miércoles, 10 de julio de 2013

La nueva entrega de la saga de moda :) :)


Si bien la espléndida circunstancia de que fueran a sacar más entregas de Star Wars tuvo cierto eco en este blog, en cuanto a reiterados insultos a George Lucas y devaneos varios en torno a lo que significaba dicha saga para mí, no fue así respecto a la elección del hombre que habría de tomar las riendas de la space opera (y qué mariconada será eso de la space opera, siempre me lo he preguntado). Y debería haberlo hecho, porque para una buena noticia que recibíamos del tema... 
   El caso. J. J. Abrams es un tío guay. Listo. Preparado. Hizo Misión Imposible 3 y le salió guay, hizo Súper 8 y no le salió tan guay (únicamente a causa de una última media hora bochornosa), e hizo Star Trek y le salió MUY guay. Osea. No es que la peli del 2009 sea un antes y después en la historia del cine, o que haya arrebatado a George Lucas el control del monopolio friki (para esto último, me temo, Abrams no tenía suficiente pasta), sino que, yo qué sé. La película está guay. Predecible a más no poder, olvidable sin remisión, entretenimiento absoluto. Pero, aparte, es un trabajo muy meritorio, no sé en qué medida por parte de Abrams o de los guionistas, porque la franquicia Star Trek, hasta hace bien poco, a la mayoría nos la traía bastante floja. Y la película protagonizada por Chris Pine (que se cree Harrison Ford, pero no) y Zachary Quinto, consiguió cambiar esto. 
   La undécima película de la saga trekkie fue un éxito rotundo, y obviamente generaría secuelas, y más dinero. Es de alegrarse que esta segunda parte, subtitulada En la oscuridad, haya tardado unos cuatro años en gestarse, en pos de no saturar a la peña (a la cual se la sigue trayendo bastante floja Star Trek, pero se lo pasa estupendamente con las pelis y series de Abrams), y de, aventuro, plantear un guión con suficiente entidad. Si había algo que achacarle a la anterior era su extrema simpleza, y lo chusco de muchas de sus soluciones argumentales (me sigue pareciendo delicioso que un personaje sea desterrado a un planeta desértico y tarde dos minutos contados en encontrarse con otro personaje vital para el desarrollo de la trama, y que ambos más tarde se encuentren en ese mismo planeta con otro amiguete más), y es probable que J. J. Abrams haya querido ponerse las pilas esta vez, y buscar un guión, digamos, hasta complejo.

El cameo más pesado de la historia

   Y digamos desde ya que este guión, tan trabajado, tan apañado y tan todo, es lo peor de la última película de Star Trek. No porque sea malo, porque para blockbuster de guión nefasto ya tenemos a, sí, El Truño de Acero, sino porque es demasiado complicado, y sin necesidad. La historia, que a la larga no viene a ser más que la de siempre (buenos, malos, alivios cómicos, relaciones amorosas que no aportan absolutamente nada), tiene tantos datos, tantos giros y tantos recovecos que llegado un momento el espectador, que no se esperaba en absoluto que fuera necesario pensar para disfrutar de una peli así, se pierde. Insisto en que J. J. Abrams, aún así, es un tío muy listo, y se esfuerza en imprimirle a la historia un ritmo endiablado (esto es, con una escena de acción cada cuarto de hora, aproximadamente), que no deje pasar al aburrimiento. Claro, es algo parecido a lo que pasaba con Matrix Reloaded (palos-blablabla-palos-blablabla-palos-el arquitecto ése de los cojones al que no se le entiende ni papa-palos) pero en este caso mucho mejor resuelto, ya que al menos se focaliza con tino las partes del argumento que más interesan al público: las que tienen como protagonistas, exclusivamente, al Sr. Spock y al capitán Kirk, cuya historia de amistad, amor o lo que sea deviene en el auténtico alma de la película. Sí, también está Simon Pegg haciendo el indio, y Karl Urban deprimiendo al personal, y una tía buenorra que se despelota sin razón alguna, pero viene dando un poco igual. Ya de paso, no merece ni el esfuerzo hablar del noviazgo imposible entre Spock y Uhura, que si bien mejora bastante con respecto a la anterior película (de la que suponía la subtrama más floja con diferencia), sigue sin colar, lo siento.
   Toca hablar del villano de la función, presumiblemente, según nos han dicho, lo mejor de ésta. Un tal John Harrison, que no es un malo al uso, tiene su trasfondo, su tragedia personal, sus secretos, y encima está interpretado por el actor de moda, Benedict Cumberbatch. Pues vale. La verdad es que para mí ha acabado siendo una decepción, por muy bien definido que esté (lo cual, después del Nero de Eric Bana, que qué habrá sido de Eric Bana, tampoco era muy difícil de lograr). El personaje, cuya identidad secreta será recibida por el grueso de la población con un encogimiento de hombros, está bien, sin más, y de hecho el tan laureado Cumberbatch sobreactúa bastante.

"Entonces yo soy como el Joker trekkie, ¿no? Algo así"

   ¿Estos fallos implican que la nueva de Star Trek sea una mala película? Ni por asomo. Tan minucioso y tocapelotas análisis del guión y de los personajes no son más que tecnicismos: me lo he pasado como un enano en el cine. Por muy embrollado que sea el argumento, por muy reguleras que sea el malo de turno (que si tan reguleras parece, simplemente, se debe a expectativas frustradas). En la Oscuridad transmite un espíritu aventurero sencillamente irresistible, y una diversión en cantidades ingentes, aún mayor que la también muy disfrutable primera Star Trek (quiero decir, la primera desde que nos importa Star Trek). Desde el prólogo, que a mí me recordó enormemente a Indiana Jones, hasta el genial clímax en el San Francisco futurista, En la Oscuridad ofrece entretenimiento a raudales e, incluso, bastante emoción. Los personajes nos importan, nos interesan, y por momentos la película logra ser bastante emotiva (gracias, repito, a Kirk y al Sr. Spock). Los efectos digitales y demás parafernalia están chulis, también, y la dirección es correctísima, aunque de vez en cuando a Abrams le dé por hacer un zoom brusco y me tenga que acordar, para mi desgracia, de El Truño de Acero
   Tonterías aparte, una buena película, y un ejemplar blockbuster de ésos. Recomendada a todo el mundo, tanto a trekkies como a warsies como a gente del montón. También para aquéllos que vieron el vídeo en el que el Capitán Kirk de los años 60 salía peleando con un lagarto humanoide. Jo, ¿os acordáis de ese vídeo? Qué cosa más penosa, por Dios. Jiji.

Épico, sencillamente épico

miércoles, 3 de julio de 2013

La nolanización del mito

Retrospectiva. La anterior película presentada por esa fábrica de sueños, colorines y merchandising llamada Pixar fue reseñada en este modesto blog con una alegría casi insensata y poco meditada, que le arrojó instantáneamente a un status de clásico, quizá, no merecido del todo. Hablo de Brave, y como excusa a tal injustificable relajación en mi mala hostia habitual sólo puedo anteponer el cabello de Mérida, más que nada porque no recuerdo ninguna maldita cosa más (bueno, y algo de unos osos, ¿no?). Con esto no trato más que decir que, para ciertas películas, sobre todo si son de dibujos o vienen firmadas por Disney, o Pixar, o Disney Pixar, la objetividad cinéfila puede ser dejada de lado de una manera imperceptible, si hemos experimentado ciertos condicionantes necesarios. 

Siempre recordaré Brave por esta emotivísima escena

   Desarrollando mi opinión acerca de Monstruos University, la nueva muestra de que o bien Pixar se está quedando sin ideas o bien está convirtiéndose en la nueva Disney (en cuanto a la producción industrial de churros cual secuelas y/o precuelas), hay que pasar por un par de condicionantes, que explicaré de modo que, si os convencen, esta crítica también lo hará y si no, no. Uno, que la anterior película vista en una sala de cine fuera El Hombre de Acero, aquélla que ostenta el dudoso mérito de, cada vez que la recuerdo, más horrenda parecerme; y dos, que se tratara de, precisamente, una película llamada Monstruos University. Oséase, una nueva oportunidad de ver a mis viejos amigos Sulley y Mike en una pantalla de cine doblados por Santiago Segura y José Mota, quien esta vez ha tenido el detalle de no meter ninguno de sus chascarrillos en el doblaje al castellano (porque qué iba a hacer si no, ¿repetir "hoy no, mañana" con voz mongólica una y otra vez?). 
   No está de más decir que Monstruos S.A. me parece una obra maestra del cine, un clásico (de los buenos, no de los tipo Brave), una película sencillamente perfecta que, por mucho que veas una y otra vez, no va a dejar de serlo. Tanto en el apartado humorístico (jo, ¿os acordáis de cuando José Mota era gracioso?) como en el emotivo, gracias a ese pequeño gran personaje llamado Boo, al que se le echa de menos en la precuela pero poco, y a ese final tan grandioso y tan bonito y tan todo. Jo, la cara de Sulley al escuchar "Gatito". Su sonrisa. Uno de los mejores fundidos a negro de toda la historia de los fundidos a negro. 
   Ahora tocaría declarar que Monstruos University no le llega a la suela de las garras (jocosa referencia a la naturaleza monstruosa de los personajes) a Monstruos S.A., pero no vayamos tan rápido. Y es que la peli que hoy nos ocupa podría categorizarse desde ya como el ejemplo perfecto de lo que debería ser cualquier precuela, como el paradigma a seguir cada vez que a alguna lumbrera se le ocurra que sería buena idea echar la vista atrás. ¿Y por qué es un ejemplo perfecto? Porque nos ayuda a comprender aún mejor a sus mitiquísimos personajes, a entender por qué actúan como actúan, a llegar a la conclusión de que serán los mejores amigos fílmicos posibles (¿cursilada?, puede, comedme el cipote) que tengamos. Sí, alguien podrá argüir, si supiera lo que significa argüir, que algo del estilo consiguió George Lucas con la nueva trilogía, pero... vamos a ver. En Monstruos University no sale Hayden Christensen. No sé si me explico. 

"Fue el filósofo y científico Thomas Kuhn quien dio a la palabra paradigma su significado contemporáneo, aun prefiriendo los términos ejemplar  o ciencia normal, por atesorar un sentido filosófico más exacto"

   Monstruos University es una gran película, y una precuela perfecta, pese a ser indudablemente innecesaria (y qué precuela no lo es). Obviaré que es una gran película por el impecable aspecto visual; eso no salvó a El Truño de Acero, y aquí objetividad ante todo. Sí lo justificaré con que, para empezar, y sobre todo, es divertidísima. No hay otra, si vas al cine a ver Monstruos University te vas a partir el culo. Sin chistes de caca-culo-pedo-pis-paja-ArturoValls, ni referencias a la cultura pop en breve marchitas. Te vas a partir el culo con el humor blanco de Disney, el inofensivo, el atemporal, el que mejor sabe, el de cuando ya has visto el mismo gag como ochenta veces pero mantienes la sonrisa porque recuerdas lo mucho que te reíste la primera vez. Te vas a partir el culo con la hermandad de Oozma Kappa al completo (incluyendo a la madre, jo, cómo mola la madre). Te vas a partir el culo con esa vuelta a la tuerca a las pelis universitarias americanas (de las cuales lo único parecido que he visto ha sido el capítulo de cuando Homer va a la universidad), con la mascota del campus, el pitorreo contra el decano (que en este caso es la profesora McGonagall), las hermandades, las fiestas, los frikis... todos los tópicos habidos y por haber. Por último, te vas a partir el culo con el único e inigualable Mike Wazowski, aunque no tanto, ya que lo han ascendido a ser prácticamente el protagonista y eso siempre diezma bastante la vis cómica, quieras que no.
   Otra razón por la que Monstruos University es una gran película radica en el guión, aunque parezca mentira. Sí, la historia está más vista que el trailer de Gru 2 (se están poniendo muy pesados, todos), y cualquier atisbo de originalidad ya se perdió en el mismo momento en que a alguien se le ocurrió la palabra "precuela", pero el guión de la nueva, o vieja, aventura de Sulley y Mike es modélico. No sólo por razones técnicas, en cuanto a una bien perfilada evolución de los personajes principales o a su, como a mí me gusta llamarlo, arco de transformación (siendo el gran monstruo azul y el pequeño monstruo verde radicalmente distintos, al comienzo, de como los recordábamos en Monstruos S.A.), sino por un par de ideas simplemente geniales que redondean aún más el diez que le he cascado a la peli en FilmAffinity. Para empezar, el personaje de Randall Box, que si bien aparece menos de lo deseable, no me esperaba para nada el modo en el que lo iba a hacer; o el giro del final, que es poco menos que una genialidad, y curiosamente, dentro de toda su emoción y belleza incomparable, bastante realista. Unos últimos tres minutos en los que Pixar vuelve a alcanzar aquel grado de excelencia que no experimentaba desde los últimos minutos de Toy Story 3, escena del vertedero incluido, o desde los primeros de Up. Una jodida maravilla.

La hermandad Oozma Kappa al completo, con unas cosas naranjas de caracteres asiáticos que no sé por qué carajo están ahí y las manos de Randall en un lateral

   Poco más me resta por hacer que recomendarle Monstruos University a todo el mundo. Ah, sí. El corto del principio. The Blue Umbrella. Pues otra jodida maravilla, igual. Apostar por Pixar, mientras que a su flexo no le dé por abalanzarse sobre cualquier medio de transporte (véase Cars, Cars 2 o ese pedazo de basura innecesaria que no he visto que es Aviones, y que ni siquiera es de Pixar, o al menos eso espero), es apostar sobre seguro. Ya lo viene demostrando de un tiempo a esta parte, incluso ahora que está en franca decadencia, y eso que dicen.
   El título que encabeza el artículo, por cierto, y para aquel que se lo pregunte, no es más que una payasada. Me aburro mucho, y me siento muy solo. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Why so serious?


Con motivo de mi inminente visita al cine para visualizar su nuevo acercamiento a la figura de Superman, alias el Hombre de Acero, alias Clark Kent, alias Kal-El, alias Supermán con tilde, pensé que no sería mala idea revisitar Superman Returns, aquella peli digamos peculiar que Bryan Singer nos presentó cuando aún parecía un cineasta de considerable interés. Más que nada, por comprobar si el espantoso recuerdo que guardaba de ella realmente la hacía justicia. La respuesta fue un sí, claro, mi yo con siete años menos ya atesoraba entonces un criterio excelente. Pero maticemos esta consideración.
   Superman Returns es, en efecto, una muy mala película. Y lo es en la medida que se lo permite un tratamiento del personaje ingentemente pretencioso que fuerza la épica y juguetea con una supuesta poesía que no provoca más que arcadas en el respetable (todavía sigo sin encontrar a nadie que me explique qué coño era eso de "Y el hijo se convertirá en padre, y el padre, en hijo"). No todo iba a ser malo, empero, ya que la peli contaba con la banda sonora de John Williams, un aspecto visual portentoso (no refiriéndome con esto al elemento superheroico, desde luego, porque habiendo una única escena de acción medianamente decente hay poco donde escoger), y un par de detalles de guión bastante hilarantes, en torno siempre a la figura de Lex Luthor (un Kevin Spacey excepcionalmente desaprovechado). Así las cosas, contamos con tres aciertos en Superman Returns, que debían de ser, cómo no, conservados o pulidos en mayor o menor medida en la PELÍCULA DEFINITIVA de Superman (ya dije hace tiempo que vivimos en la era de las PELÍCULAS DEFINITIVAS). Pongámonos, pues, con El Hombre de Acero. Y disfrutad, en lo que os ponéis, de cómo la descuartizo.

Superman Returns no era tan mala si la comparamos con, no sé... ¿Wert?

   Para empezar, no contamos en este reboot (agh, odio ese palabro, última vez que lo escribo) con la legendaria fanfarria de John Williams, sino con una partitura bastante decente de Hans Zimmer que mezcla lo melancólico (en cuanto a un leitmotiv prácticamente calcado de la banda sonora de American Beauty) con lo heroico sumiéndolo todo en un halo de trascendencia que, desde luego, va muy bien con la película. Osea. Es que El Hombre de Acero es la trascendencia hecha película. Todos los personajes están serios y ceñudos, y dicen cosas muy serias y ceñudas también, hasta Clarkie aparece en una escena con un libro de Platón, y todo esto deviene en que no haya más de dos putos chistes a lo largo de toda la larga, bastante larga, película (y encima el último de ellos da auténtica vergüenza ajena). Supongo que en este ambiente tan respetuoso y digno cabe encontrar reminiscencias a Christopher Nolan, que, oh milagro, produjo la peli y sólo por eso tenía que ser igual de buena, al menos, que la tercera de El Caballero Oscuro. Sí, en plan personajes oscuros de motivaciones no demasiado claras y que han de tomar difíciles decisiones, cosas de ésas. 
   Pero aquí no: en El Hombre de Acero no hay un gran guión que haga soportable un tratamiento tan cansino y pedante de la historia. Sólo captamos algo de "verdad", por decirlo de algún modo, en la figura del villano, el General Zod, y quizá únicamente debido a que es el gran Michael Shannon quien lo interpreta. Los demás personajes son poco menos que basuras del calibre 68; si acaso se salva Amy Adams porque es adorable. El resto: Clark Kent es un soso (como siempre, vale, pero es que encima ahora no lleva ni las gafas), Martha Kent tiene unos diálogos que parecen escritos por los guionistas de Smallville (serie nefasta que, sin embargo, deja mucho mejor sabor de boca que los sendos truños que nos ha aportado la industria cinematográfica en los últimos tiempos), Russell Crowe sale demasiado y eso no sería necesariamente malo si no se justificara tan torpemente, Perry White es Morfeo y eso ya hasta Tobey Maguire sabía que no iba a colar de ningún modo, y Jonathan Kent... bueno, lo de Jonathan Kent no tiene nombre. La muerte de este personaje puede ser la mayor mierda que he visto nunca dentro del universo de Superman, y eso que yo me tragué sin anestesia Superman IV: En busca de la paz. Renuncio por aquí a desgranarla, y dejo que os sorprendáis vosotros mismos si al final no me hacéis caso y decidís ir a ver El Hombre de Acero. Telita, ¿eh?

"Clark, ¿puedes traerme un bocadillo? Pero... sin pan"

   El mayor problema de esta película reside en algo de lo que también adolecía The Amazing Spiderman(¿se acordará alguien de ella?, ah, bueno, sí, que están haciendo ahora mismo la segunda parte...ME LA SUDA), y es que su intento de romper totalmente con su precedente fílmico adolece de una falta de creatividad y de un mal gusto alarmante. Pase que hayan convertido a Kripton en un planeta raro de la leche con pistolas láser y naves a lo Star Wars (total, han metido mascotas alienígenas de nombres divertidos y eso es un aliciente), pero ¿cómo se han atrevido a convertir la Zona Fantasma en una cosa tan CUTRE? ¿Y la Fortaleza de la Soledad? Ahora ni es Fortaleza ni hay Soledad ni nada, es sólo una nave enorme en la que por arte de magia se ha aposentado el fantasma de Jor-El y ha sido guardado el trajecito de Superman (del que eliminar los calzoncillos por fuera, definitivamente, no ha sido una buena idea), por los siglos de los siglos. Yo no he leído los cómics ni tengo el menor deseo de hacerlo, pero dudo que haya algún ilustrador pululando por DC que tenga los santos cojones de dibujar algo tan sumamente feo. Y claro, lo comparas con los ingeniosos diseños que presentó en su día el Superman de Richard Donner y no hay color. Bueno, sí. El marrón del nuevo Kripton. Y el de la caca.
   Aparte, el guión es regular tirando a malo, con un problema estructural bastante importante. Los primeros veinte minutos pertenecen exclusivamente a Russell Crowe poniendo cara de Máximo Décimo Meridio, los siguientes cuarenta son una sucesión de flashbacks sucesivamente peores entremezclados con las simpáticas aventuras de Clarkie con barba vagabundeando por ahí, y luego todo se convierte en Independence Day y es cuando, huelga decir, la película alcanza su mejor punto. 
   Porque, como creo que ya la he puesto a parir bastante, enumeraré las cosas buenas de El Hombre de Acero, que son pocas pero haberlas haylas. Allá donde Superman Returns fracasaba miserablemente, esto es, en entretener al público y sorprenderlo con epatantes escenas de acción, la peli de Zack Snyder (quien, con la honrosísima escepción de Watchmen, sigue aglutinando inmundicia en su haber) consigue remontar el vuelo. En Superman Returns, el prota (sí, ya sabéis, ese tío que se parecía mucho a Christopher Reeve... ya sabéis, ése que tenía un coche azul) no pegaba una sola hostia en todo el metraje, y aquí, en El Hombre de Acero, Henry Cavill prácticamente no hace nada más, aparte de levantar con mucho esfuerzo cosas grandes y pesadas. Lo que comentaba antes: cuando se produce la invasión alienígena y los edificios empiezan a caer como moscas, es entonces cuando el visionado de El Hombre de Acero se convierte en un auténtico placer culpable. La mediocridad sigue estando ahí, en el fondo, pero preferimos limitamos a disfrutar de la visión del catálogo completo de Dragon Ball zurrándose la badana. Además de esto, el flashback en el que Clarkie descubre sus poderes, en medio del colegio, no podría estar mejor resuelto, en cuanto a efectos digitales y a planificación (de hecho, creo que Zack Snyder, cuando no opta por hacer temblar la cámara sin ningún motivo ni por hacer apresurados zooms en plan falso documental, es un buen director).

Estos tipos han descubierto que sus peleas ya son muy de los noventa

   La peli, en fin, es todo un espectáculo. Un espectáculo totalmente hueco, encima igual de pretencioso que Superman Returns (me repatea cómo se siguen empeñando en identificar a Superman con Jesucristo, en serio) y que hace entrever que en toda la Historia del Cine no van a existir más que dos pelis buenas de Superman: las dos primeras, aquellas gloriosas exaltaciones de la sencillez, el espíritu de la aventura y el buen humor. Por mucho Nolan que ande nolanizando por ahí, o por mucha era de las PELÍCULAS DEFINITIVAS que vivamos, no habrá, empiezo a comprenderlo, ninguna como ellas.
   Así que eso, una caca. Una caca bonita, pero una caca. 

jueves, 20 de junio de 2013

En la peli aparece un chichi, pero en esta crítica no

El hecho es que a todos nos mola Danny Boyle. Incluso a los que no han visto nada suyo, o a los que la única peli suya que hayan visto sea La playa. Porque sí, La playa es una gran mierda intelectualoide, vacía y en la que hasta Leonardo DiCaprio parece actuar mal, pero, ¿y lo bien hecha que está? ¿Los ángulos de cámara imposibles, el suspense, el uso del espacio, el montaje intempestivo? ¿Alguien se puede quejar de eso? ¿Alguien que no sea Michael Haneke?
   Además, qué carajo, Danny Boyle es el director de Trainspotting, posiblemente una de las obras capitales de la Historia del Cine en toda su amplitud, y no me drogo ni nada, jejej, ¿lo pilláis?, porque va de heroinómay eso ya le absuelve casi instantáneamente de cualquier basura que, antes o después, se atreva a presentar. Es el caso paradigmático de La playa. Luego está Slumdog Millionaire, que sí, tiene de 8 Oscars, al menos, 7 más de los que merece, pero que es una gozada, y esa pequeña maravilla que hace un par de años le pasó desapercibida a todo quisqui, y que llevaba por título 127 horas

Ooooh, Danny Boy, Danny Boy, Danny Boooooy... (8)

   En fin, el caso es que cuando me enteré de que el flamante director de la ceremonia de los Juegos Olímpicos (de la que sólo recuerdo a Rowan Atkinson y a Muse haciendo sus cosicas raras) presentaría en breve un thriller psicológico (a raíz del cual pensé, como gran parte de la población mundial, en Origen), se me hizo poco menos que la boca agua. Y el trailer contribuyó aún más a esta excitación de la que os hablo, aun cuando pareciera decir demasiado del argumento de la misma (en serio, a ver si se relajan un poco montando los trailers estos, que llega un punto en que la peli ya te la sabes antes de ir a verla, como me pasó con Skyfall). Pero bueno, aún así, me veía en la obligación de ver Trance, y de volver a flipar con el amiguete Boyle.
   Y joder si flipé. Para empezar, tenemos la secuencia de un robo impecablemente rodada, con reminiscencias a Nolan (sí, a falta de echarle un ojo a la nueva de Supermán, tenemos a Nolan hasta en la sopa), con la voz en off de un James McAvoy, como suele, impecable. También aparece Vincent Cassel haciendo lo que mejor sabe hacer, poner cara de bulldog aturdido (y qué bulldog tan grandioso y profesional), y la música atronadora y épica a la que Boyle nos tiene acostumbrados. Todo esto en los primeros diez minutos, más o menos, de película. Si tras esto no os confesáis enganchadísimos es que estáis muertos por dentro. 

Podría haber puesto otra foto de James McAvoy. Cierto

   Tras esta secuencia se desarrolla la trama principal, introduciéndose el personaje de Rosario Dawson (a ella sí que le introduciría yo cosas... ya, bueno, es que hablando de esta chica pierdo del todo mi elegante elocuencia), y sacando Danny Boyle la artillería pesada, en forma de secuencias oníricas o lo que sea que no podrían estar mejor resueltas y narradas (el primer giro de guión al respecto es un prodigio de montaje y dosificación de la emoción). A partir de aquí, como digo, es un no parar, el espectador sacudido por un guión que, si bien no es el mejor del mundo (de hecho adolece de un par de agujeros inexcusables y estúpidos), sí resulta idóneo para estar continuamente sorprendiendo al espectador. Leí por allí que Trance acumula tantos giros que la trama acaba por parecer insustancial, y bueno... qué queréis que os diga. Se trata de encontrar un puto cuadro. 
   A lo que voy es que Trance es diversión pura. Un thriller que continuamente te mantiene en tensión, que juega con exquisito gusto las bazas de la ambigüedad de todos y cada uno de los personajes, de la música efectista y de, en especial, la anatomía de Rosario Dawson. También los actores están todos estupendos, destacando a Rosario Dawson no sólo por lo obvio, sino también porque otorgarle credibilidad a un personaje como el suyo acaba resultando mucho más que un acto de fe. El trío protagonista, en resumen, no podría ser más eficaz, y en cuanto nos salimos de éste el guión se revela como el queso gruyére improvisado que indudablemente es en esencia (con esto me refiero al papel del secuaz negro de Vincent Cassel, una ida de olla totalmente innecesaria). 

Al bueno de Vincent tampoco le va mucho esto del Arte Moderno
   En referencia al desenlace, acaso lo más importante en este tipo de films, ¿es satisfactorio? Pues depende de los gustos. No se sacan nada de la manga (de hecho me sorprenden todas las encendidas críticas que ha recibido el guión por "tramposo"), es un buen final, se entiende bien... pero yo hubiera deseado que me sorprendiera más. Osea, en una película que cada cuarto de hora tiene un giro vertiginoso, qué menos que esperarse que en el último minuto haya otro más que, cisca, te lo vuelva todo del revés. Y de eso no hay. Llegado un momento, la acción toma un rumbo y no se aparta de él. ¿Y es esto malo? No. En todo caso... insatisfactorio.
   Pese a este hándicap que sólo viene a cuento de ponerse un poco tiquismiquis, Trance es una muy buena película. No es la nueva Origen (por favor) y ni tan siquiera será más digna de recordar que cualquier otra película de Danny Boyle que no sea Trainspotting o Slumdog Millionaire (por mucho que en mi opinión supere a esta última en cuanto a expectativas y resultados), pero es una peli que te distrae y te lo hace pasar endiabladamente bien, sin más preocupación en la sesera que descubrir dónde está el cuadro de marras. Yo, personalmente, tampoco le pido más al cine. 

miércoles, 12 de junio de 2013

¿Cuándo decíais que estrenaban la tercera temporada?

Como estoy de vacaciones, el tiempo libre y su inútil provecho abundan, y hasta la semana que viene no iré al cine (según mis cálculos), esta aburrida noche me dedicaré a criticar la tercera temporada de Juego de Tronos. En este mismo blog, que cumplió un año hace meses pero se me olvidó mencionarlo (y no sé por qué lo menciono ahora, la verdad), la primera temporada de esta extraordinaria serie mereció su artículo correspondiente, en el cual critiqué sin demasiada fortuna, y excediéndome bastante, la oronda figura de George R. R. Martin, no sólo en cuanto a eso, a que es un gordo mórbido cabrón que igual muere antes de acabar la saga, sino a la dudosa calidad de su prosa. 
   Toca rectificar, pues, y decir que, si bien lo pergeñado por George R. R. Martin no supone una excelente literatura (mucho mejor, cierto es, que la mayoría de las cacas que encabezan las listas de ventas), sí nos ofrece un gran ejemplo de cómo estructurar admirablemente una saga épica en la que casi hay más personajes que páginas. Cuando escribí la crítica de la primera temporada mencioné lo malo que era el segundo libro, Choque de Reyes, pero ahora mismo no puedo más que rendirme ante la mangificencia de Tormenta de Espadas, y no porque Martin se haya convertido en Dostoievski así de repente, sino porque la colosal historia que su cabeza ideó aquí llega a su punto álgido. Luego la peña dice que los siguientes libros son malos con avaricia y que no pasa casi nada, y entonces tiemblo un poco al pensar cómo adaptarán los capítulos correspondientes. Porque, por si no quedó claro en ese artículo al que ya me estoy refiriendo con demasiada insistencia, lo mejor de los libros de Martin radica en que han sido adaptados al formato audiovisual, y de un modo excelente. Al menos, durante las dos primeras temporadas (particularmente la segunda, en cuanto a adaptación que intenta suplir las flaquezas del material original, me parece prodigiosa). Deteniéndonos en la tercera, que finalizó esta semana, la cosa ha variado un poco, pero con matices. Aviso que se avecina una Tormenta de Spoilers. Jiji.

"Sí, soy George R. R. Martin y todos estaréis esperando a que haga una simpática referencia a lo lento que escribo o a lo que me gusta matar personajes. Os jodéis"

   La principal fuente de los problemas que esta tercera temporada (digámoslo desde ya, la peor de todas), ha tenido, vino de la rompedora idea que tuvieron los responsables de no adaptar con ella la totalidad de Tormenta de Espadas. Y bueno, el libro tiene como mil y pico páginas, así que no, no era una penosa excusa para exprimir la gallina, como en los casos de Harry Potter, Crepúsculo o, el más vergonzante de todos, la mágica trilogía de El Hobbit (el tráiler de su segunda entrega, ya que pasamos por aquí, me ha hecho temblar por lo espantosa que puede llegar a ser, aunque quizá sólo sea debido a que el capullo de Legolas y su novia inventada acaparan más planos que el propio Bilbo). A lo que iba. La idea, a priori, no parecería mala. Estamos hablando de la HBO y no de la mente calenturienta de Peter Jackson, así que la excusa típica que se dio en su momento ("Así podremos desarrollar mejor a los personajes") no pareció penosa en absoluto. Que hasta te lo creías, vamos.
   Por todo esto, supongo que era inevitable, la temporada se ha hecho lenta, extremadamente lenta. Han pasado cuatro cosas así más o menos importantes, y el resto han sido diálogos (en su mayoría excepcionalmente escritos) que se han limitado a definir mejor a cada personaje, con unos resultados, en su mayoría, bastante redundantes. Porque sí, creo que ya ha quedado bastante claro que Cersei, por muy zorra que sea, ama a sus hijos por encima de todo; que Joffrey está como un cencerro; que Sansa es una imbécil superficial; o que Catelyn no ve con buenos ojos la relación de su hijo Robb con Talisa (un beso para todos los que pensaban que el cambio de nombre con respecto al libro tendría un propósito definido). Ésas eran cosas que ya se sabían gracias a la segunda temporada, no hacía falta añadir más escenas de Joffrey matando putas, por ejemplo (aunque, para qué nos vamos a engañar, ver a Joffrey matando putas es extrañamente placentero, ¿verdad? ¿No? Bueno, olvidadlo y seguid leyendo).
   A lo que voy es que los guionistas han aprovechado bastante malamente la posibilidad que tenían de mejorar las tramas y las motivaciones de cada uno de los personajes. No niego que hayan tenido aciertos, ya que,  por ejemplo, conseguir que la trama de Jon Nieve sea por fin interesante implica una habilidad sobrehumana (mejorando lo narrado en el libro, en el que su relación con Ygritte era una bazofia que no le importaba ni a Hodor), pero por lo general han sido bastante pródigos en las meadas fuera del tiesto.


   Después de que hayáis recuperado el aliento, continuaré con que que no sé cómo diantre han fijado las mitades en las que dividirían Tormenta de Espadas, porque han montado un pifostio de la leche. Unas tramas no han avanzado nada, otras demasiado, y otras han sido directamente imprevisibles y no has sabido en ningún momento a qué venían (el arco argumental de Theon Greyjoy, que fue de lo mejor de la temporada pasada, aquí ha sido un constante WTF, por mucho que haya estado ahí Iwan Rheon con su cara de psicópata adorable para darle la réplica). Claro está, puede que todo pertenezca a un plan maestro que han fraguado los guionistas con el beneplácito de Martin (el cual, como se aburre y no tiene libros que acabar ni nada, se divierte supervisando el rodaje y guionizando algún que otro capítulo), pero de momento el plan parece devenir en una monumental pifia, y yo no sé cómo van a salir del jardín en el que ellos mismos se han metido. No me extenderé más al respecto, porque total, a lo mejor las cosas acaban saliendo bien, pero eso, que se están columpiando.
   Estas quejas, no obstante, son las inevitables que ofrecen los fans petardos de la obra escrita (conjunto al que, por pereza, no pertenezco), y lo más útil para la sociedad sería analizar la serie como ente totalmente aparte al libro. Pero aunque lo haga, o lo intente, da igual, la temporada ha sido lenta de cojones, y no creo que haya servido para descubrir nuevos matices de unos personajes ya clásicos. Aunque admito que por fin Jaime Lannister se ha revelado como el prodigio de construcción psicológica que siempre fue, y hemos descubierto la faceta más marica de su hermanito Tyrion (sí, se han empeñado tanto en humanizarle que ha habido momentos en los que daban ganas de pegarle una colleja para que dejara de lloriquear, con tanto "oh, no, no es más que una niña", "lo paso tan mal con esta prostituta histérica a la que amo tanto", "todos se ríen de mí"... al menos en el capítulo de su boda recuperamos su vena más canalla y encantadora, pero...). Además de esto, le han dado más protagonismo a la abuelita Tyrell, que es la leche, y han profundizado en la vena manipuladora de su súper buenorra nieta Margaery (totalmente inventada con respecto a la obra escrita).
   Vamos, que no todo ha sido tan malo. Además, al igual que ha hecho esta temporada, he dejado lo mejor para el final. No podía ser de otra manera, me refiero al penúltimo episodio, que no sólo pasa por ser el mejor (de lejos, muy, muy, de lejos) de la temporada, sino también de toda la serie en conjunto. La Boda Roja puede haber sido lo más impactante que he visto nunca en televisión, y eso que yo sabía lo que iba a pasar, no puedo ni imaginarme la reacción de los que no. Un golpe de efecto sublime, una muestra de hijoputismo exacerbado (aún más con respecto al libro, porque en él la churri de Robb no muere, ni mucho menos está embarazada, y además en el papel impreso no podemos disfrutar de la desgarradora interpretación de Michelle Fairley), y un prodigio de dirección, montaje y ambientación. A quién no se le heló la sangre cuando cerraron las puertas y sonaron los primeros acordes de Las lluvias de Castamere; quién no se tiró de los pelos cuando Arya Stark (cómo amo a esa niña, o adolescente, o mujer en cualquier caso follable) estuvo tan cerca de reunirse con su familia, y no; quién no apretó los dientes con rabia cuando el hipnótico Ross Bolton dijo esa frase ya legendaria: "Los Lannister te envían recuerdos"; o quién no lloró sin complejos cuando Catelyn Tully se deshizo en un grito agónico ante el incrédulo y obituario "Madre" de su hijo. Una obra maestra, en resumidas cuentas, que casi compensaría todas las cagadas de la temporada restante.

"Hola, soy Legolas y estoy haciendo lo mismo que hago en El Hobbit: estorbar"

   Pero no lo consigue, y tras finalizar sólo nos podemos quedar con un más o menos buen sabor de boca, aunque para muchos el último capítulo haya sido una chusta. Pché. A mí me gustó la última escena de Daenerys y los esclavos enajenados esos, aunque sepa que es esencialmente ridícula (lo épico y lo ridículo muchas veces se dan la mano), y además Davos ha chupado mucho plano, que eso siempre mola, y la trama de Bran por fin se ha puesto interesante (porque ésa es otra, la trama de Bran, también conocida como el picnic eterno). No pinta mal la cuarta temporada, en resumen, y como en mi opinión, salvo por la Boda Roja, han dejado lo mejor para ésta, me atrevo a asegurar que va a ser bastante épica, incluso aunque no consigan encauzar todas las idas de olla que los guionistas han ido sembrando.
   Queda esta temporada como una "de transición" ante la gran traca final que, supongo, será la cuarta. Y por eso mismo, por haber sido de transición, cabrea mucho más tener que esperar hasta el año que viene para verla. A joderse tocan, amiguitos. Podéis iros viendo por cuarta vez el capítulo de Aguasnegras o asistiendo como ochenta veces más a la Boda Roja, no sé. Cualquier cosa menos ver series españolas.
   Sí, igual sobraba este último hachazo a nuestras producciones patrias, pero qué le vamos a hacer. Reconozco que este artículo en general ha quedado flojo, y algo tenía que ponerle de guinda para animarlo. Aunque seguramente esta última disertación no contribuirá a mejorar la general impresión de mediocridad que pueda haber causado. No sé. Qué cagada ha sido esto último. Como la tercera temporada de Juego de Tronos. Ja, ja. No, en realidad no ha sido tan mala. Joder. Estamos apañaos. Puta crisis.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El gran DiCaprio (gran, gran, gran, gran, gran, gran, gran, gran...)

El hecho de que el director de Romeo + Julieta (una modificación del título original sencillamente adorable), Moulin Rouge (una película adorable también, en todo su exceso y extensión), y Australia (sin comentarios) se hubiera hecho con las riendas de la adaptación definitiva, pues vivimos en la era de las películas definitivas, de la novela más famosa de F. Scott Fitzgerald, pudo haberme despojado, al momento, de la más mínima intención de ver el resultado. Porque, cómo no, ya nos conocemos, el señor Baz Luhrmann metería música atronadora, frases amorosas y vacías, movimientos videocliperos de cámara, y muchos colorines y luces y excesos visuales para hacer las delicias del público, a ser posible previa ingestión de estupefacientes. Algo así, indudablemente, no le pegaría nada a una novela llamada El gran Gatsby, una de las obras más influyentes del pasado siglo, de lectura obligada para los estudiantes norteamericanos, y etecé etecé. Vamos, que podría salir una boñiga que te cagas.

¿Se merece un meme, a que sí?

   Pero hete aquí que descubrí que Leonardo DiCaprio iba a participar, y me tuve que replantear las cosas. Porque, si resulta quizá dudoso (para mí no lo es) que el chavalín del peinado imposible del Titanic sea el mejor actor de su generación, lo que está fuera de duda es que es el que tiene mejor olfato a la hora de escoger guiones. Cuando el tiempo pase y DiCaprio sea lo que hoy en día Marlon Brando o Paul Newman simbolizan para todos nosotros, le recordaremos como el protagonista de clásicos como Titanic (que os den, no hay mejor ejemplo de clásico que Titanic), Infiltrados, Revolutionary Road, Origen, o, por qué no, Django desencadenado (esta peli sólo será recordada por él, y por el gran villano que compuso). Y aún no tiene ni 40 años el fiera. Dijo hace poco que se retira temporalmente, para no sé qué hostias ecologistas, pero lo más seguro porque está harto de que la Academia le vacile (si pasara de los Oscars, como yo ahora digo que hago, todo iría mucho mejor), y sólo queda rezar para que este "temporalmente" sea lo más breve posible.
   En fin. El gran Gatsby. Por si no os lo imaginabais, lo mejor de El gran Gatsby es Leonardo DiCaprio. Éste se mea en todos sus compañeros de reparto, sin piedad, y siempre con su sonrisa burlona (ejemplar ese momento en el que mira a cámara con la copa y suena Rhapsody in Blue, una de las pocas músicas contemporáneas a la narración que se nos permite escuchar). Se mea en Carey Mulligan, que se limita a estar correcta y encantadora; en Elizabeth Debicki (cuyo personaje queda bastante desaprovechado); en Joel Edgerton, que también está muy bien (consiguiendo que comprendamos y hasta compadezcamos a su odioso personaje); y, obviamente, en Tobey Maguire, que sin embargo no está tan mal como uno se podría imaginar en un principio. Osea, su personaje es un pringao (de los grandes), y el hecho de que lleve en numerosas ocasiones el mismo flequillo de malote que en Spider-Man 3, esperad un momento que voy a vomitar y sigo................... no ayuda a que nos caiga mejor. Sin embargo, gracias a la tremenda historia del señor Fitzgerald, y a ciertos toques del guión, como el tragicómico momento en el que confiesa que es el día de su cumpleaños, el personaje se acaba salvando, e incluso llegamos a soportarle. 

"¿Por qué está siendo tan mala la tercera temporada de Juego de Tronos? ¿Por qué?"

   Es DiCaprio, como comentábamos, la estrella de la función, la presencia magnética sobre la que orbita todo (es tremendo el suspense que cunde en la película antes de que él entre en escena, sobre todo después de la escena del pedo de Tobey Maguire, que no se sabe muy bien a qué viene). El histrionismo que siempre ha empleado tan bien, el partido que saca de esa marmórea belleza que Dios le ha dado, la elegancia y hombría animal que despiden cada uno de sus movimientos... en fin, podría tirarme horas hablando de DiCaprio, y también tirándomelo a él.
   En otro orden de cosas tenemos la puesta en escena de Baz Luhrmann, que es todo lo excesiva y barroca que suponíamos, o incluso más. El comienzo de la peli es clavado al de Moulin Rouge (de hecho, es clavada a Moulin Rouge en muchísimos aspectos) en cuanto a su capacidad de provocar mareos y ataques epilépticos en el respetable. Luego la cosa se tranquiliza un poco, fluyen los diálogos y los sentimientos, con alguna que otra ida de olla marca de la casa (como las carreritas de coches, una locura que no creo que sirva más que para gastar presupuesto y lucirlo). La cuestión es si la dirección de Luhrmann resulta adecuada para el tono de una historia como la de El gran Gatsby y, para qué nos vamos a engañar, no. Todo se queda en fuegos de artificio, en increíbles panorámicas de gente bailando, en espectaculares canciones que no pegan ni con cola (aunque siempre sea una delicia escuchar los lamentos desganados de Lana del Rey), en enmascarar un argumento intimista y, verdaderamente, bastante difícil de tragar.

"Oh, sí, me has hecho olvidar completamente a Ryan Gosling. Y a su expresividad. Y a su ausencia"

   La historia que F. Scott Fitzgerald pergeñó allá por 1925 es, aunque no tenga más referencias que la última peli de Baz Luhrmann, sublime. Una tragedia de las buenas, una de ésas en las que comprendes a todos los personajes, en la que todos son humanos, y sufren, y aman, y cuyos catastróficos finales te dejan sin respiración. Acaba la proyección, tienes la cabeza atontada de tanta música atronadora y tanto movimiento de cámara, y, cuando empiezas de nuevo a respirar, reflexionas y murmuras. Qué puta mierda esto de ser ser humano. Suspiras.
   Era difícil que, ciñéndose la adaptación enteramente (incluso con su par de frases amorosas de vergüenza ajena) a la novela de Fitzgerald y contando con Leonardo DiCaprio en el papel protagónico, saliera un mal film, por muy tontito que se pusiera el amigo Luhrmann. Así que eso, una gran película, por mucho que digan lo contrario Boyero o la crítica americana. Vedla si podéis. Y si no, también. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Mia Wasikowska, una chiquita que es la monda


Un espectador de a pie suele desconfiar cuando le recomiendan una película porque es "visualmente impactante". Suele desconfiar y con razón, porque amparados en estas potenciales ventas de moto se yerguen filmes que, en el mejor de los casos, son aburridos, y en el peor, te plantas frente a una cosa como To the Wonder, la última de Terrence Malick, que no comenté por aquí debido a que tal era el sopor y la irritación provocados por la ceñuda cara de Ben Affleck (que deje de actuar de una vez, por Dios), que no pude nunca pasar del minuto 30. Eso sí, Olga Kurylenko es muy guapa y bastante expresiva (que a fin de cuentas es lo único que parece pedirle Malick a sus actores, además de que les gusten las mariposas y no aprecien demasiado su tiempo en pantalla), toda una sorpresa tras aquella soberana basura llamada Quantum of Solace en la que competía con Daniel Craig por ver cuál de los dos ponía más cara de extreñido. En fin.
   Hablábamos del aspecto visual, antes de remontarnos a Terrence Malick y a Marc Forster (jiji, nadie se acuerda de este tipo), y a lo que quiero llegar es a que he visto una película que destaca de un modo mayúsculo visualmente hablando, de ésas en que cada plano es una pequeña joya de composición, encuadre y fotografía (desempañaos las gafas, morbosillos), y que aún así no se hace aburrida. De hecho, supone un entretenimiento tal que debería arrasar en taquilla, porque el film en cuestión es un thriller erótico raro de la hostia, dura unos escasos 90 minutos, y viene firmado por Park Chan-wook.
   Por si algún lector desconoce quién es el director asiático de moda, diré que viene de la tierra del Gangnam Style y que dirigió hace unos años una de las obras maestras del siglo XXI, por título Old Boy. Esta película visualmente era una maravilla, en un exceso encantador y tan lujoso e imaginativo que dejaba a Malick y a cualquier chorripollez metafísica de las suyas a la altura de Peter Dinklage (un beso para él). Y, además de ser una maravilla en este campo, presentaba un guión prodigioso y estremecedor, perverso y trágico (su último acto es, directamente, inolvidable). Lo que se dice, cine completo. El mejor posible.

Ya, éste no es Park Chan-wook. Pero aceptadlo, no tenéis ni puta idea de cómo es Park Chan-wook

  Ahora el amigo Chan-wook se ha hecho a las Américas, poco después de dar luz verde a un remake americano de su obra magna del que no sé mucho, sólo que hace tiempo se planteó a Will Smith para el papel protagonista, en la que puede ser fácilmente la peor decisión de la historia. Y como fruto de esta aventura llega a nuestras pantallas Stoker, la excusa por la que volví a entrar en una sala de cine tras un periodo de tiempo inadmisible, acaso traumatizado por lo último que vi (La Jungla 5. Un buen día para no gastarse una millonada en ataques al hígado), acaso impelido por la cantidad de mierda que ha copado últimamente la cartelera (¿cuántas mierdas ha estrenado Tom Cruise en lo que llevamos de año?).
   No me detendré en explicar de qué va Stoker, porque probablemente pensaréis por la sinopsis resultante que os halláis ante una suerte de Hamlet femenino, y no tiene que ver casi nada con eso. El guión, de un tal Wentworth Miller, adelanto desde ya que no es ninguna maravilla, pero ha encontrado en la figura de Chan-wook la que mejor podía sacarle partido, y ofrecer en un envoltorio inmejorable una historia, por momentos, hasta predecible. Nada que ver con Old Boy, ya puestos. 
   Pero la dirección de Chan-wook es tan impresionante que lo eclipsa todo, y lo sume en un halo de grandilocuencia tal y de, sobre todo, TANTO mal rollo, que el espectador acaba extasiado, asaltado por un variado aluvión de sensaciones: desde la incrédula diversión (ese Matthew Goode gesticulando con las tijeras de podar y queriendo parecerse a Ryan Gosling), hasta el puro miedo (las expediciones de Mia Wasikowska, de la que en breve hablaré, al sótano siniestro de turno), pasando por una perpetua fascinación (los SUBLIMES montajes paralelos desarrollados en los tres momentos cumbre del filme; el desconcertante inicio; el asesinato en el bosque; los cabellos de Nicole Kidman tornando la maleza en la que se esconden dos cazadores, o, sobre todo, la escena en la que Matthew Goode y Mia Wasikowska tocan el piano, donde, lo confieso solemnemente, me llegué a empalmar).
   Chan-wook hace maravillas con el material del que dispone, que no es sólo un guión tan vago y sugerente que lo permita (las revelaciones de la trama siempre se producen mediante poderosas imágenes, apenas diálogos), sino también una banda sonora de excepción (cosa que también sucedía en Old Boy) y un enigmático rostro, el de Mia Wasikowska, capaz de tenernos encandilados durante hora y media.

¿No es una monería?

  Veamos. Nadie en el reparto de Stoker se merece un Oscar: Nicole Kidman, aparte de enfrentar una cagarruta de personaje, está tan empeñada en seguir pareciendo joven que ya no parece ni humana; Matthew Goode, salvo en un par de momentos puntuales, parece tomarse el papel a cachondeo; y aún sigo preguntándome a quién se la chupó Jacki Weaver para conseguir una nominación por El lado bueno de las cosas. Pero entre toda esta eficaz corrección, cuando no mediocridad, destaca la chica del apellido raro y el rostro inexpresivo, gracias a que su papel es, con mucho, el más agradecido del guión, y a que, por su propio físico, resulta muy difícil no lucirse en dicho rol. India Stoker es el personaje más perturbador que he visto en una pantalla de cine en mucho tiempo, uno con el que nunca sabes qué esperarte, y que no podría haber sido interpretado por otra chica que no fuera la Wasikowska (ver cuando se masturba en la ducha, o la ya citada escena del piano). Para la memoria fílmica queda su pálida faz, su victoriano estilo de vestir, sus zapatos blancos, el lápiz manchado de sangre. Los últimos compases del filme, donde ella es la máxima estrella, son, a falta de otra palabra, acojonantes.
   Y, de hecho, no hay mejor palabra para definir a Stoker. Una película acojonante. No es Old Boy porque Old Boy tenía un guión infinitamente mejor que éste, pero la aventura de Park Chan-wook en Hollywood no podría haberse saldado con mejor resultado. Y mi regreso a una sala de cine, tampoco.