lunes, 24 de marzo de 2014

Wild Wild Wes

Tras reflexionar durante un rato bastante breve, con más de segundo que de rato, llegué a la conclusión de que sí es posible clasificar el cine de Wes Anderson, por más que los entendidos, ahí cómodamente sentados sobre su cátedra, digan que es algo diferente, especial, inclasificable. Creo, pues, que "simpática gilipollez" es la expresión que más atinadamente describe toda su obra. Con un matiz, claro está. Lo de simpática puede variar de un criterio a otro. Lo de gilipollez, bueno, creo que en ese punto he de ser tajante. 
   Como gilipollez que es, sería una gilipollez homónima tratar en lo más mínimo de tomarse en serio alguna de sus peliculillas. Wes Anderson no tiene una visión revolucionaria de la vida, ni tiene grandes historias que contar, ni siquiera es un friki irredento con ganas de compartir con el mundo todos los spaghetti-westerns malos que se tragó en su juventud. Wes Anderson es sólo un tipo con un estilazo que te cagas, y, según como le pilles, un pavo que incluso tiene su gracia.
   El cine de Wes Anderson es todo estilo, todo envoltorio, todo pompa y circunstancia. Cada plano que compone su obra viene firmado por él, cada personaje de papel infinitesimal está interpretado por un gran actor sin mucha idea de lo que está haciendo, cada línea de diálogo rebosa de una pretenciosidad tan vacía como vacuamente encantadora. En la experiencia de un servidor, únicamente ha sabido salir de este laberinto de egos y planos psicóticamente encuadrados en una ocasión, y la idea original ni siquiera era suya. Ni, según dicen las malas lenguas, la responsabilidad completa de la realización. Hablo de esa pequeña joya propensa a erigirse clásico que es Fantástico Mr Fox.

"¡Rayos y retrúecanos, una cámara! Todos a ponerse en posición simétrica, ¡YA!"

   Pero claro. Todo esta sarta de poco halagüeñas máximas no impide que Wes Anderson caiga simpático, y de ahí lo de "simpática gilipollez" que decía antes. Yo lo flipé viendo el prólogo de Los Tenenbaum (cierto, nunca había visto nada parecido, y ahí radica la mayor virtud del tipo), y, además, y sorprendiendo a propios y extraños, disfruté furiosamente de Life Aquatic, para el que esto suscribe su mejor película 100% Anderson, con la que me reí y todo. Moonrise Kingdom... pché. La niña me pareció peligrosa e ilegalmente follable. Y ya.
   Llega a nuestras carteleras El gran hotel Budapest, llamando poderosamente la atención por el alucinante reparto del que hace gala, en el que se ha colado, hablando con estricta propiedad, todo Cristo. Todos actores blancos, de carácter, carismáticos, todos con algo menos de dos minutos de enseñar la jeta. Exacto, igual que en 12 años de esclavitud, pero con un poco menos de violencia racista. 
   Así las cosas, los únicos actores que consiguen cierta entidad en sus personajes son Tony Revoltori (un botones hindú que en su versión anciana es interpretado por F. Murray Abraham, vaya usted a saber por qué) y, especialmente, y en el que es el mayor hallazgo de la película, Ralph Fiennes. Este señor no podría estar más encantador ni más divertido en el papel de Monsieur Gustave H, y nadie consigue hacerle sombra en este empeño (por falta de tiempo, supongo).

Hay tanta peña que ni siquiera le dejan a Lea Seydoux salir en bolas. Ni salir, casi. Una tragedia

   En cuanto a otras cosillas, el argumento es una completa chorrada con demasiados "porquesís" en su engranaje. Está dividido en partes porque sí, articulado como un flashback dentro de un flashback dentro de un flashback (si no me fallan las cuentas) porque sí, ambientado al comienzo de la Segunda Guerra Mundial porque sí... y en ese plan. Tampoco es que moleste, porque sólo es una excusa para que Ralph Fiennes diga muchas cosas chulas y tenga oportunidad de ir correteando de un lado a otro con su amigo el hindú. 
   Como sorprendente virtud, nos topamos con el ritmo trepidante que Wes Anderson le imprime a toda la (absurda) acción, logrando que El gran hotel Budapest sea la película más accesible de toda su filmografía únicamente gracias a eso. Ya que, por lo demás, su estilazo sigue muy presente, traducido no sólo en cada uno de los planos, sino también en esos diálogos tan estrafalarios y en ese humor que funciona de modo tan particular (de todos los gags que pueblan los ajustadísimos 99 minutos de metraje sólo hay tres verdaderamente buenos, el resto es puro onanismo). Igualmente, la música es una delicia y la dirección un dechado de marcianas virtudes. 

Cada vez que aparecía este plano me acordaba de Ana y los 7. Sí, yo también pienso que necesito ayuda

   Vaya, que no tengo ni idea de si El gran hotel Budapest es una buena película o no. Me lo he pasado moderadamente bien durante su visionado, sonriendo y soltando alguna carcajada tras la cual me sentía embargado por una vergüenza muy extraña, como sucia, como una "mis actividades pseudohipster están llegando demasiado lejos". A la hora de criticarla, sólo puedo remitiros al primer párrafo de esta crítica tan chuscamente pergeñada (se acaba de morir Suárez, y aunque tuve bastante tiempo para asimilarlo no me he recuperado del todo, y por eso hago estas mierdas), y lavarme las manos.
   Una simpática gilipollez. Recomendada para los que soportan a Wes Anderson. Pero sólo a ellos. Los demás será mejor que os sigáis manteniéndoos alejados de esta clase de chorradas. Ahora que podéis.

martes, 25 de febrero de 2014

Distopías de ayer y hoy

Ocurre a veces que esto de escribir en el tono que yo suelo, el dudosamente humorístico, el diametralmente amargado, el modo de autodivertimiento onanista que deriva en que considere que el hecho de hacerme un blog haya sido la mejor idea que he tenido en los últimos tres años, justo por detrás de dejarme la barba, se ha de topar con una peliaguda situación que puede dar al traste con toda esta concepción conceptual de la blogosfera, de la libertad de expresión y de la natural tendencia de los varones a dejarse crecer el vello facial. Esto es, encontrarse con algo de lo que hablar, como es el caso de mi visionado de Her, de Spike Jonze, que no estás seguro de cómo hacerlo, y, más aún, si eres mínimamente digno de ello. ¿Pies de fotos chorra? ¿Paréntesis que no vienen a cuento? ¿Insultos totalmente gratuitos? No, como que no procede. Como que te sientes sucio.
   Esto ya ocurrió el año pasado, cuando vi The Master (casualmente, o no, también protagonizada por Joaquin Phoenix). Sentí algo parecido a la humildad, a la insignificancia de un ser humano que se asoma al arte sin que le dé tiempo a comprenderlo en su totalidad pues ya ha sido absorbido y asfixiado por su hálito. Cómo escribir sobre algo de lo que sientes que no tienes derecho a escribir, que te supera y te trasciende, y te hace sentir culpable ante el más mínimo comentario cáustico que tu pajillera mente pergeñe. Aquella noche, la respuesta la encontré, como siempre suelo hacer, en el alcohol, y gustosamente escribí la crítica de aquella magnífica película de Paul Thomas Anderson totalmente ebrio, escribiendo sin medir las palabras, sin llegar a preguntarme si lo que hacía era lo correcto, si poner la foto de una película de Jet Li llamada homónimamente The Master tenía alguna maldita gracia. Y bueno, soy un animal de costumbres. Esta noche no estoy borracho, pero sigo siendo un gilipollas.



   Her es, en efecto, una película que me sobrepasa. No porque no la haya entendido, o haya tantos significados en ella que necesitara varias páginas y cafés y cervezas para desentrañarlos (para eso ya tenemos La gran belleza, el mismo The Master o ¿Quién mató a Bambi?). Es una obra bien sencilla, que no simple, y que se limita a hablar del amor, enfocándolo en torno a un hombre y una máquina como lo podría haber hecho con cualquier otra cosa (un robot asesino que es profesor de autoescuela y una tarta parlante, qué sé yo), aunque claro, sin haber podido aprovechar para enarbolar jugosas reflexiones sobre lo jodidas que están actualmente las relaciones sociales gracias a WhatsApp, Facebook y sucesivos sucedáneos (llegados a este punto, qué menos que cagarme amargamente en toda esa peña que salió en las noticias enarbolando épicas sobre cómo les fue su vida durante las cuatro horas en las que el WhatsApp de los cojones no funcionaba). Total, que el meollo radica en el amor, pasando por la tecnología, lo puta mierda de las relaciones humanas y un futuro tan anecdótico como distópico en el que todos los señores visten como mi abuelo, brillan muchas luces de neón y hay 3D por todos lados. Spike Jonze tiene todos los ingredientes no sólo para hacer mojar a las bragas de cuadros a cualquier indie que se precie, sino también para triunfar por todo lo alto y acariciar la categoría de obra maestra.
   Y lo sabe. De hecho, Her entera está imbuida en un halo de pretenciosa grandilocuencia que no chirría en absoluto, ya que para el lance ha contado con el mejor guión, los mejores actores y la mejor banda sonora posibles (porque si hablamos de grandilocuencia pretenciosa hablamos de Arcade Fire). Spike Jonze, ese señor que tuvo los santos redaños de que su debut fuera algo llamado Cómo ser John Malkovich (protagonizada por John Malkovich, pero en un papel secundario), conoce perfectamente los límites de su obra, por muy ilimitados que estén, y aprieta las teclas necesarias despreocupadamente, consiguiendo que un apabullado espectador se encuentre siempre al borde las lágrimas durante las (excesivas) dos horas que dura Her. Su guión no es modélico en cuanto a construcción de personajes, o a giros dramáticos, o a originalísimos argumentos (Black Mirror ya hizo algo parecido, efectivamente, e incluso Krillin las pasó canutas en su momento para frungirse a una androide sueca), sino en cuanto a insoportable cercanía con el espectador. En otras palabras, te vas a sentir identificado con lo que cuenta Her. En mayor o menor medida. Esos discursos que te hubiera gustado haber pontificado en el momento adecuado, esas clases sobre el modo correcto de besar, esas reflexiones posteriores a una ruptura, esos flashbacks tan jodidamente dolorosos y tan bien ensamblados, esas fantasías sexuales con mujeres embarazadTotal, que la película está hecha para ti. Si eres humano, claro. 

"No quiero ser un pie de foto chorra. Por favor, no me obligues. No..."

   Aparte de un guión tan proclive a ser amado, está Joaquin Phoenix, que tras interpretar a personajes oscuros y atormentados en memorables ocasiones pasadas, nos planta un señor con bigote y gafapastis tan encantador y sensible que dan ganas de achucharle y darle palmaditas en el hombro previamente a decirle que se baje un poco los pantalones, que parece mi abuelo. Un señor llamado Theodore (dan ganas de achuchar hasta el nombre, si no fuera físicamente imposible) que pasa por ser un alter ego de todos nosotros. En mayor o menor medida. El tío coge y se enamora de un IPod, y oye, te lo crees y todo, y te identificas total y absolutamente con él. En lo cual, hay que decir, ayuda muy mucho la voz de Scarlett Johansson como la única expresión humana de este IPod recipiente de amores y favores. Yo nunca he sido mucho de esta chica, más allá de pensar que está ridículamente buena, pero hay que meterse el pene en los pantalones y admitir que el trabajo que ha hecho para Her es excepcional, con ese tono entre ronco y juguetón, esa risa cantarina y esos mohínes invisibles. Cómo no se va enamorar el bueno de Theodore de ella, y eso que cuenta con una competencia extraordinaria. Pues por ahí campan en versión analógica Amy Adams (bellísima, como siempre, pero algo menos), Olivia Wilde (que podría sostener una peli de tres horas con sólo primeros planos suyos) o Rooney Mara (que de tan guapa como sale no la recordé de Millenium y confundí su nombre con Noomi Rapace, total, un lío muy embarazoso), rodeando al bueno de Theodore que, a lo tonto, de tonto no tiene un pelo. Todas ellas, sin embargo, y con la excepción de Amy Adams, no protagonizan más de dos escenas, dejando que Joaquin Phoenix y Scarlett Johansson sean los únicos y totales protagonistas, como debe ser.

Su sonrisa hace ver lo obvio: NO ESTÁ ESCUCHANDO EL ÚLTIMO DISCO DE ARCADE FIRE

   Her es una gran película. Aún con sus fallos, que haberlos haylos (la ya citada duración, demasiados planos de Joaquin Phoenix en plan Lost in Translation, un giro dramático final demasiado forzado y facilón que Jonze intenta disimular con una ristra de preciosas metáforas), es enormemente recomendable, y puede que constituya una de las mejores películas de la década (en el hecho de resultar en última instancia una obra fruto de un tiempo y una determinada realidad social que quizá acabemos dejando atrás, o al menos eso espero). La va a ver poca gente, en los Oscars se comerá los mocos (espero que al menos rasque el de Mejor Guión Original, ya que Ego desencadenado tiene uno y Blue Jasmine no se lo merece) y adoptará el estatus de culto, si no lo ha adoptado ya, o si no lo hizo desde el momento en que Spike Jonze decidió planificar determinada escena de sexo con una pantalla completamente en negro, dos intérpretes y un piano, y así de paso regalarnos la escena de amor más mágica, milagrosa y hermosa que he visto nunca en una pantalla de cine. 
   Se la recomiendo a todo el mundo. Incluso a los androides suecos. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Todo es fabuloso



De hecho, es una suerte que en esta temporada preOscars que vivimos, donde las carteleras son invadidas por aquellas películas que tuvieron que llegar meses antes pero que, ey, ahora podemos ver con la perspectiva que manipulan unos cuantos señores críticos que dicen que son la monda, irrumpa algo llamado La Lego Película en las pantallas. Tal cual. Ni La gran Lego Película ni 12 años de Lego ni Lego Buyers Club ni sé adónde pretendía llegar con esto así que paro. Los cinéfilos con 3 euros 90 que gastar a la semana nos podemos, pues, dar un respiro y disfrutar de una buena película sin tener que discurrir a la salida si tal número de nominaciones es desmesurado o escaso. Y, por supuesto, sin poder presumir de que la hayamos visto, ni sentirnos más preparados para "disfrutar" de los Premios Oscars de dentro de unas cuantas semanas. El cine es más que eso, diantre.
   Tengo que admitir que no me esperaba nada bueno de algo llamado La Lego Película (nuevo paradigma de lo infinitamente mejor que suenan los títulos en la lengua de Shakespeare), y más aún viendo un trailer bastante flojo que ni Batman atinaba a salvar. Si al final he acabado cayendo, ha sido por un afán romántico, por no decir peterpanesco (sí, yo jugaba a los Legos, y jugaba mucho, y me inventaba unas pelis que te cagas con ellos, y mis padres empezaron a preocuparse porque tenía pelos en el pecho y barba y dieciséis años y me tiraba casi más tiempo construyendo el Far West por centésimo primera vez que cascándomela, pero eso es otra historia y merece ser contada en otra ocasión), además del hecho de no haber leído hasta el momento ni una sola mala crítica. Os aviso de antemano que ésta tampoco va a serlo. Una mala crítica, digo. Una crítica mala, que sé yo. Vosotros diréis. O no. Apuntarme a la movida de Hispabloggers no está dando el resultado esperado.

¿Cuál es la peli favorita de Batman? V de Vatman

   Lo mejor que se puede decir de La Lego Película es que sorprende, y ya es una ventaja que le saca a, sin ir más lejos, las nueve nominadas de turno (El Lobo de Wall Street no cuenta, porque no es una sorpresa que Martin Scorsese sea el mayor genio vivo, y las que no he visto sí, porque dudo que entre cowboys con sida, o Judi Dench buscando a no sé quién, o Alexander Payne volviendo con la insulsa corrección por bandera, me lleguen a sorprender algo). Digo que sorprende porque llega un punto en que se hace imprevisible, y que el argumento mil veces visto (una suerte de arquetípico viaje del héroe con un montón de sabios ancianos que son unos cachondos, y famosos para más inri) se lanza a deambular por unos derroteros que, por muy cínico que seas, no puedes decir que te esperabas porque sabes que no. Una vuelta a la tuerca tan ingeniosa como eficaz, y que le inyecta a todo el metraje un halo de inesperada trascendencia que no detallaré para que al menos pique la curiosidad de alguien y corra al cine a verla, que sólo había dos putas personas en la sala y daba pena, carajo. 
   Esto, por un lado. Por otro, La Lego Película es un despolle. Y uno de los buenos, de los de toda la vida, cúmulo de chistes de ésos que igual no te desatan la carcajada la segunda vez que los presencies, pero sí te sacarán la sonrisa, y lo harán también tanto en el cuarto visionado como en el centésimo primero. El humor es constante y basándose en su práctica totalidad, como era fácil imaginarse, en las referencias metacinematográficas. No es ningún secreto que por esta película se pasean personajes como Batman, Gandalf, Supermán y hasta Milhouse, todos que da gloria verlos, haciendo migas con sujetos de nombres como Megamalo, Megapresi, Supercool o Emmet (Emmet, colegas, Emmet, como Emmet Brown, como Doc, qué peli más brutal). El arsenal de chistes que este tipo de factores permite no flaquea nunca, y garantiza que la hora y pico que dura sepa a muy, muy, muy poco. Y además está Batman. Y Batman ha sido siempre la polla, pero nunca como en esta peli. Los que se rieron con los chistes de Batman, o los que amaron la serie de los sesenta, o los que pensaron que Batman y Robin no dejaba de tener su toque Antonioni, están de enhorabuena. La Lego Película nos regala la versión más canalla, trasnochada y badass del mito, y nos hace temblar sólo de imaginarnos la comparación con el sosainas de Ben Affleck al emularle en la mierdipeli que se prepara (y que por cierto me la trae lo que viene siendo muy floja, dada su inherente condición de secuela de El Truño de Acero). 

¿Qué se pone Batman para salir a la calle? Super fume

   Total, que con la peli te vas a reír, y te vas a reír mucho, y además el giro del final te va a hacer pensar, y eso siempre es bonito. En lo tocante al aspecto visual, sólo cabe aplaudir la originalidad y buen trabajo con la animación, pero sin tampoco demasiado entusiasmo por mi parte (yo jugué a los videojuegos de Lego, sí, también, mi adolescencia fue la leche, y pude acostumbrarme a esta variante de stop-motion o lo que sea). Pese a este velado entusiasmo que manifiesto, las escenas de acción son frenéticas y muy abundantes, y, por decir algo más, la recreación del agua es sorprendente. Por lo cutre y encantador, claro.
   La Lego Película tiene tantas cosas buenas que lo poco malo que pueda decir se diluye en la grata impresión que me ha causado su conjunto. Tampoco os creáis, las cosas malas se reducen a "este personaje no me hace gracia", "este chiste no ha quedado muy allá", "Batman sale demasiado poco", etcétera, por lo que no malgastaré más líneas intentando decir algo vagamente destructivo. Ni siquiera la previsibilidad acaba resultando un hándicap potente, gracias a ese bendito giro del que me tengo que morder la lengua, o los dedos, o lo que sea, para no acabar dando algún detalle. Sólo diré que, sí, la peli al final consigue que te mueras de ganas por ponerte a jugar con tus cacharritos de Lego.

Un día, Batman negó el Holocausto

   Podría decirse que La Lego Película es la película de animación más original y memorable desde Toy Story 3, pero igual sería pasarse, y tampoco me arriesgaré a enarbolar tales máximas. La Lego Película, de momento, lo peta, y con eso basta. Ahora le toca al tiempo decidir si es un clásico o no. 
  PS: Si no acabas tarareando la cancioncita de "Todo es fabuloso" al acabar la película, no sólo estás muerto por dentro, sino que además, durante tu adolescencia, te pasabas más tiempo cascándotela que jugando a los Legos. Y eso, perdona que te diga, es despreciable. 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Martin no hay más que uno

No deja de tener guasa el hecho de que, meses atrás, viéramos el trailer de American Hustle (guau, y lo que molaba pronunciarlo entonces, American Jasel, qué sibaritas nos sentíamos) con algo parecido a veneración religiosa, a un oh señor en enero o en febrero o cuando cojones las distribuidoras españolas quieran, quizá en brumario del año que viene, lo vamos a flipar. No deja de tener guasa, porque ahora American Jasel se ha convertido en La gran estafa americana y mola muchísimo menos, y es más, a ningún crítico español le apetece defenderla, prefiriendo hacer un facilón juego de palabras con el título para decir a todo quisqui que esta vez los de los Oscars se han coronado; que la película de marras no sólo no es para tanto, sino que incluso es bastante floja. Lo que viene a ser un Argo prematuro, y veréis qué guasa (hoy estoy guasón) como esta gran estafa arrase en los premios de la Academia el próximo 2 de marzo. 


  Por fin, gracias al, insisto, glorioso sistema de distribución español, he tenido ocasión de verla y de comprobar si, efectivamente, me sentiría estafado al salir del cine. Acudí a la ineludible cita cinematográfica (ineludible desde el momento en que escuché Good Times Bad Times ambientando el beatífico trailer), con algo parecido, os podréis imaginar, a prudente escepticismo, que para mí la palabra de Boyero va a misa. Y, en efecto, ha sido mucho bombo el que se le ha dado a esta película. Muchísimo. Toneladas y toneladas de bombo, que finalmente se han ido deshinchando, y han acabado por revelar una película, en dos palabras, bastante apañadita, pero vayamos por partes.
   Lo primero que llama la atención según van pasando los minutos no son los escotes de Amy Adams (tan bonitos como incomprensibles, osea, ¿por qué diantre se viste así? ¿No tiene frío? ¿Así se vestían todas las mujeres en esa época? Dios, con razón los años 70 estadounidenses siguen constituyendo mi época favorita), sino la dirección del señor David O. Russell, que según tengo entendido es un perfecto soplapollas (como persona, quiero decir, pero aquí valoramos a los cineastas por su arte, cosa que ahora mismo está muy de moda decir y que a la payasa de Mia Farrow le da tanta rabia que se diga). Y esta dirección no destaca por factores como su originalidad, su riesgo o su cuidado estético, sino por ser una amalgama de todos ellos en pos de hacer la mejor imitación posible de Martin Scorsese. Osea. David O. Russell copia sin piedad ni vergüenza todo lo que hace grande al mejor director de la historia del cine, dejándose por el camino casi cualquier mínimo atisbo de frescura o de ingenio (supongo que, en cuanto a copiar al maestro, ha sido Quentin Tarantino el que mejores chuletas se ha pillado, de siempre). Los travellings, las imágenes congeladas, los planos secuencia, la inconmensurable banda sonora, el manejo del suspense, las voces en off, Robert De Niro... sólo falta que suene Gimme shelter, en serio.

Aquí David O. Russell en otro patético intento de imitar a Scorsese, gafas incluidas

   Semejante ejercicio de estilo, o más bien, copia de ejercicio de estilo, depara sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas, lógicamente. Como principal virtud, o más bien, copia de principal virtud, tenemos que las a todas luces excesivas dos horas de metraje se pasan en un suspiro, y que cualquier escena bañada en un tema setentero de la leche queda especialmente épica. Aquí es donde David O. Russell sabe que puede molar más, y por ello no duda en deleitar el oído melomaníaco del espectador cada dos o tres minutos, más o menos. El conseguir algo realmente memorable con esta burda artimaña es algo que se da un número algo más limitado de veces, teniendo grandes momentos como el diálogo bañado en una suerte de White Rabbit arabesco, el paseíllo por el aeropuerto al ritmo de 10538 Overture (cómo mola caminar con esa música de fondo, caray), Bale y Renner destrozando en un karaoke el Delilah de Tom Jones, o, sobre todo, Jennifer Lawrence cantando Live and let die. Entre lo tremenda e hilarantemente gratuito de esta última escena y lo que funde, puede que suponga fácil lo mejor de la película.
   En cuanto a las cagadas en las que el amigo O. Russell ha incurrido copiando a Scorsese, contamos con voces en off que nunca sabemos muy bien a qué vienen, mareantes encadenados de flashforwards y flashbacks puestos ahí, como todo en esta película, únicamente para molar más, movimientos de cámara que no hacen más que distraer, y, sí, Robert De Niro. Para la ocasión, y quizá porque el dire prefería que la nominación al Oscar a Mejor Secundario se la llevara Bradley Cooper, el veterano actor no se limita más que a un cameo estando, como suele en los últimos tiempos, horrible. Y no tanto por su actuación, que es más o menos correcta e incluso propina un poco de suspense, como por las pintas que le han puesto.

Venga, ya en serio, que alguien le practique la eutanasia a De Niro. Pagaré bien

  Aprovecho el hilo de las pintas para hablar de los actores, a los que David O. Russell, pese a ser un sinvergüenza, sabe dirigir como nadie (probablemente en base a collejas y maltratos psicológicos de diverso calibre). Christian Bale está hecho un espantajo, con esos pelos y esas gafas y habiendo engordado para el papel, sospecho, únicamente porque se puso cabezón. Y, sí, también está memorable en la que, a falta de ver The Fighter, podría ser su mejor interpretación hasta la fecha, componiendo un personaje entrañable, divertido e hipnótico. Amy Adams ofrece una adorable mezcla de vulnerabilidad, puterío y fuerza en todos los primeros planos de los que disfruta (en el resto, lo siento, es demasiado fácil distraerse), mientras que Bradley Cooper se lo pasa de miedo interpretando a un personaje simplemente ridículo (la escena en la que sale con los rulos no puede ser más ilustrativa). Jennifer Lawrence se esfuerza muchísimo en imitar a Sharon Stone en Casino y oye, no está nada mal (aparte que eso, que está como un tren y quiero tirármela, como quiere cualquier persona, animal o cosa del Sistema Solar), y Jeremy Renner cae muy simpático también, con ese pedazo tupé y esa pluma tan oronda y espectacular que siempre gasta. Shea Wigham se sigue limitando modestos e innumerables papeles secundarios (en serio, veo a este tío en todas partes), aparece otro compañero suyo de Boardwalk Empire con más pena que gloria, y también Louis C. K, obsequiándome por fin con el personaje mínimamente divertido que esperaba que ofreciera en Blue Jasmine
   El reparto está estupendo en su mayoría, justificando tanta nominación. Llegando al punto crítico, que sí, es el guión, tenemos un libreto desigual al que le falta mesura y claridad en muchos de sus tramos pero que, eso sí, sabe otorgar a cada personaje un mínimo y coherente desarrollo. Mucho diálogo, y poco realmente aprovechable a la hora de expresar algo, y un número bastante discreto de gags (limitándose éstos casi en su totalidad a la relación entre el polloperas que interpreta Bradley Cooper y Louis C.K.). Su mayor virtud radica en conseguir que el espectador empatice con los personajes y le importe lo que les pasa, amén de lograr, al mismo tiempo, que nadie se pregunte si en realidad algo de lo visto merece la pena. 

Aquí los protas observando con mucho interés la lista de ganadores de los Premios Feroz

   Porque, en resumidas cuentas, la nueva película del firmante de El lado bueno de las cosas (que quizá sólo sea recordada para la posteridad por la icónica actuación de Jacki Weaver), es de una intrascendencia supina. Lanza ideas profundas sobre el engaño, la falsedad y la hipocresía del ser humano, sin ir en esto más allá del peluquín que se gasta Christian Bale. Ni siquiera es una película potable en cuanto a robos y picaresca, estando a años luz de maravillas atemporales como El golpe o pequeños entretenimientos como Ocean`s Eleven, por muchos giros supuestamente inesperados que aglutine la trama. Y, ni mucho menos, y por si alguien se atreve a dudarlo, está a la altura de ninguna de las mejores película de Martin Scorsese. 
   El título en español, La gran estafa americana, le viene bastante grande, en conclusión. Sí, se trata de una estafa, pero bastante pequeña, humilde, y finalmente insustancial. Como el peluquín de Christian Bale. 

martes, 28 de enero de 2014

No hay un genio tan genial. Parte II

Autodeclararse fan de Lars von Trier, e incluso a atreverse a presumir de ello con el resultado de provocar la hilaridad o la amable invitación de tus decentes camaradas a que te vayas a hacer puñetas, atontao, tiene sus riesgos, y no únicamente sociales. Si dices amarle, si le ríes todas las gracias o si incluso piensas que eso del Dogma tenía su encanto, has de saber que tarde o temprano tendrás que hacer de tripas corazón, tomar aire, e intentar sobrellevar con una cansada sonrisa las cosicas de nuestro gran amigo danés. Este compendio de cosicas se reduce, fundamentalmente, a que Von Trier es un sinvergüenza, se cree (y es) mucho más listo que tú, y hace lo que le sale del nabo, a la vez que se le suda que esto guste o no. Como pobre y humilde espectador, no cuentas para nada. Lo amas, pero él no te ama a ti. Él a ti te desprecia, dentro de tu consabida inferioridad. Es lo que tiene ser un genio.
    Nymphomaniac. Volumen 1 lo tenía, creo yo, muy fácil para encandilar a la gente. Osea, a un cierto espectro de ésta, uno enfermizo y traumatizado al que yo me me apresuro a unirme. Era muy divertida, tenía mucha filosofía de andar por casa de ésta que hace que te sientas listo (guau, nano, Fibonacci, eso salía en El Código Da Vinci), la banda sonora estaba muy chula, con Rammstein y Steppenwolf y Bach ahí dándolo todo... Total, que una vez que acababa, y te ponían un avance del Volumen 2, te quedabas con unas ganas de verlo que no podías más. Seguro que iba a ser un despolle también. Un despolle mazo filosófico y, por supuesto, nada erótico.

"Hola, mi nombre es Fibonacci. Me gustan los planos secuencia"

   Pero no. Von Trier nos la ha vuelto a jugar. Después de hacernos creer a todos que su peli de 5 horas y pico era pornográfica, y de mutar bruscamente estas expectativas de cara a la segunda parte del díptico, nos presenta una película que va de lo abiertamente desagradable a lo sublime pasando, en contadas ocasiones, por ese tono de chanza milenarista que tan grande hacía al Volumen 1. Mucha oscuridad, mucho mal rollo, bastante violencia, y muchísimas (demasiadas, joder, demasiadas) panorámicas del cuerpo desnudo de Charlotte Gainsbourg. Que sí, que esta tía es gabacha y va a lo suyo, y tiene que estar como una regadera si Von Trier la considera su musa y aún no ha pedido la correspondiente orden de alejamiento, pero la susodicha no me pone nada, y he acabado hasta las pelotas de verle el juju (que además lo tiene hecho un asco) y los pezones (cuya metamórfica y espeluznante forma da para un Proyecto de Fin de Grado). Esta apreciación no es determinante a la hora de considerar una posible falla de la película, ya que habrá gente a la que consiga ponérsela dura (a Von Trier por ejemplo, o a su puta madre), pero llega un punto en que se hace excesivo, y ni la voz extremadamente sensual que, todo hay que decirlo, se gasta (me he excitado más al final oyéndola cantar Hey Joe que en todas las cuatro horas previas) puede salvarme de que me ganen la pugna momentáneamente los genes maternos y piense: "No sé cómo me puede gustar esto".  
   A lo que iba. El Volumen 2 es una movida muy chunga. Toda la alegre luminosidad que bañaba su predecesor hasta en los momentos más dramáticos (incluido el de Christian Slater cagándose en la cama del hospital), aquí es absorbida de un plumazo, en una decisión por otra parte lógica. La ninfómana se ha hecho mayor, ha pasado de tener el rostro genuinamente morboso de Stacy Martin a ser Charlotte Gainsbourg y malograr erecciones como nadie, y los excesos de su vida han empezado a pasar factura. Ahora no hace gracia ni Shia LaBeouf, y aparece el niño de Billy Eliot dando más miedo que, sí, los pezones Transformers de Charlotte Gainsbourg. Incluso a Willem Dafoe le da tiempo a poner un par de caras espeluznantes, y ni siquiera un romance lésbico (o algo así) le da un respiro al ominoso dicurso. La banda sonora escogida para la ocasión se pliega a éste, y donde antes teníamos el Born to be wild somos golpeados por el Réquiem de Mozart o por un Fur Elise que pasa con más pena que gloria.

Encuentra a Udo Kier

   Mientras tanto, el bueno de Stellan Skarsgard se sigue empeñando en hacer sus paralelismos con, llamémoslo de una vez por su nombre, polladas intelectualoides, y mantiene ese diálogo tan glorioso y sorprendente con la hastiada ninfómana. Ha perdido un poco de fuelle, eso sí, porque ni siquiera Von Trier puede mantener tamaña elocuencia durante más de tres horas, pero sigue siendo un gustazo verle. 
   Nymphomaniac. Volumen 2 me ha gustado, claramente, bastante menos que el Volumen 1, y tan sólo es debido a su propio concepto, a la obligación emocional de lo que cuenta. Por imitar a Seligman y trazar paralelismos a lo loco, mi voz sería la de quien prefirió el Volumen 1 de Kill Bill al Volumen 2 simplemente porque en el primero había más hostias. Todo decae, todo desenfreno tiene un precio, y empezamos a cobrarlo desde el primer minuto de esta segunda y última entrega. La genialidad, por supuesto, se mantiene, aunque aparece en cotas más pequeñas, como puntos luminosos entre toda la agreste negrura. Nos encontramos con momentos tan impactantes y absurdamente divertidos como la escena de Charlotte Gainsbourg con los negracos (primera ocasión para apreciar sus hiperbólicos pezones... los de Charlotte Gainsbourg, no los de los negracos, aunque éstos también tienen cosas hiperbólicas), diálogos tan lúcidos y certeros como la discusión sobre la pedofilia, momentos tan VonTrierDejaDeChupártelaUnRato como el homenaje que se le hace a Anticristo por la cara, y, sobre todo, nos encontramos con un final que, cómo diría yo, es indescriptible, y que sólo deja una cosa clara: Nymphomaniac, vista en conjunto, con sus dos volúmenes, no ha sido más que una colosal gamberrada. El ilustre danés nos ha hecho creer durante cuatro horas que en verdad éramos dignos de asomarnos a su mundo interior y compartir sus profundas reflexiones sobre el ser humano, el sexo, el amor y la soledad, sólo para al final darnos una bofetada, dejarnos caer del guindo, y decir con su sonrisita de suficiencia "que os lo habéis creído, mendrugos".

Pues eso

   Acaba resultando que no hemos entendido nada, que no éramos tan listos como creíamos, ni siquiera aunque pagáramos por ver una peli de porno danés de cinco horas o supiéramos quién caray eran Fibonacci, Bach, Poe o Ian Fleming. En última instancia, sólo somos mortales, y sólo podemos cabrearnos ante la tomadura de pelo que, a la hora de la verdad, resulta ser Nymphomaniac. Somos indignos. No somos genios. 
   Pero Lars von Trier lo es, vaya si lo es. Y Nymphomaniac es una jodida genialidad, con todo lo malo y lo bueno que le haga aglutinar esta calificación. Con saber eso nos valdrá, no tendremos por qué buscar respuestas o verdaderos sentidos en torno al abultado metraje de una cosa que quiere ser como la disertación definitiva sobre el sexo pero que, finalmente, no es más que una paja mental. 

domingo, 19 de enero de 2014

Esta peli está muy bien


El lobo de Wall Street es la polla. Para ser más fiel a la verdad, lo expresaré en mayúsculas. LA POLLA. Dudo bastante de que en lo que me quede de vida me encuentre con muchas más películas que puedan aspirar mínimamente a hacerse merecedoras de ese calificativo. LA POLLA. Debería disculparme por el cariz machista de esta apreciación, pero el asunto es que si fuera UN COÑAZO no estaríamos hablando de la nueva película de Martin Scorsese, (ya que pasamos por aquí, el mejor director de todos los tiempos sobre el cual no reparamos lo suficiente en lo afortunados que todos somos de que siga vivo y con ganas de seguir con lo suyo). LA POLLA.
   Hace ya muchos años, un señor que aún, imagino, no llegaba a ser consciente del inmenso talento que latía dentro de él, entabló una relación profesional con otro ser excepcional, que aún no tenía tan pobladas las cejas como para estárselas rascando todo el rato y que no quería ni oír hablar de hacer comedia. Eran buenos tiempos, eran los años 70, y esos dos hombres eran Martin Scorsese y Robert De Niro. Sí, Robert De Niro. El de La gran revancha. Dicha relación fructificó en muchas de esas películas privilegiadas que dignifican la naturaleza humana y trascienden al ser y lo que quieran. Malas calles, Taxi Driver, New York New York, Toro salvaje, El rey de la comedia, Uno de los nuestros, El cabo del miedo, Casino. Qué os voy a contar. Por cosas como ésta el cine es un arte, y si Scorsese fuera inmortal y hubiera nacido coetáneamente a Georges Meliès, indudablemente éste no quedaría relegado al séptimo lugar. Esta relación acabó, como todas las cosas ridículamente buenas acaban en la vida, pero se habla de un reencuentro en 2016, The Irishman, junto a Al Pacino y Joe Pesci. Sí, demasiado bueno para ser cierto, pero aún así yo me empalmo hasta límites existenciales con sólo imaginármelo. 
   Hablaba de este dúo para preceder el reconocimiento de una nueva pareja. Robert De Niro pareció preferir explotar su vis cómica llegado el momento aun cuando ésta fuera inexistente y lo supiera, y Scorsese se buscó otro muso, encontrándolo poética y significativamente previa prescripción del anterior. Sí, Leonardo DiCaprio. El de La playa. Dicha relación fructificó en muchas de esas películas privilegiadas que dignifican la naturaleza humana y trascienden al ser y lo que quieran. Infiltrados, Shutter Island, El lobo de Wall Strebueno, vale, este último conjunto tampoco es tan grande, pero hay que darle tiempo, e igualmente El lobo de Wall Street es LA POLLA.

DiCaprio enterándose de que ha ganado el Oscar a Mejor Actor. Jeje, lo sé, lo sé, soy terrible. Un beso para él

   Martin Scorsese dirige aquí con el brío al que nos tiene tan malacostumbrados, en el sentido de que debamos mirar por encima del hombro cualquier atisbo de "realización" que se nos ofrezca recién visualizada alguna de sus películas. A este señor, efectivamente, poco le faltó para conocer realmente a Georges Mèlies de lo viejo que debe estar ya, pero cómo dirige. Ya quisieran gente videoclipera como Michael UmSorryNoPuedoHacerEsto Bay o Danny Boyle (a éste con mayor respeto y reverencia, que se tiró a Rosario Dawson) saber mover la cámara como él, planificar escenas de multitudes como él, organizar planos secuencia vertiginosos como él, y lucir las gafas de pasta como él (lo siento, Woody, hay otro). Y tener, además, un gusto musical tan exquisito. La tan laureada habilidad de Quentin Tarantino para añadirle música a sus escenas no es en absoluto inédita suya, lo he dicho siempre; Martin Scorsese fue quien se lo enseñó, y sigue siendo el maestro. Y, sí, tal como sospechabais, me pasé durante las tres horacas que dura El lobo de Wall Street esperando a que sonara Gimme shelter para ya acabar de llegar el orgasmo y tal. No lo hizo, no lo hice, pero en su lugar desfilaron temazos como One step beyond, Everlong, Ça plan pour moi, una versión arrebatadora de Mrs. Robinson y unos cuantos más que no conozco, pero que conoceré y amaré en breve.

"Este premio me la trae TAN floja"

   Leonardo DiCaprio. Intentaré relajarme a partir de ahora, en pos de una objetividad queJO TÍO NO PUEDO, ESTA PELI ES LA CREMA. Este blog y los pocos desgraciados que lo leen ya habrán sido testigos en un par de ocasiones de mi amor incondicional por el tío que, con ese peinado, simplemente NO PODÍA SER POBRE en Titanic. Robert De Niro lo considera el mejor actor de su generación y, por muchas mierdas que haga ahora mismo (en serio, The Irishman y luego que se jubile inmediatamente, por favor), de actuar él sabe un rato. Así, DiCaprio puede presumir de tener el currículum artístico más brillante de la actualidad, y con El lobo de Wall Street no hace más que proseguir en su actitud de "dadme un Oscar pero ya, bitches". En esta última está, como suele, impecable, habiendo llegado por fin a ese momento en que los tics de todo actor de carácter que se precie son recibidos con complicidad y cariño. Lo que en Robert De Niro era rascarse la ya mencionada ceja y hablar como José Mota, en DiCaprio es puro histrionismo desatado. No hay más que verle en sus discursos motivadores a la plantilla de sinvergüenzas que trabaja para él, o en sus discusiones con Margot Robbie, o en cada una de las veces que está tenso y se toca mucho el pelo y abre mucho los ojos. Pero, además, DiCaprio se las ingenia para pasar de ofrecer ingentes cantidades de material de escarnio y Gifs a ser pura y simplemente memorable en su composición del peor colocón de la historia (peor aún que Eraserhead). No detallaré dicha secuencia por no estropeárselo a los insensatos que aún duden de si ver la película o no, pero adelantaré que me he reído con esa escena más que en todo el año 2013. O que de Shia LaBeouf. Palabras mayores, camaradas.
   El resto del reparto se compone de Jonah Hill, por un lado, y por otro de los que no son Jonah Hill ni DiCaprio. Estos dos transmiten, por cierto, una química que sólo se puede equiparar a, sí, Joe Pesci y Robert De Niro, respectivamente. Donde Joe Pesci era un loco, ultraviolento y entrañable psicópata, aquí Jonah Hill es un tipejo simplemente despreciable que se mete de todo (aunque vaya cosa, todos se meten de todo en este filme) y que resulta muy entrañable también. Podría ganar un Oscar a Mejor Secundario y nadie se debería quejar; sólo Leonardo DiCapio, en caso de que él se fuera de vacío. En el grupo de los no DiCaprio ni Jonah Hill encontramos a Matthew McCounaguey haciendo lo suficiente como para que todo el mundo siga flipándolo con su nueva faceta de actor; a Rob Reiner pegando muchos gritos; a Jean Dujardin demostrando que hay vida más allá de The Artist, pero tampoco mucha; a un felizmente recuperado Ethan Suplee (y digo felizmente porque el tío ha adelgazado mazo, no porque su personaje no sea una cagarruta); a Kyle Chandler consiguiendo no caer mal pese a ser todo un aguafiestas; y a Margot Robbie, una rubia despampanante que de mayor quiere ser como Sharon Stone. No es un empeño despreciable, y además está mucho más buena que la otra pajarraca, pero el guión no la deja ser más que una chica que grita mucho sin venir a cuento y que sobre el final se empeña en meterle dramatismo al asunto. Total, otra aguafiestas, que al menos tiene la decencia de salir en pelota viva un par de veces.

Está tan buena que duele

   Y, ay, hemos topado con algo que no impide a El lobo de Wall Street ser LA POLLA, pero sí que sea una película redonda. El guión de Terrence Winter no es malo en absoluto, cómo lo iba a ser perteneciendo al creador de Boardwalk Empire, y atesora una desmesura tan espléndidamente medida, valga lo gilipollín del juego de palabras, que las tres horas que dura el filme no se hacen largas en absoluto. Lo que no quiere decir que dicho libreto sea perfecto. Tanto afán por escandalizar, por generar la carcajada a cualquier precio, por perseguir el más difícil todavía, acaba jugando en contra del resultado final, cuando se sucede alguna que otra escena ciertamente ridícula (como la conversación de DiCaprio con una señora mayor que puede llegar a ser su testaferro, en un plagio clarísimo a una escena de Los Simpson con el Señor Burns y Homer como protagonistas), y cuando, pasadas dos gloriosas horas y media, las cosas se empiezan a poner realmente feas para el personaje de DiCaprio. Es entonces cuando Terrence Winter parece querer darle de repente el toque operístico de Casino (película con la que El lobo de Wall Street comparte más cosas de las que me gustaría admitir), y la cosa le queda, no sabría deciros, raruna. Yo lo siento en el alma, pero la escenita que montan DiCaprio y Robbie sobre el final es un autoplagio descarado a una de Sharon Stone y Robert De Niro en Casino, y todos lo saben, por mucha biografía de Jordan Bellfort que avale el resultado. No obstante, hay honrosas excepciones en este último tercio que contribuyen a que el sabor de boca final no sea para nada malo, como la última conversación entre DiCaprio y Jonah Hill, el plano de Kyle Chandler en el metro, o el final, una declaración de intenciones tan negra y cínica como las respectivas conclusiones de Uno de los nuestros y Casino
   Porque, a fin de cuentas, es lo que acaba importando en una película tan ridículamente buena como El lobo de Wall Street. Disfrutar del cine, en su elemento más puro, divertido y desenfrenado. En su faceta más excesiva y brutal. Scorsese ha firmado, finalmente, su película más gamberra y salvajemente libre, donde por cada diez minutos de metraje se exhibe una media de cuatro coños, nueve tetas y media, dos planos secuencia, seis esnifadas de cocaína, ocho ingestiones de luds (unas pastis de la leche), siete travellings y un diálogo sublime e incesante cargado de humor y genialidad. Una jodida joya.
   Recomendada para todo el mundo. Recomendadísima. En serio, no puedo recomendarla más. Gracias, Scoesese. Gracias. Joder. Cómo quiero a ese enano cabrón. Cómo os quiero a todos los que me leéis. Aunque no comentéis nunca nada ni me deis a MeGusta ni hagáis RT, aunque algunos aún uséis Tuenti o penséis que la segunda de El Hobbit no fue tan cancerígena. Vedla. Sólo os exhorto a que la veáis porque os quiero, y quiero lo mejor para vosotros. En serio. Ya es la película favorita del director Steve McQueen.

"¿Soy el único que se ha dado cuenta de que en tres horas no aparece ni un solo negro?"

miércoles, 15 de enero de 2014

El gran estreno de estas Navidades


No seré yo quien diga que el teatro y el cine son dos tipos de arte perfectamente complementarios y sin demasiadas distinciones específicas, pudiéndose alternar de un formato a otro sin que el resultado se resienta ni se vea antinatural, aunque, según qué circunstancias, pueda llegar a pensarlo. Esto se debería exclusivamente a una concepción que tengo del cine, puramente personal, según la cual una película cualquiera, sin un guión decente, en el 98% de los casos devendría en cacota. La obra teatral, al componerse habitualmente de puro diálogo, sería una materia prima perfecta de donde sacar no sólo películas aceptables o buenas, sino realmente excelentes. Sin menoscabo a la figura del realizador, películas como Un tranvía llamado deseo, Doce hombres sin piedad, La huella, Crimen perfecto, La cena de los idiotas o, más recientemente, Un dios salvaje seguirían siendo obras maestras, estoy convencido, aun sin contar con la dirección de nombrería de Elia Kazan, Sidney Lumet, Joseph L. Mankiewicz, Alfred Hitchcock, Francis Veber o, más recientemente, Roman Polanski. 
   Este ejercicio de pretenciosa memoria cinematográfica (que he efectuado sin consultar en FilmAffinity, porque yo lo valgo) viene a cuento de apología y queja ante las críticas que está recibiendo ahora mismo Agosto, de John Wells. Todas convergen en lo mismo: la dirección excesivamente impersonal del susodicho John Wells. Yo no voy a salir a defender a este último, porque no tengo la más mínima idea de quién es y de qué ha hecho con su vida antes de Agosto, pero sí defenderé la película en cuanto a este supuesto hándicap, y también en cuanto a otra de las ideas más arraigadas: "está hecha descaradamente para ganar premios", la cual no deja de tener gracia. Quiero decir, ¿es algo malo? ¿Que se junten algunos de los mejores talentos de la actualidad en torno a un guión ambicioso para así optar a un par de Oscars (que ni siquiera se llevará) es merecedor de desprecio y tocapelotidad? Sinceramente lo veo absurdo, pero bueno, mientras siga habiendo buenas películas, como Agosto, que sean despreciadas por su abierta ambición de galardones (que seguro que ni se les pasaría por la cabeza a señores como Alfonso Cuarón, Steve McQueen o David O. Russell, qué va) mientras son disfrutadas a costa del ya citado gran acopio de talento, seguirá habiendo buen cine, y me la traerá bastante floja todo lo demás. Salvo lo de que se metan con Meryl Streep. Por ahí sí que no paso.

El Oscar va a ser suyo, y todos lo sabemos

   La puesta en escena no es lo mejor de Agosto. Partamos de ahí para, ya que estamos, decir que da un poco igual. El estilo no está ni se le espera. El señor Wells se limita a poner la cámara frente a un actor sublime y dejar que hable, y que hable y que hable, y que alcance la gloria, al tiempo que se arriesga con pequeñas cortinillas a campo abierto, fuera de los muros de la casa/escenario, que vienen también a dar un poco igual, como la carrera de Meryl Streep por el campo o el final protagonizado por Julia Roberts. Escenas, en el caso de la primera bastante bien resuelta, y en el caso de la otra bastante innecesaria y redundante, con las que el pobre Wells querrá decirnos algo como "que tampoco soy tan vago, jo". Pero sí que lo es, realmente. Y tampoco hace falta que sea algo distinto; no es como cuando Tom Hooper (Oscar a Mejor Director por... no sé,  no lo recuerdo, cuando le vuelvan a nominar ya os digo) se pensó que podría adaptar Los Miserablesen base a primeros planos larguísimos y a escenas de acción horriblemente planificadas. Ahí la realización sí que atesoraba defectos; aquí, simplemente, no molesta.
   Los críticos, que pese a lo que pueda parecer no tienen todos ni puta idea, han convenido en alabar las actuaciones de todo el reparto, y con mucho acierto. Algunos hablan de sobreactuación por parte de Meryl Streep, y qué queréis qué os diga; a estas alturas, una señora como Meryl Streep debería estar por encima de la sobreactuación, la actuación y la infraactuación. Es tan grande que me faltan palabras para describirla, como no sea recurriendo a calificativos como leyenda, diosa, amor platónico, belleza incólumne, espectáculo continuo, ya sabéis a lo que me refiero. En Agosto sobreactúa que da gusto sí, pero porque el personaje lo requiere, y porque ella así lo quiere. El que tenga algún problema con ello que se lo haga mirar, o que si no revisite Kramer contra Kramer, Manhattan o Mamma mia para acto seguido sentirse súper mezquino. El resto del casting está, en su totalidad, muy bien, y si no llegan al sobresaliente es porque la cantidad de minutos ocupada por su personaje no ha sido la suficiente. Julia Roberts grita con un arte inédito en ella (muchos coinciden en otorgarle la victoria del duelo con Meryl Streep a la novia de América, y puede que, objetivamente, lo hagan con mucha razón); Ewan McGregor está impecable y contenido; Chris Cooper bastante gracioso; Juliette Lewis entrañable dentro de la deliciosa estupidez de su personaje; Benedict Cumberbatch sencillamente arrebatador, aprovechando al máximo cada una de las oportunidades que le otorga ser el actor del momento; Abigail Bresslin ha pasado de ser la chiquilla encantadora y gordita de Pequeña Miss Sunshine a ser encantadora y estar buenorra, y eso es bonito; y, por último, Margo Martindale y Julianne Nicholson, pese a ser poco menos que desconocidas, están estupendas también. 

Si alguien más cree que en esta peli Meryl Streep es clavada al Bob Dylan de los años 60 que se ponga en contacto conmigo, por favor. Me siento muy solo. En todos los sentidos

   Si a un reparto tan puntero le añades una banda sonora resultona y un guión brillante, la película difícilmente te va a salir rana, por muy inútil que supuestamente sea el director. Así, el libreto de Tracy Letts es proclive tanto al humor negro más extremo como al encadenamiento de grandes e ingeniosas frases, así como generoso en otorgar a cada personaje su momento de lucimiento. Podríamos considerar desde ya la cena familiar, que dura 20 minutacos absolutamente fantásticos, como una de las escenas clave del año, al tiempo que deberíamos darle un Oscar a Meryl Streep cada año, lo siento si me pongo pesado, simplemente por existir. Es imposible verla en todo momento con otra cosa que no sea fascinación, recitando amargos monólogos, vapuleando verbalmente a su familia, buscándole las cosquillas a Julia Roberts... Como ya se ha dicho, un espectáculo continuo.
   Pese a todo, la mayor virtud de Agosto reside en lo divertida que resulta, y en última instancia eso es lo que queda. Podríamos atinar a considerarlo un hándicap, creo, en cuanto a que Tracy Letts pienso que pretendía hacer otra cosa además de divertirnos. Quizá, emocionarnos, hacernos sentir mal, reflexionar sobre el sentido de la familia (algo que llega a rozar con el sublime diálogo que mantienen las tres hermanas protagonistas)... que sé yo. Agosto, sin embargo, no pasa simplemente de "estar bien", y su tan alabado guión de hecho atesora un par de fallos no demasiado graves pero que no contribuyen a dejar un poso más o menos memorable en el público. Me refiero a los momentos indiscutiblemente "culebroneros" que se empiezan a dar cerca del final, cuando salen a flote los secretos más horribles e incómodos y que al menos tienen la decencia de ser llevados con mucho humor negro y un distanciamiento que no acertaría a calificar de buscado pero sí de conseguido (en el sentido de llegar a pensar "en esta familia están todos como putas cabras", y relajarte desde entonces). Tampoco resulta muy cómodo el hecho de que la mayoría de las mujeres de la familia protagonista sean todas unas víboras, y los hombres, por el contrario, simples pasmarotes henchidos de nobleza y buenas intenciones. Eso no es políticamente correcto, señor Letts.

"Esto va de una madre y una hija que van montadas en un coche. ¿Quién conduce?... ¡LA GRÚA! Jejejejejsoy un reputado dramaturgo"

  En resumidas cuentas, la película acaba pasando por un conseguido y animado festival de ver quién la suelta más gorda, mientras poco a poco se revela como un mero pasatiempo, a la hora de la verdad, bastante olvidable. Le falta algo, y yo seré más justo y le echaré las culpas exclusivamente al señor Letts, mientras se la recomiendo aún así a todas las familias, numerosas o no, que durante una aburrida velada quieran reírse un poco en agradable compañía viendo a los protagonistas de Agosto, mientras se encogen de hombros y piensan que oye, pues podríamos estar peor.
   PS: Han sido los Globos de Oro, ha ganado 12 años de esclavitud y otras películas que no he tenido oportunidad de ver por lo que no me merecen más que indiferencia, así que sólo quería compartir con vosotros esta imagen de la post ceremonia. Los motivos son obvios.

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Ojalá viviera en esta foto