual con, tatachántachán, Matthew McCounaghey), y el galardonado con la Concha de Plata Javier Gutiérrez poco puede hacer con la incoherencia andante que le ha tocado en gracia. Suma a este cúmulo de desgraciados despoprósitos una subtrama franquista que no hay por donde cogerla y unos diálogos de juzgado de guardia (especialmente esperpéntica la escena con el Yes sir, I can boogie de las Baccara de fondo), y obtendrás una de las grandes fallas de La Isla Mínima, una que, por supuesto, sólo yo y unos cuantos intrépidos del Jurado Joven han logrado desentrañar.

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Aquí, uno de los dúos con más posibilidades de salir en la segunda temporada de True Detective
   Que los personajes fueran meras comparsas no resultaría tan desolador si la trama policíaca fuera un poco así presentable, o se entendiera, o tuviera algún mínimo sentido. No es el caso. Como ocurría en True Detective, y como tan bien los guionistas han sabido copiar (vale, lo escribieron antes, pero yo qué sé, me estoy calentando), la susodicha intriga se compone de una multitud de efectismos al cual más disparatado que empieza con un Antonio De la Torre perdidísimo, se desarrolla en un pueblo donde todos colaboran con la justicia haciendo gala de una diligencia admirable y de una total asimilación del espíritu de la Transición, y acaba con el Jesús Castro este de los cojones. Ya sabéis, el de El Niño, el nuevo Paul Newman, el flamante estudiante del Grado Medio de Electrónica. Aquí, bautizado con el elocuente nombre de "El Quini", y protagonizando unas escenas en las que va con la Vespino a buscar a unas crías al cole para beneficiárselas en el cortijo de su tía que en nada tienen que envidiar en surrealismo rural a, qué sé yo, José Luis Cuerda. No voy a descubrir América si os revelo que el amiguete vocaliza menos que el Pato Donald y que sabe de interpretar lo que sabe mi pene (y os hablo de un pene que no participa en películas porno, todavía), pero al menos le concederé que protagoniza una escena que no está nada mal (en la cual, alerta spoiler catártico, le miden el lomo pero bien). Alrededor del final, más allá de descubrir por fin por qué carallo la isla mínima del título, la resolución del misterio es estúpida y peca de lo mismo que pecaba el final de, nuevamente, True Detective, esto es, del síndrome de traértela absolutamente floja quién ha resultado ser el culpable.

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"Ci ez que no ce pué cer máz currete, illo"

   Al margen de un guión que hace más aguas que las que tienen las marismas del Guadalquivir (no me pude resistir) y del guapito de cara este, casi todo en La Isla Mínima es, atención, de 10. De un 10 como una catedral, del que puedes decir, exponiéndote a la hostilidad (justificadísima) de tus semejantes, "ahivalahostia, la peli está tan bien hecha que no parece española". Alberto Rodríguez, dejando de lado su discutible oficio en la configuración de guiones que no sean excrementos, es un maldito genio de la realización, y ostenta el mérito de haber presentado en San Sebastián la peli mejor dirigida que he tenido oportunidad de ver dentro de su certamen (que no se llevara la Concha de Plata por lo suyo, empero, no me molestó en exceso; ya hablaremos próximamente de un tal Carlos Vermut:). Todos los aspectos técnicos de La Isla Mínima rezuman grandeza, desde esos bellísimos y quenipintados planos aéreos que introducen cada acto hasta la elegantísima planificación de las escenas de acción o de las escenas en general (fascinantes los movimientos de cámara que acompañan a los protagonistas mientras persiguen a los malosos, le pegan a la gente por diversos y cada vez más frágiles motivos, o simplemente se echan un piti). Por no hablar de la secuencia de la persecución automovilística por el pantano, un prodigio escénico que entra desde ya en una presumible lista de las 5 mejores persecuciones de la Historia del Cine que yo, hoy por lo menos, no me molestaré en manufacturar.
   En resumen, ¿hay que ver La Isla Mínima? Si te molan palabras como "travelling", "plano secuencia", "fotografía", "ambientación" o "Truman Capote", sí, sin duda, y además pagando para ser buen ciudadano y honrar la marca España. Si en vez de eso te mola el cine negro bien contado o, yo qué sé, las buenas películas así en general, desde luego, ni hablar. Aunque bueno, ¿qué sabré yo? A mí no me gustó True Detective.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Cuando el cine era esto

Hubo un tiempo en el que alguien no tenía por qué reparar en el coste de una entrada de cine o en las críticas que el estreno por el que se interesaba había recibido para decidirse a franquear el umbral, pillarse un cartón ridículamente grande de palomitas (aunque yo nunca fui de ésos, prefiriendo la más lucrativa alternativa de choriceárselas al incauto que se sentara a mi lado), sentarse rodeado de colegas y disfrutar de una peli simplemente "cachonda", esto es, una que no tuviera más ambición que la de hacer que nos riéramos a carcajadas, gritáramos mucho y acabáramos arrojando las palomitas a los ceñudos y grisáceos universitarios de delante (porque cualquier cosa antes que el listillo este se cebe gratis). Cuando incluso tenía que venir el acomodador a regañarnos, cegándonos con la linterna y provocando que nos perdiéramos en esto la enésima cuchufleta con la que tipos como Eddie Murphy, Jim Carrey, Ben Stiller, Will Smith o Adam SandESO NUNCA FURCIA tenían a bien obsequiarnos. Al cine, en resumidas cuentas, podías ir a reírte. Sin más. No tenías por qué maravillarte de la realización, de valores cinematográficos tan ajenos a nosotros en aquellos años como las interpretaciones (porque sólo sabíamos que Eddie Murphy era muy bueno porque el tío hacía hasta cinco papeles distintos), la banda sonora (jugando a reconocer el I Feel Good de James Brown en cada producción noventera con la que nos topásemos) o el mensaje social (nuestro ecologismo comenzaba y concluía en medio de los extremistas alegatos de Ace Ventura, detective de mascotas). Ni siquiera tenías por qué escribir el correspondiente artículo en el chufiblog, luego de llegar a casa. Ni siquiera sabíamos lo que era un blog. Mucho menos un chufiblog.

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Yo era como Jonah Hill de chico. Pero sin las mechas. Las mechas son lo peor. Y tampoco tenía aparato ni ese rollo como de raperillo. En fin, igual lo estoy magnificando todo demasiado
   
   Ahora, no sé si porque nos hemos hecho mayores paralelamente al celuloide (que a lo mejor ya ni siquiera se llama así) y tanto él como nosotros hemos perdido el sentido del humor, o porque simplemente es caro de cojones, resulta impensable acudir al cine con la única y sana intención de echar unas risas. A mí al menos, que una vez en el kiosko leí una página de Cahiers du Cinéma, me resulta impensable. Hay mucho que ver, muy poco tiempo para ello, y muy pocas ganas de arriesgarse a pagar una pasta por una única carcajada, en el mejor de los casos. Es mejor descubrir las comedias por Internet, luego de copiosísimas recomendaciones por parte de colegas con menos criterio que tú (y aún menos prejuicios a la hora de comprarse sus propias palomitas), y disfrutar así de los bombazos de los últimos años, que al menos de cara a la cultura popular parecen haber sido cosas como Zoolander, Hermanos por pelotas o Superfumados/Supersalidos. Fiel a mi caricaturesca condición de cinéfilo con poco tiempo que perder, sólo he podido llegar a ver las dos primeras, y no me han parecido que sean ninguna locura. Y así, mientras Jim Carrey sigue haciendo películas, Will Smith pesas y Eddie Murphy pues... ni idea, francamente, mi renuencia a pagar por ver una comedia sencillita en la pantalla grande se consolida.
   Hasta que hace unos tres días cierto venazo motivado por una ocurrente recomendación y cierto sábado sin plan nocturno convergieron y me permitieron descargarme Infiltrados en clase, cuyo título original, 21 Jump Street, tampoco es que me dijera nada. No me andaré con sesudas críticas al respecto, y a cambio os diré únicamente que la peli merece mucho la pena. Casi tanto como su secuela, la cual pude ver algo menos de veinticuatro horas después nueva serie de afortunadas circunstancias mediante. 

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Que el cartel dé tan mala espina lo hace todo aún más awesome. Sí, he dicho awesome. B-2 ya eres mío.

   No os diré que me hagáis el favor de pagar la millonada que sea y acudáis en las condiciones que buenamente se puedan al cine a ver Infiltrados en la universidad, porque bien es verdad que la comedia sin pretensiones no es el género que mejor se disfruta dentro del patio de butacas y porque sería lamentablemente absurdo que fuerais en vuestra única compañía. La película protagonizada por Jonah Hill y Channing Tatum es una obra hecha por y para colegas, colegas que se han comido bien el tarro para entregar chistes de altura y colegas que desean reírse con algo no diré de alta calidad, pero sí medianamente ocurrente. No estoy seguro de que si fueras solo a verla te reirías igual, pero sí de que Infiltrados en la universidad (22 Jump Street, una nueva muestra de lo elegantemente que los americanos secuelizan, al menos en lo que a la cuestión nominal se refiere) es la película más divertida que he visto en mucho tiempo. Muchísimo. Tanto que, sí, igual debería volver a pecar de esta añoranza deficientemente impostada de la que parece adolecer toda mi generación y retrotraerme a los gloriosos años noventa para encontrar una comedia tan jodidamente espectacular como es la que hoy nos ocupa.
   Y sí, esta magna obra es una secuela, un producto perpetrado al amparo de un material original más o menos exitoso que por principio debería adolecer de la frescura y originalidad de éste. Y en esta peliaguda disyuntiva radica uno de los aspectos más conseguidos de Infiltrados en la universidad, que no son pocos: los chistes que su status de secuela al uso pueden llegar a generar. Los ingeniosísimos guionistas, uno de los cuales es el propio Jonah Hill, son perfectamente conscientes de que en el campo de las secuelas las única manera que tienes de transgredir es o bien siendo Francis Ford Coppola o bien mofándote del asunto, ejerciendo la autorreferencia como filón hilarante de primera calidad y al mismo tiempo como defensa ante juicios críticos más o menos serios. Sí, esto es una secuela. Somos conscientes. Vamos a reírnos de ello. Y así, ya de paso, obtenemos el gag final más cómico de me atrevería a decir toda la Historia del Cine, en dura competencia con, cómo no, la última escena de Con faldas a lo loco. Sí, estoy comparando la movida de estos colegas con Billy Wilder. Qué mal me sientan los sábados sin salir. 

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¿Verdad que son la viva imagen de Jack Lemmon y Tony Curtis?

   Al margen de lo bien empleada que está la baza de la secuela autorreferencial (que se extiende a situaciones ya vistas en la primera parte aún más pasadas de rosca y siempre con la coletilla de "estamos haciendo la misma mierda" como condimento), tenemos en Infiltrados en la universidad unos chistes, salvo pocas excepciones, bastante más inspirados que en su predecesora. O a lo mejor es que simplemente hay más. No sé. La película, desde luego, dura la friolera de dos horas completas, de las cuales no sobra un solo minuto, como no sobra un solo gag (si acaso se llegan a hacer reiterativos los chistes homoeróticos en relación a la amistad de los protas, pero no merece la pena extenderse al respecto, porque, yo qué sé, ni Jonah Hill es Woody Allen ni falta que le hace, aunque se le ocurra hacerle un homenaje a Annie Hall en cierto chiste que sólo entendí yo :). Y además, aunque repita con jocosa alegría y paso por paso el esquema de la primera entrega, se ha sabido enfatizar para la ocasión a los personajes secundarios, permitiéndosenos disfrutar, además de la extraordinariamente carismática pareja principal, de un Ice Cube pletórico (y que protagoniza el mejor momento de la película, títulos de crédito aparte), de un Peter Stormare encantador (y que, dios mío, no tiene acento ruso, pero supongo que habrá sido cosa del doblaje), y de un villano estupendo, de aquéllos que de tanto gusto como da odiarles te acabas poniendo un poco cachondo y todo, y ante esta confesión tus abochornados amigos amenazan con darte de lado y... bueno, y eso. ¿He dicho ya que Infiltrados en la universidad es una pasada?

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"Otra que me quiere follar, jeje. Y todo gracias a mi vis cómica"

   A la dirección están, casi me olvido, unos señores llamados Philip Lord y Chris Miller, que como principal mérito tienen el orquestar un clímax portentoso en el que caben hasta heroísmo y épica (de coña, sí, pero igualmente emocionantes). Por si fuera poco, sin embargo, son también los responsables de la primera parte, de La Lego Película (crítica aquí), de la deliciosa Lluvia de albóndigas, y de parte del guión de Brooklyn Nine Nine, la serie que todo el mundo debería estar viendo AHORA MISMO. No queda sino amarles, y de agradecerles, al menos por mi parte, que me hayan salvado un verano aquejado por las matizadas y prácticamente seguidas decepciones que me han deparado los distintos y a priori infalibles animales con metralleta (ver más aquí y aquí). Entre dragones y clásicos instantáneos de la comedia popular, en efecto, el verano no se ha acabado dando mal del todo. Y es que, por si no lo sabéis, la "mierda de puta madre" es el nuevo "barcos y putas". Está en las calles. Comprobadlo.
   Y eso es todo. Id a ver Infiltrados en la universidad. Llamad a los colegas. Comprad palomitas. Tocadle las pelotas al acomodador. Reíos de los universitarios. Decid "Apagad la cámara" en el momento en que aparezca ese mensaje en pantalla. Y, sobre todo, no leáis Cahiers du Cinéma. Nunca.

lunes, 18 de agosto de 2014

Molaridad ilustrada




Aun cuando no hubiera llegado nunca a ver Guardianes de la Galaxia, y en la memoria cinéfila sólo guardara con prudente entusiasmo la visión de esos extraordinarios trailers precedentes, era bastante fácil extraer conclusiones sobre lo que el estreno del blockbuster veraniego por excelencia supondría. Sin necesidad de desembolsar dinero, valiéndome de la pura lógica y de la lectura sin filtro de todo tipo de material internáutico, podría haber llegado a concluir dos cosas: una, que Guardianes de la Galaxia iba a ser el bombazo definitivo de Marvel; y dos, que como espectador tocapelotas que soy me iba a decepcionar bastante el asunto.
   La primera cuestión se ciñe al pasado, presente y futuro de la Fábrica de Ideas (apelativo que no podría sentar con mayor justicia) y a su competición con la otra gran marca comiquera, DC Comics. Los personajes de uno u otro bando han irrumpido en nuestras vidas lo queramos o no, cambiando las viñetas por las carteleras, y compitiendo por nuestro amor. Desde que en 1978 el Superman de Richard Donner descubriera el filón, abrillantándolo con una secuela de altura y hundiéndolo con las secuelas que vinieron después (incluyendo aquella obra maestra del post-humor que es En busca de la paz), y varios pezones de gomaespuma más tarde, desde que Bryan Singer mostrara el verdadero camino con la (gloriosa) primera película de la Patrulla X, el duelo estaba servido. Y hubo unos años en los que verdaderamente se disfrutaba admirando las mañas de los contendientes, porque tan pronto se adaptaban con inmejorable fortuna las aventuras del Hombre Araña como Christopher Nolan hacía historia volviendo a dignificar la marca DC (y el género superheroico de paso) con las primeras películas del Caballero Oscuro. El que ambas franquicias pincharan catastróficamente en la tercera parte no quita que la preocupación por la calidad llegara a ser constante, y que se rematara con la infravaloradísima Watchmen, en la que Zack Snyder nos demostraba lo buen director que podía llegar a ser si dejaba por un ratito la cocaína.
   Ahora, sin embargo, la batalla ha llegado a su fin, es de rigor proclamarlo, y el claro ganador ha sido Marvel, que aliándose con Disney e iniciando una salvaje vorágine de productividad ha acabado derrotando despiadadamente a la factoría de la que salió el supuesto superhéroe más icónico de todos (aunque a engendros como Superman Returns El Truño de Acero no hay icono que se les resista). Y ahora, mientras Marvel se saca la polla y para su mayor apuesta seguidamente a Los Vengadores recurre a unos personajes de los que no se acuerda ni Stan Lee, DC se halla muy digna currando en Batman vs Superman (algo que, sencillamente, no va a salir bien), diciéndole a todo aquel que le quiera oír que un siglo de éstos sacará La Liga de la Justicia, o incluso defendiendo que Aquaman no es un tipo tan ridículo como todo el mundo piensa, y de hecho se merece una película. En fin, animalicos.

"¿Me he convertido en un meme ya?"
   Marvel, asumiendo un riesgo que, en fin, no ha acabado siendo tanto, nos ha demostrado que ha triunfado, que el éxito total, la hegemonía, es suya, y que nadie se la va a arrebatar (y están de suerte, porque ya me jodería que alguien me quitara una palabra tan bonita como "hegemonía"). Tras el monumental éxito de Capitán América: El Soldado de Invierno (película que no me molesté en ver simplemente porque, si no tiene en frente a Tony Stark vacilándole, el espantajomán más patriota, por definición, es un rollo de cuidado), Marvel se complace en volverlo a petar con Guardianes de la Galaxia, basada en un cómic que, insisto, ni los más frikis se han leído, y que por supuesto es completamente desconocido para el gran público. Dirige James Gunn, los sucesivos preestrenos y críticas auguran que la cosa merece mucho la pena, y DC por el momento tendrá que seguir comiéndose los mocos mientras piensa en Wonder Woman y en cómo puede quedar bien un avión invisible en pantalla (es que joder, entre Linterna Verde y las otras mierdas señaladas no les puede ir peor).
   Llego al comienzo de la crítica propiamente dicha y al final de mi disertación vagamente documentada sobre la situación de la industria (últimamente leo mucho JotDown). Así que, llegando a la segunda cuestión que reseñaba al comienzo del artículo, Guardianes de la Galaxia me ha decepcionado. No demasiado, pero sí lo justo y necesario como para que considere absolutamente exagerado el hype que su llegada a nuestras pantallas ha generado (aunque claro, si algo caracteriza al hype es la exageración). Y me ha decepcionado no porque Guardianes de la Galaxia haya acabado siendo aburrida, sosa o menos divertida de lo que pensaba que iba a ser (y presumiblemente lo iba a ser mucho). Guardianes de la Galaxia es decepcionante porque todo en ella apesta a premeditación, a cálculo de probabilidades y a falta de personalidad.

Los Guardianes de la Galaxia originales. Probablemente los recordaréis de la famosísima serie animada que dieron en Megatrix. O probablemente no.
   Los productores y James Gunn, un goodfella de mucho cuidado, han sacado adelante una película cuyo espíritu, si no es demasiado condescendiente suponer que haya uno, se vincula más con el  taquillazo que con tanta furia busca antes que con el interés por contar una buena y genuina historia. Se vincula, en efecto, con un ansia por molar a toda costa, siguiendo los dictados de un sesudo estudio en torno al concepto de la molaridad, que no sé si me acabo de inventar pero molaría que fuera así. La molaridad no se abandera en guiones rompedores, interpretaciones potables o riesgos de forma; sino en efectos especiales chulos, largos y tediosos compendios de frases épicas, y banda sonora, a falta de otros epítetos underground, molona  Éstos son, cómo no, los tres ingredientes principales de Guardianes de la Galaxia, con el matiz de que la selección musical, pese a lo que se ha dicho por ahí, me ha parecido bastante predecible. Marvin Gaye, Jackson Five y el sacrosanto Hooked on a feeling que, como pasa con todo aquello que el campo de la molaridad abarca, ya empleó Tarantino. Hay que decir, eso sí, que las canciones están insertadas en la historia con mayor rigor histórico que en, por ejemplo, Ego desencadenado. Lo cual se la sopla a todo el mundo. Bien.
   No habría que desmerecer sin embargo el hecho de que, teniéndolo todo para ganar, James Gunn y su supuesto coguionista (Nicole no sé qué, jiji, tiene nombre de chica y de hecho puede que lo sea), se hayan obstinado en esforzarse un poquito, y en esto sepan otorgarle cierto carisma a los protagonistas, uno que no quedara relegado a ser posible en los numerosísimos chistes (hay muchos, demasiados, y no me quejaría de esto si todos funcionasen, lo cual está claro que no ocurre y que la frase "Me lo he hecho encima" perdió toda efectividad cómica a finales de 1987). No me refiero especialmente a Chris Pratt, que no molesta pero tampoco tiene tanto carisma como se le ha presupuesto, ni tampoco a Zoe Saldana, la cual puede que un día me encuentre en uno de mis habituales paseos por Los Ángeles y la reconozca, pero hoy no es ese día. Sí me refiero a, obvio, los mapaches con armas de fuego gigantescas siempre han sido mi debilidad, el macarrónico Rocket (voz de Bradley Cooper), y su adorable compañero Groot (voz del no menos adorable Vin Diesel, quien debió sudar la gota gorda para imprimirle distinción dramática a cada una de las veces que repite su única frase), y también a Drax, quien por el hecho de ser interpretado por el luchador de wrestling Batista (célebre por saber interpretar el monólogo inicial de Ricardo III a base de eructos), no me daba buenas vibraciones, pero que ha acabado siendo toda una sorpresa. El resto de personajes cumple, con Benicio Del Toro apareciendo tan feo en pantalla como siempre, ni más ni menos; John C. Reilly aportando su tranquilo saber estar; Glen Close sin demasiada idea de dónde se ha metido, y más gente que interpreta a los supuestos villanos, unos piltrafas que, al igual que los Chirriflautas ésos de Los Vengadores, sólo están ahí para que les midan el lomo. Con la dolorosa diferencia de que aquí no tenemos a un Loki que haga que nos despreocupemos ante tamaña desproporción heroica. Sólo tenemos a este moñas.

"Soy el malo y para demostrarlo gritaré y me enfadaré mucho y pegaré hostias con mi martillaco. Yeah"

   Por lo demás, y atendiendo a que hay que gustar, y a que pocas cosas gustan más que Star Wars, la peli y el tratamiento de su livianísimo argumento se parece a la primera trilogía galáctica de un modo tan escandaloso que la etiqueta de "accidental" deviene hipócrita e irritante, sobre todo cuando ciertos iluminados sin memoria histórica alguna andan comparando Guardianes de la Galaxia en términos de calidad e impacto con Una nueva esperanza (la gente es que ya es gilipollas por encima de sus posibilidades). Y no es sólo que Chris Pratt haya querido ser siempre Han Solo cuando fuera mayor (como todos los niños, vaya, eso tampoco es tan grave), y lo haya demostrado, sino que Groot es un perfecto Chewbacca y Rocket un perfecto Han Solo (y ya van dos, y el contador de badassería está a punto de explotar), además de que los malos se ponen verde entre sí como unos Darth Vader y Emperador cualesquieras (con mucho menos glamour, a la imagen de antes me remito), y hay un gángster que lidera a los contrabandistas y persigue al antihéroe de turno (exacto, como Jabba, pero con liposucción y un cuchillo que está chuli). Todo, súper warsie. Todo, súper calculado.

"Tree Powers Activate!
   Así las cosas, resta una película tan entretenida como vacua, cuyas únicas bazas más o menos efectivas (para un público más exigente de lo clínicamente saludable, quiero decir) residen en el encanto ochentero de todo. Aunque sea uno impostado, tan falso como el resto de cosas, el espíritu de Guardianes de la Galaxia remite, además de a Star Wars, a joyitas como la TRILOGÍA de Indiana Jones, El secreto de la pirámide, Los Goonies o las mejores de James Bond, con personajes que no dejan de moverse, de hablar y de cambiar de localizaciones mientras se nos intenta explicar en pocas líneas el funcionamiento de la sociedad imaginaria en la que se encuadra la acción (de la cual sólo me enteré de algo de unos policías y de sus roces con los de Asuntos Internos). Además, claro, los efectos especiales son muy punteros, al margen de las secuencias de acción (mucho peor resueltas que en Los Vengadores, pelotazo de Marvel infinitamente superior al que nos ocupa, por si no había quedado claro); y nos encontramos unos diseños de naves y planetas muy apañados, y en esto me gustaría hacer hincapié en el portento visual que supone el planeta de los buenos de cuyo nombre ni quiero ni puedo acordarme, una suerte de cruce entre Coruscant y Santiago Calatrava que le da como un aire muy neoalgo a todo.
   Si apenas he mencionado el guión es porque no tiene mucho sentido hacerlo, ya que se limita a cumplir y a hacer gala de un denodado esfuerzo por dotar a cada uno de los héroes de traumas por superar (resulta sorprendente en ese sentido el prólogo, de una intensidad dramática luego nunca igualada). Nada mínimamente original ni molesto, ni nada que los fuegos de artificio o los chistes de patio de colegio no puedan disimular.
   Así que en resumen, y por si aún os lo estáis preguntando, claro que tenéis que ver Guardianes de la Galaxia. ¿Que por qué? Pues por una razón tan simple como que mola, mola mucho. Y nada, pasad un buen verano, vosotros que podéis.