jueves, 20 de junio de 2013

En la peli aparece un chichi, pero en esta crítica no

El hecho es que a todos nos mola Danny Boyle. Incluso a los que no han visto nada suyo, o a los que la única peli suya que hayan visto sea La playa. Porque sí, La playa es una gran mierda intelectualoide, vacía y en la que hasta Leonardo DiCaprio parece actuar mal, pero, ¿y lo bien hecha que está? ¿Los ángulos de cámara imposibles, el suspense, el uso del espacio, el montaje intempestivo? ¿Alguien se puede quejar de eso? ¿Alguien que no sea Michael Haneke?
   Además, qué carajo, Danny Boyle es el director de Trainspotting, posiblemente una de las obras capitales de la Historia del Cine en toda su amplitud, y no me drogo ni nada, jejej, ¿lo pilláis?, porque va de heroinómay eso ya le absuelve casi instantáneamente de cualquier basura que, antes o después, se atreva a presentar. Es el caso paradigmático de La playa. Luego está Slumdog Millionaire, que sí, tiene de 8 Oscars, al menos, 7 más de los que merece, pero que es una gozada, y esa pequeña maravilla que hace un par de años le pasó desapercibida a todo quisqui, y que llevaba por título 127 horas

Ooooh, Danny Boy, Danny Boy, Danny Boooooy... (8)

   En fin, el caso es que cuando me enteré de que el flamante director de la ceremonia de los Juegos Olímpicos (de la que sólo recuerdo a Rowan Atkinson y a Muse haciendo sus cosicas raras) presentaría en breve un thriller psicológico (a raíz del cual pensé, como gran parte de la población mundial, en Origen), se me hizo poco menos que la boca agua. Y el trailer contribuyó aún más a esta excitación de la que os hablo, aun cuando pareciera decir demasiado del argumento de la misma (en serio, a ver si se relajan un poco montando los trailers estos, que llega un punto en que la peli ya te la sabes antes de ir a verla, como me pasó con Skyfall). Pero bueno, aún así, me veía en la obligación de ver Trance, y de volver a flipar con el amiguete Boyle.
   Y joder si flipé. Para empezar, tenemos la secuencia de un robo impecablemente rodada, con reminiscencias a Nolan (sí, a falta de echarle un ojo a la nueva de Supermán, tenemos a Nolan hasta en la sopa), con la voz en off de un James McAvoy, como suele, impecable. También aparece Vincent Cassel haciendo lo que mejor sabe hacer, poner cara de bulldog aturdido (y qué bulldog tan grandioso y profesional), y la música atronadora y épica a la que Boyle nos tiene acostumbrados. Todo esto en los primeros diez minutos, más o menos, de película. Si tras esto no os confesáis enganchadísimos es que estáis muertos por dentro. 

Podría haber puesto otra foto de James McAvoy. Cierto

   Tras esta secuencia se desarrolla la trama principal, introduciéndose el personaje de Rosario Dawson (a ella sí que le introduciría yo cosas... ya, bueno, es que hablando de esta chica pierdo del todo mi elegante elocuencia), y sacando Danny Boyle la artillería pesada, en forma de secuencias oníricas o lo que sea que no podrían estar mejor resueltas y narradas (el primer giro de guión al respecto es un prodigio de montaje y dosificación de la emoción). A partir de aquí, como digo, es un no parar, el espectador sacudido por un guión que, si bien no es el mejor del mundo (de hecho adolece de un par de agujeros inexcusables y estúpidos), sí resulta idóneo para estar continuamente sorprendiendo al espectador. Leí por allí que Trance acumula tantos giros que la trama acaba por parecer insustancial, y bueno... qué queréis que os diga. Se trata de encontrar un puto cuadro. 
   A lo que voy es que Trance es diversión pura. Un thriller que continuamente te mantiene en tensión, que juega con exquisito gusto las bazas de la ambigüedad de todos y cada uno de los personajes, de la música efectista y de, en especial, la anatomía de Rosario Dawson. También los actores están todos estupendos, destacando a Rosario Dawson no sólo por lo obvio, sino también porque otorgarle credibilidad a un personaje como el suyo acaba resultando mucho más que un acto de fe. El trío protagonista, en resumen, no podría ser más eficaz, y en cuanto nos salimos de éste el guión se revela como el queso gruyére improvisado que indudablemente es en esencia (con esto me refiero al papel del secuaz negro de Vincent Cassel, una ida de olla totalmente innecesaria). 

Al bueno de Vincent tampoco le va mucho esto del Arte Moderno
   En referencia al desenlace, acaso lo más importante en este tipo de films, ¿es satisfactorio? Pues depende de los gustos. No se sacan nada de la manga (de hecho me sorprenden todas las encendidas críticas que ha recibido el guión por "tramposo"), es un buen final, se entiende bien... pero yo hubiera deseado que me sorprendiera más. Osea, en una película que cada cuarto de hora tiene un giro vertiginoso, qué menos que esperarse que en el último minuto haya otro más que, cisca, te lo vuelva todo del revés. Y de eso no hay. Llegado un momento, la acción toma un rumbo y no se aparta de él. ¿Y es esto malo? No. En todo caso... insatisfactorio.
   Pese a este hándicap que sólo viene a cuento de ponerse un poco tiquismiquis, Trance es una muy buena película. No es la nueva Origen (por favor) y ni tan siquiera será más digna de recordar que cualquier otra película de Danny Boyle que no sea Trainspotting o Slumdog Millionaire (por mucho que en mi opinión supere a esta última en cuanto a expectativas y resultados), pero es una peli que te distrae y te lo hace pasar endiabladamente bien, sin más preocupación en la sesera que descubrir dónde está el cuadro de marras. Yo, personalmente, tampoco le pido más al cine. 

miércoles, 12 de junio de 2013

¿Cuándo decíais que estrenaban la tercera temporada?

Como estoy de vacaciones, el tiempo libre y su inútil provecho abundan, y hasta la semana que viene no iré al cine (según mis cálculos), esta aburrida noche me dedicaré a criticar la tercera temporada de Juego de Tronos. En este mismo blog, que cumplió un año hace meses pero se me olvidó mencionarlo (y no sé por qué lo menciono ahora, la verdad), la primera temporada de esta extraordinaria serie mereció su artículo correspondiente, en el cual critiqué sin demasiada fortuna, y excediéndome bastante, la oronda figura de George R. R. Martin, no sólo en cuanto a eso, a que es un gordo mórbido cabrón que igual muere antes de acabar la saga, sino a la dudosa calidad de su prosa. 
   Toca rectificar, pues, y decir que, si bien lo pergeñado por George R. R. Martin no supone una excelente literatura (mucho mejor, cierto es, que la mayoría de las cacas que encabezan las listas de ventas), sí nos ofrece un gran ejemplo de cómo estructurar admirablemente una saga épica en la que casi hay más personajes que páginas. Cuando escribí la crítica de la primera temporada mencioné lo malo que era el segundo libro, Choque de Reyes, pero ahora mismo no puedo más que rendirme ante la mangificencia de Tormenta de Espadas, y no porque Martin se haya convertido en Dostoievski así de repente, sino porque la colosal historia que su cabeza ideó aquí llega a su punto álgido. Luego la peña dice que los siguientes libros son malos con avaricia y que no pasa casi nada, y entonces tiemblo un poco al pensar cómo adaptarán los capítulos correspondientes. Porque, por si no quedó claro en ese artículo al que ya me estoy refiriendo con demasiada insistencia, lo mejor de los libros de Martin radica en que han sido adaptados al formato audiovisual, y de un modo excelente. Al menos, durante las dos primeras temporadas (particularmente la segunda, en cuanto a adaptación que intenta suplir las flaquezas del material original, me parece prodigiosa). Deteniéndonos en la tercera, que finalizó esta semana, la cosa ha variado un poco, pero con matices. Aviso que se avecina una Tormenta de Spoilers. Jiji.

"Sí, soy George R. R. Martin y todos estaréis esperando a que haga una simpática referencia a lo lento que escribo o a lo que me gusta matar personajes. Os jodéis"

   La principal fuente de los problemas que esta tercera temporada (digámoslo desde ya, la peor de todas), ha tenido, vino de la rompedora idea que tuvieron los responsables de no adaptar con ella la totalidad de Tormenta de Espadas. Y bueno, el libro tiene como mil y pico páginas, así que no, no era una penosa excusa para exprimir la gallina, como en los casos de Harry Potter, Crepúsculo o, el más vergonzante de todos, la mágica trilogía de El Hobbit (el tráiler de su segunda entrega, ya que pasamos por aquí, me ha hecho temblar por lo espantosa que puede llegar a ser, aunque quizá sólo sea debido a que el capullo de Legolas y su novia inventada acaparan más planos que el propio Bilbo). A lo que iba. La idea, a priori, no parecería mala. Estamos hablando de la HBO y no de la mente calenturienta de Peter Jackson, así que la excusa típica que se dio en su momento ("Así podremos desarrollar mejor a los personajes") no pareció penosa en absoluto. Que hasta te lo creías, vamos.
   Por todo esto, supongo que era inevitable, la temporada se ha hecho lenta, extremadamente lenta. Han pasado cuatro cosas así más o menos importantes, y el resto han sido diálogos (en su mayoría excepcionalmente escritos) que se han limitado a definir mejor a cada personaje, con unos resultados, en su mayoría, bastante redundantes. Porque sí, creo que ya ha quedado bastante claro que Cersei, por muy zorra que sea, ama a sus hijos por encima de todo; que Joffrey está como un cencerro; que Sansa es una imbécil superficial; o que Catelyn no ve con buenos ojos la relación de su hijo Robb con Talisa (un beso para todos los que pensaban que el cambio de nombre con respecto al libro tendría un propósito definido). Ésas eran cosas que ya se sabían gracias a la segunda temporada, no hacía falta añadir más escenas de Joffrey matando putas, por ejemplo (aunque, para qué nos vamos a engañar, ver a Joffrey matando putas es extrañamente placentero, ¿verdad? ¿No? Bueno, olvidadlo y seguid leyendo).
   A lo que voy es que los guionistas han aprovechado bastante malamente la posibilidad que tenían de mejorar las tramas y las motivaciones de cada uno de los personajes. No niego que hayan tenido aciertos, ya que,  por ejemplo, conseguir que la trama de Jon Nieve sea por fin interesante implica una habilidad sobrehumana (mejorando lo narrado en el libro, en el que su relación con Ygritte era una bazofia que no le importaba ni a Hodor), pero por lo general han sido bastante pródigos en las meadas fuera del tiesto.


   Después de que hayáis recuperado el aliento, continuaré con que que no sé cómo diantre han fijado las mitades en las que dividirían Tormenta de Espadas, porque han montado un pifostio de la leche. Unas tramas no han avanzado nada, otras demasiado, y otras han sido directamente imprevisibles y no has sabido en ningún momento a qué venían (el arco argumental de Theon Greyjoy, que fue de lo mejor de la temporada pasada, aquí ha sido un constante WTF, por mucho que haya estado ahí Iwan Rheon con su cara de psicópata adorable para darle la réplica). Claro está, puede que todo pertenezca a un plan maestro que han fraguado los guionistas con el beneplácito de Martin (el cual, como se aburre y no tiene libros que acabar ni nada, se divierte supervisando el rodaje y guionizando algún que otro capítulo), pero de momento el plan parece devenir en una monumental pifia, y yo no sé cómo van a salir del jardín en el que ellos mismos se han metido. No me extenderé más al respecto, porque total, a lo mejor las cosas acaban saliendo bien, pero eso, que se están columpiando.
   Estas quejas, no obstante, son las inevitables que ofrecen los fans petardos de la obra escrita (conjunto al que, por pereza, no pertenezco), y lo más útil para la sociedad sería analizar la serie como ente totalmente aparte al libro. Pero aunque lo haga, o lo intente, da igual, la temporada ha sido lenta de cojones, y no creo que haya servido para descubrir nuevos matices de unos personajes ya clásicos. Aunque admito que por fin Jaime Lannister se ha revelado como el prodigio de construcción psicológica que siempre fue, y hemos descubierto la faceta más marica de su hermanito Tyrion (sí, se han empeñado tanto en humanizarle que ha habido momentos en los que daban ganas de pegarle una colleja para que dejara de lloriquear, con tanto "oh, no, no es más que una niña", "lo paso tan mal con esta prostituta histérica a la que amo tanto", "todos se ríen de mí"... al menos en el capítulo de su boda recuperamos su vena más canalla y encantadora, pero...). Además de esto, le han dado más protagonismo a la abuelita Tyrell, que es la leche, y han profundizado en la vena manipuladora de su súper buenorra nieta Margaery (totalmente inventada con respecto a la obra escrita).
   Vamos, que no todo ha sido tan malo. Además, al igual que ha hecho esta temporada, he dejado lo mejor para el final. No podía ser de otra manera, me refiero al penúltimo episodio, que no sólo pasa por ser el mejor (de lejos, muy, muy, de lejos) de la temporada, sino también de toda la serie en conjunto. La Boda Roja puede haber sido lo más impactante que he visto nunca en televisión, y eso que yo sabía lo que iba a pasar, no puedo ni imaginarme la reacción de los que no. Un golpe de efecto sublime, una muestra de hijoputismo exacerbado (aún más con respecto al libro, porque en él la churri de Robb no muere, ni mucho menos está embarazada, y además en el papel impreso no podemos disfrutar de la desgarradora interpretación de Michelle Fairley), y un prodigio de dirección, montaje y ambientación. A quién no se le heló la sangre cuando cerraron las puertas y sonaron los primeros acordes de Las lluvias de Castamere; quién no se tiró de los pelos cuando Arya Stark (cómo amo a esa niña, o adolescente, o mujer en cualquier caso follable) estuvo tan cerca de reunirse con su familia, y no; quién no apretó los dientes con rabia cuando el hipnótico Ross Bolton dijo esa frase ya legendaria: "Los Lannister te envían recuerdos"; o quién no lloró sin complejos cuando Catelyn Tully se deshizo en un grito agónico ante el incrédulo y obituario "Madre" de su hijo. Una obra maestra, en resumidas cuentas, que casi compensaría todas las cagadas de la temporada restante.

"Hola, soy Legolas y estoy haciendo lo mismo que hago en El Hobbit: estorbar"

   Pero no lo consigue, y tras finalizar sólo nos podemos quedar con un más o menos buen sabor de boca, aunque para muchos el último capítulo haya sido una chusta. Pché. A mí me gustó la última escena de Daenerys y los esclavos enajenados esos, aunque sepa que es esencialmente ridícula (lo épico y lo ridículo muchas veces se dan la mano), y además Davos ha chupado mucho plano, que eso siempre mola, y la trama de Bran por fin se ha puesto interesante (porque ésa es otra, la trama de Bran, también conocida como el picnic eterno). No pinta mal la cuarta temporada, en resumen, y como en mi opinión, salvo por la Boda Roja, han dejado lo mejor para ésta, me atrevo a asegurar que va a ser bastante épica, incluso aunque no consigan encauzar todas las idas de olla que los guionistas han ido sembrando.
   Queda esta temporada como una "de transición" ante la gran traca final que, supongo, será la cuarta. Y por eso mismo, por haber sido de transición, cabrea mucho más tener que esperar hasta el año que viene para verla. A joderse tocan, amiguitos. Podéis iros viendo por cuarta vez el capítulo de Aguasnegras o asistiendo como ochenta veces más a la Boda Roja, no sé. Cualquier cosa menos ver series españolas.
   Sí, igual sobraba este último hachazo a nuestras producciones patrias, pero qué le vamos a hacer. Reconozco que este artículo en general ha quedado flojo, y algo tenía que ponerle de guinda para animarlo. Aunque seguramente esta última disertación no contribuirá a mejorar la general impresión de mediocridad que pueda haber causado. No sé. Qué cagada ha sido esto último. Como la tercera temporada de Juego de Tronos. Ja, ja. No, en realidad no ha sido tan mala. Joder. Estamos apañaos. Puta crisis.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El gran DiCaprio (gran, gran, gran, gran, gran, gran, gran, gran...)

El hecho de que el director de Romeo + Julieta (una modificación del título original sencillamente adorable), Moulin Rouge (una película adorable también, en todo su exceso y extensión), y Australia (sin comentarios) se hubiera hecho con las riendas de la adaptación definitiva, pues vivimos en la era de las películas definitivas, de la novela más famosa de F. Scott Fitzgerald, pudo haberme despojado, al momento, de la más mínima intención de ver el resultado. Porque, cómo no, ya nos conocemos, el señor Baz Luhrmann metería música atronadora, frases amorosas y vacías, movimientos videocliperos de cámara, y muchos colorines y luces y excesos visuales para hacer las delicias del público, a ser posible previa ingestión de estupefacientes. Algo así, indudablemente, no le pegaría nada a una novela llamada El gran Gatsby, una de las obras más influyentes del pasado siglo, de lectura obligada para los estudiantes norteamericanos, y etecé etecé. Vamos, que podría salir una boñiga que te cagas.

¿Se merece un meme, a que sí?

   Pero hete aquí que descubrí que Leonardo DiCaprio iba a participar, y me tuve que replantear las cosas. Porque, si resulta quizá dudoso (para mí no lo es) que el chavalín del peinado imposible del Titanic sea el mejor actor de su generación, lo que está fuera de duda es que es el que tiene mejor olfato a la hora de escoger guiones. Cuando el tiempo pase y DiCaprio sea lo que hoy en día Marlon Brando o Paul Newman simbolizan para todos nosotros, le recordaremos como el protagonista de clásicos como Titanic (que os den, no hay mejor ejemplo de clásico que Titanic), Infiltrados, Revolutionary Road, Origen, o, por qué no, Django desencadenado (esta peli sólo será recordada por él, y por el gran villano que compuso). Y aún no tiene ni 40 años el fiera. Dijo hace poco que se retira temporalmente, para no sé qué hostias ecologistas, pero lo más seguro porque está harto de que la Academia le vacile (si pasara de los Oscars, como yo ahora digo que hago, todo iría mucho mejor), y sólo queda rezar para que este "temporalmente" sea lo más breve posible.
   En fin. El gran Gatsby. Por si no os lo imaginabais, lo mejor de El gran Gatsby es Leonardo DiCaprio. Éste se mea en todos sus compañeros de reparto, sin piedad, y siempre con su sonrisa burlona (ejemplar ese momento en el que mira a cámara con la copa y suena Rhapsody in Blue, una de las pocas músicas contemporáneas a la narración que se nos permite escuchar). Se mea en Carey Mulligan, que se limita a estar correcta y encantadora; en Elizabeth Debicki (cuyo personaje queda bastante desaprovechado); en Joel Edgerton, que también está muy bien (consiguiendo que comprendamos y hasta compadezcamos a su odioso personaje); y, obviamente, en Tobey Maguire, que sin embargo no está tan mal como uno se podría imaginar en un principio. Osea, su personaje es un pringao (de los grandes), y el hecho de que lleve en numerosas ocasiones el mismo flequillo de malote que en Spider-Man 3, esperad un momento que voy a vomitar y sigo................... no ayuda a que nos caiga mejor. Sin embargo, gracias a la tremenda historia del señor Fitzgerald, y a ciertos toques del guión, como el tragicómico momento en el que confiesa que es el día de su cumpleaños, el personaje se acaba salvando, e incluso llegamos a soportarle. 

"¿Por qué está siendo tan mala la tercera temporada de Juego de Tronos? ¿Por qué?"

   Es DiCaprio, como comentábamos, la estrella de la función, la presencia magnética sobre la que orbita todo (es tremendo el suspense que cunde en la película antes de que él entre en escena, sobre todo después de la escena del pedo de Tobey Maguire, que no se sabe muy bien a qué viene). El histrionismo que siempre ha empleado tan bien, el partido que saca de esa marmórea belleza que Dios le ha dado, la elegancia y hombría animal que despiden cada uno de sus movimientos... en fin, podría tirarme horas hablando de DiCaprio, y también tirándomelo a él.
   En otro orden de cosas tenemos la puesta en escena de Baz Luhrmann, que es todo lo excesiva y barroca que suponíamos, o incluso más. El comienzo de la peli es clavado al de Moulin Rouge (de hecho, es clavada a Moulin Rouge en muchísimos aspectos) en cuanto a su capacidad de provocar mareos y ataques epilépticos en el respetable. Luego la cosa se tranquiliza un poco, fluyen los diálogos y los sentimientos, con alguna que otra ida de olla marca de la casa (como las carreritas de coches, una locura que no creo que sirva más que para gastar presupuesto y lucirlo). La cuestión es si la dirección de Luhrmann resulta adecuada para el tono de una historia como la de El gran Gatsby y, para qué nos vamos a engañar, no. Todo se queda en fuegos de artificio, en increíbles panorámicas de gente bailando, en espectaculares canciones que no pegan ni con cola (aunque siempre sea una delicia escuchar los lamentos desganados de Lana del Rey), en enmascarar un argumento intimista y, verdaderamente, bastante difícil de tragar.

"Oh, sí, me has hecho olvidar completamente a Ryan Gosling. Y a su expresividad. Y a su ausencia"

   La historia que F. Scott Fitzgerald pergeñó allá por 1925 es, aunque no tenga más referencias que la última peli de Baz Luhrmann, sublime. Una tragedia de las buenas, una de ésas en las que comprendes a todos los personajes, en la que todos son humanos, y sufren, y aman, y cuyos catastróficos finales te dejan sin respiración. Acaba la proyección, tienes la cabeza atontada de tanta música atronadora y tanto movimiento de cámara, y, cuando empiezas de nuevo a respirar, reflexionas y murmuras. Qué puta mierda esto de ser ser humano. Suspiras.
   Era difícil que, ciñéndose la adaptación enteramente (incluso con su par de frases amorosas de vergüenza ajena) a la novela de Fitzgerald y contando con Leonardo DiCaprio en el papel protagónico, saliera un mal film, por muy tontito que se pusiera el amigo Luhrmann. Así que eso, una gran película, por mucho que digan lo contrario Boyero o la crítica americana. Vedla si podéis. Y si no, también. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Mia Wasikowska, una chiquita que es la monda


Un espectador de a pie suele desconfiar cuando le recomiendan una película porque es "visualmente impactante". Suele desconfiar y con razón, porque amparados en estas potenciales ventas de moto se yerguen filmes que, en el mejor de los casos, son aburridos, y en el peor, te plantas frente a una cosa como To the Wonder, la última de Terrence Malick, que no comenté por aquí debido a que tal era el sopor y la irritación provocados por la ceñuda cara de Ben Affleck (que deje de actuar de una vez, por Dios), que no pude nunca pasar del minuto 30. Eso sí, Olga Kurylenko es muy guapa y bastante expresiva (que a fin de cuentas es lo único que parece pedirle Malick a sus actores, además de que les gusten las mariposas y no aprecien demasiado su tiempo en pantalla), toda una sorpresa tras aquella soberana basura llamada Quantum of Solace en la que competía con Daniel Craig por ver cuál de los dos ponía más cara de extreñido. En fin.
   Hablábamos del aspecto visual, antes de remontarnos a Terrence Malick y a Marc Forster (jiji, nadie se acuerda de este tipo), y a lo que quiero llegar es a que he visto una película que destaca de un modo mayúsculo visualmente hablando, de ésas en que cada plano es una pequeña joya de composición, encuadre y fotografía (desempañaos las gafas, morbosillos), y que aún así no se hace aburrida. De hecho, supone un entretenimiento tal que debería arrasar en taquilla, porque el film en cuestión es un thriller erótico raro de la hostia, dura unos escasos 90 minutos, y viene firmado por Park Chan-wook.
   Por si algún lector desconoce quién es el director asiático de moda, diré que viene de la tierra del Gangnam Style y que dirigió hace unos años una de las obras maestras del siglo XXI, por título Old Boy. Esta película visualmente era una maravilla, en un exceso encantador y tan lujoso e imaginativo que dejaba a Malick y a cualquier chorripollez metafísica de las suyas a la altura de Peter Dinklage (un beso para él). Y, además de ser una maravilla en este campo, presentaba un guión prodigioso y estremecedor, perverso y trágico (su último acto es, directamente, inolvidable). Lo que se dice, cine completo. El mejor posible.

Ya, éste no es Park Chan-wook. Pero aceptadlo, no tenéis ni puta idea de cómo es Park Chan-wook

  Ahora el amigo Chan-wook se ha hecho a las Américas, poco después de dar luz verde a un remake americano de su obra magna del que no sé mucho, sólo que hace tiempo se planteó a Will Smith para el papel protagonista, en la que puede ser fácilmente la peor decisión de la historia. Y como fruto de esta aventura llega a nuestras pantallas Stoker, la excusa por la que volví a entrar en una sala de cine tras un periodo de tiempo inadmisible, acaso traumatizado por lo último que vi (La Jungla 5. Un buen día para no gastarse una millonada en ataques al hígado), acaso impelido por la cantidad de mierda que ha copado últimamente la cartelera (¿cuántas mierdas ha estrenado Tom Cruise en lo que llevamos de año?).
   No me detendré en explicar de qué va Stoker, porque probablemente pensaréis por la sinopsis resultante que os halláis ante una suerte de Hamlet femenino, y no tiene que ver casi nada con eso. El guión, de un tal Wentworth Miller, adelanto desde ya que no es ninguna maravilla, pero ha encontrado en la figura de Chan-wook la que mejor podía sacarle partido, y ofrecer en un envoltorio inmejorable una historia, por momentos, hasta predecible. Nada que ver con Old Boy, ya puestos. 
   Pero la dirección de Chan-wook es tan impresionante que lo eclipsa todo, y lo sume en un halo de grandilocuencia tal y de, sobre todo, TANTO mal rollo, que el espectador acaba extasiado, asaltado por un variado aluvión de sensaciones: desde la incrédula diversión (ese Matthew Goode gesticulando con las tijeras de podar y queriendo parecerse a Ryan Gosling), hasta el puro miedo (las expediciones de Mia Wasikowska, de la que en breve hablaré, al sótano siniestro de turno), pasando por una perpetua fascinación (los SUBLIMES montajes paralelos desarrollados en los tres momentos cumbre del filme; el desconcertante inicio; el asesinato en el bosque; los cabellos de Nicole Kidman tornando la maleza en la que se esconden dos cazadores, o, sobre todo, la escena en la que Matthew Goode y Mia Wasikowska tocan el piano, donde, lo confieso solemnemente, me llegué a empalmar).
   Chan-wook hace maravillas con el material del que dispone, que no es sólo un guión tan vago y sugerente que lo permita (las revelaciones de la trama siempre se producen mediante poderosas imágenes, apenas diálogos), sino también una banda sonora de excepción (cosa que también sucedía en Old Boy) y un enigmático rostro, el de Mia Wasikowska, capaz de tenernos encandilados durante hora y media.

¿No es una monería?

  Veamos. Nadie en el reparto de Stoker se merece un Oscar: Nicole Kidman, aparte de enfrentar una cagarruta de personaje, está tan empeñada en seguir pareciendo joven que ya no parece ni humana; Matthew Goode, salvo en un par de momentos puntuales, parece tomarse el papel a cachondeo; y aún sigo preguntándome a quién se la chupó Jacki Weaver para conseguir una nominación por El lado bueno de las cosas. Pero entre toda esta eficaz corrección, cuando no mediocridad, destaca la chica del apellido raro y el rostro inexpresivo, gracias a que su papel es, con mucho, el más agradecido del guión, y a que, por su propio físico, resulta muy difícil no lucirse en dicho rol. India Stoker es el personaje más perturbador que he visto en una pantalla de cine en mucho tiempo, uno con el que nunca sabes qué esperarte, y que no podría haber sido interpretado por otra chica que no fuera la Wasikowska (ver cuando se masturba en la ducha, o la ya citada escena del piano). Para la memoria fílmica queda su pálida faz, su victoriano estilo de vestir, sus zapatos blancos, el lápiz manchado de sangre. Los últimos compases del filme, donde ella es la máxima estrella, son, a falta de otra palabra, acojonantes.
   Y, de hecho, no hay mejor palabra para definir a Stoker. Una película acojonante. No es Old Boy porque Old Boy tenía un guión infinitamente mejor que éste, pero la aventura de Park Chan-wook en Hollywood no podría haberse saldado con mejor resultado. Y mi regreso a una sala de cine, tampoco.

sábado, 6 de abril de 2013

¡Masterrr! ¡Masterrr! (O de cómo encabecé la crítica a la mejor película del siglo XXI con una penosa referencia a Metallica)

¡Hola! ¿Me recordáis? Soy aquel que antes solía escribir críticas más o menos documentadas sobre los estrenos del momento, pero que paulatinamente dejó de hacerlo al advertir LAS PEAZO MIERDAS DE PELÍCULAS QUE ECHABAN EN LA CARTELERA ACTUAL. En serio, ¿qué le está pasando al cine? Es mirar la lista de obras cinemtográficas (el término "obra" debería estar más regulado) que estrenan cada semana y relajarte porque no vas a tener que pagar un duro en los próximos siete días. Porque resulta que lo nuevo de Almodóvar es un truño, que Spring Breakers también (y esto lo sé de mano de personas de orientación no homosexual, que yo sepa), que Jack El Cazagigantes está bien pero sólo en el aspecto visual, que se distribuye comercialmente una cosa llamada Hansel y Gretel Cazadores de Brujas. Un sinvivir todo. Sólo queda refugiarse en los estrenos pasados, aquéllos que no pudieron proveer el escaso dinero con el que se disponía entonces, pero que gracias al incómodo pero bienvenido DVD Screener se pueden experimentar, ahora, en casa, aguzando el oído.
   Hablo de El atlas de las nubes, pero, sobre todo, hablo de The Master. Ambos films fueron descaradamente olvidados en la pasada edición de los Oscars (en cuanto a nominaciones, sobre todo el primero), desechados en beneficio de correcciones estupendamente simples tales como Argo (que al único Oscar que merecía, el de Mejor Director, ni siquiera fue nominada), La vida de Pi (cuyo responsable tiene actualmente el mismo número de Oscars que Steven Spielberg y... y eso), o, albricias, Django desencadenado, en lo que puede suponer una de las mayores desvergüenzas en las que la Academia haya incurrido jamás, junto con el hecho de, en el mismo año, no haber premiado CON NADA a la película que nos ocupa, ésta es, The Master, de Paul Thomas Anderson.
 
 
   La película "bigger than life" de los hermanos Wachowski y del otro tipo no está nada mal, y veo abiertamente injusto que nadie se acordara de sus efectos visuales, de su banda sonora o de, albricias (me pregunto qué serán las albricias, y de si se pueden comer), su montaje. Pero el hecho de que The Master no tenga un solo Oscar es, probablemente, la mayor injusticia de la Historia del Cine, potencial causante de que la ignominia caiga por siempre sobre las cabezas de sus jurados y sus verdugos, y de que ya no me importe en lo sucesivo, absolutamente nada, quién gane o quién pierda (y esta vez no se trata de postureo alguno, me empeño en pensar, por mucho que al año postrero me vuelva a ver envuelto en quinielas de mierda y postín).
   Hablemos de The Master. Hablemos, sinónimamente, de su director (acertada figura en la que ya incurrió un tal Javier Ocaña). De un hombre llamado Paul Thomas Anderson (el tío prefiere siglar sus dos nombres iniciales y quedar más vanguardista, porque puede hacerlo, y sin parecer un capullo). Un hombre al que ya respetaba, veladamente, como alguien válido, con potencial (el hacedor de los mejores momentos, ranas inclusive, de Magnolia), con habilidades que se acababan perdiendo en la búsqueda de la grandilocuencia vanguardista (aún me pregunto qué caray significaba el batido de Pozos de ambición). Aquel hombre que, con esa película con vocación de clásico que no se llevó ningún Oscar, logró su obra maestra.
 
"Este gorro me sienta fatal, pero dirijo de puta madre. Jijijiji"
 
   La dirección de The Master es portentosa. Y su guión, ya de paso, igualmente, pero en un escalón insignificantemente inferior. Qué encuadres, qué planos, qué cantidad de escenas y diálogos en los que uno no puede hacer más que contener el aliento, y sentir algo parecido a la humildad como persona y especie. Porque supongo que también podríamos atribuirle cierto mérito a P. T. Anderson (me empalmo cada vez que escribo estas dos letras y este apellido tan rabiosamente indie) por la elección de actores y las directrices seguidas por éstos. Por cómo se mueve Joaquin Phoenix, erráticamente, alejándose de su cámara de fotos, retrocediendo, por un centro comercial. Y por cómo le sigue el otro tipo de cámara, la extradiegética, en plano secuencia. Exacto.
   Joaquin Phoenix no tiene un Oscar. Reflexionad en torno a ello. Recordad a Cómodo, mientras yo pienso en Freddie Quell, en sus andares septagenarios, en su tic en la boca, en su mirada torva, en su obstinado silencio mientras desesperadamente golpea a todo aquel que se le presenta como una amenaza. En su risa desesperada. Aquí no hablamos de interpretación. Hablamos de algo más, aunque ahora mismo no atine a saber muy bien de qué diantres hablamos.
   También está Phillip Seymour Hoffman, impecable como suele, imprimiéndole carácter, contradicción y volumen al Master del título, al profeta de La Causa, al Cienciólogo. Y Amy Adams, inexplicablemente escasamente encantadora (pese a protagonizar un primerísimo primer plano preguntando al espectador "¿De qué color son mis ojos?"). Ambos sublimes, quizás la coprotagonista de The Mupp...Teleñecos algo menos efectiva por razones ajenas a ella (su papel no es muy agradecido, que digamos).
   Llegado un punto frío y objetivo cabe preguntarse "¿Es realmente The Master tan buena?". Quizá no. Quizá por momentos se pierda en su grandilocuencia y su vanguardismo, e incluso llegue a rozar el ridículo (la última conversación entre Freddie y Lancaster Dodd/Philipp S.H.), pero eso es bien poco comparado con la condición de clásico atemporal que, sobre todo en la hora y media iniciales, llega a acuñar sin esfuerzo, livianamente, fresca. Una atracción no tanto primitiva como sí claramente impresionista (esos planos del oleaje simulando la turbia alma de Freddie, la imagen de éste acurrucado en torno a una mujer desnuda perfilada en la arena de la playa, el plano sostenido de su rostro contestando al interrogatorio de Lancaster Dodd), una inyección de trascendencia que puedes llegar a palpar, explícitamente, en la majestuosa secuencia de la huida en motocicleta por el desierto ("Vislumbra un punto, y síguelo"). The Master supura eso que los contemporáneos debieron de sentir cuando vieron películas como Casablanca, El tercer hombre, El Padrino o Toro salvaje, la sapiencia instantánea de que se encontraban ante obras que no lograban comprender del todo, pero que intuían pasarían a la Historia, y no tenemos por qué subjuntar el acompañamieno del "Del Cine".
 
Éste es uno de esos planos. De los que me motivan la emulsión espontánea de líquido seminal. Ya sabéis
 
   Yo no estoy muy seguro de que sepa de qué va The Master. De las sectas (la sombra de la Cienciología es alargada, aunque no lleguemos nunca a pensar en Tom Cruise dando saltos sobre un sillón), de la desorientación del hombre moderno (Joaquin Phoenix dándose golpes contra los barrotes de su celda revelando algo muy poco humano en él), de la hipocresía imperante y autosuficiente de la sociedad actual (Philip Seymour Hoffman en cualquiera de sus escenas), de cualquier tipo de interés subordinado al sexo (el interrogatorio de Lancaster Dodd parodiado entre estertores lúbricos). Poco de algo, o mucho de todo. Lo que sí sé es, que hasta donde yo sé, The Master es una obra de arte, y maestra para más inri.
   No les gustará a todos y, claro está, también puede ser que el visionado me acogiera en un momento raro. A lo mejor la vuelvo a ver mañana y me da por opinar que es una boñiga fallida y con ínfulas, como Pozos de ambición. Que el guión no va a ningún lado, que Amy Adams está horrible (es que no le pega nada el papel tan chungo que tiene, jo, con lo que la quiero), que la música es irritante, que aquella canción con tantas señoras en pelota viva sobraba, que Joaquin Phoenix tampoco tiene tanto mérito porque, ya sabéis, está como una cabra de por sí... Pero entretanto, a cualquier persona que me pregunte, o no, le recomendaré The Master. Porque es puro cine, añadiré, y apuraré el whisky. PURO CINE.
   Y a continuación, si me disculpáis, me voy a dormirla. Con Dios.

viernes, 22 de febrero de 2013

Caca, súper cagada, y una súper cagadísima

Si para el siguiente artículo me diera por utilizar la prototípica estructura de pirámide invertida, la más correcta periodísticamente, puesto que entre la cantidad de tiempo que os pasáis viendo La que se avecina o leyendo a Paulo Coelho apenas encontráis un momento que perder para críticas meridianamente largas, diría que La jungla: Un buen día para morir es una gran caca. Una enorme, olorosa y testosterónica caca.  Os puedo incluso hacer la advertencia final, ahora. No la veáis. No paguéis por ella. No penséis que es una nueva entrega de la saga Die Hard o, como la conocemos los hispanohablantes, La Jungla de Cristal, aunque el título y la presencia de Bruce Willis pueda llevar a engaño.

"Simón dice: Ni se os ocurra ver esta mierda"

   Por si hay alguien al que no le importe seguir leyendo continúo con mi destrucción. La cosa esta perpetrada por John Moore es tan mala, tan mala, tan mala, que no da ni risa. Y eso, en una película que pretende ser la quinta de la gloriosa saga de John McClane, es imperdonable. Bueno, en honor a la verdad me reí un par de veces, con una carcajada nerviosa y desesperada, porque siempre ayuda ver a Bruce Willis pegando sopapos mientras dice palabrotas. Hasta cierto punto.
   Son un par de veces aisladas en medio de una desolación inconmensurable, que al menos dura poco. No más de 90 minutos tarda el engendro en concluir, y aún así cuando lo hace ya llevas deseándolo un buen rato. Y tiene bastante mérito, ¿eh? 90 minutos, 50 de ellos dedicados a escenas de acción, y con Bruce Willis en camiseta blanca. Y te encuentras con una mierda de este calibre. ¿Cómo puede ser?
   Pues vamos por partes. El director, John Moore, deja muy claro de qué rollo va al comienzo del filme, con un montaje abrupto en el que ni siquiera deja ver de forma satisfactoria el par de tetas que anunciaba el trailer. Muchos andobas ruskis hablando en ruski, miradas inexpresivas de gente desconocida, una tía bajando de una moto y quitándose la chaqueel supuesto hijo de McClane matando gente. Cinco minutos y no te has enterado de la misa la mitad, pero bueno, sólo es cuestión de tiempo antes de que aparezca Bruce Willis. Y, cuando lo hace, en un penoso diálogo con no sé qué jefe suyo de la policía, John Moore no se puede estar quieto, y decide que quedaría super guay que la cámara no dejara de temblar, para insuflar una tensión perpetua, que te deje pegado al asiento. Suspense puro y duro.

En toda la película no vais a ver más tetas que éstas. Pero porque lo exige el guión

   Las escenas tranquilitas son rodadas así, con prisa, acabemos rápidamente para que vengan los tiros. Y las escenas de acción, pues bueno. No son de lo peor, y eso ya es algo. La persecución del comienzo está bastante bien planificada, y el tiroteo de entre medias tampoco está mal. Luego el clímax es otra guarrería, gracias a que el dire ya decide sacar la artillería pesada, ponerse trascendente, y meter como diez minutos de cámara lenta. Porque sí, también le gusta la cámara lenta. Lo tiene todo.
   Los actores. Obviamente, por un lado está Bruce Willis, y por otro el resto de inútiles que le acompañan. El que hace de su hijo, que se parece a Sam Worthington, que actúa tan mal como Sam Worthington, pero que no es Sam Worthington. El que hace del amiguete ruso que es muy listo porque sale jugando al ajedrez al principio metido en una cárcel, otro inútil. Mary Elizabeth Winstead, que está buenísima. 
   Y Bruce Willis, que no le dejan hacer lo mejor que sabe hacer. Que no es "dar su merecido a los malos", como se empeña en repetir en unos diálogos bochornosamente infumables, sino soltar frases grandiosas al tiempo que se las ve y se las desea para acabar la película vivo. Con la camiseta blanca progresivamente roja, y eso. 

El supuesto John McClane, el prota de Avatar, y un tío ruso con barba

   Porque aquí no se salva ni John McClane. Y lo que acapara todo el mérito de tal grado de infamia, más que un director de Serie B, más que un plantel de actores lamentable, es el guión, obra de un tal Skip Woods, probablemente uno de los tipos más inútiles de la historia de la humanidad. Qué asco de guión, por Dios. Con trama estupidísima (tampoco hay que pedirle peras al olmo, pero las cosas como son), con unos diálogos que parece que los he escrito yo con mi polla, con unos chistes con menos gracia que Eva Hache, con unos malos simplemente ridículos (a quien se le ocurriera lo del pipa que quiere ser bailarín y come zanahorias es para guillotinarlo)... Con un John McClane irreconocible. Que apenas se cabrea, ni se ve en aprietos, ni le parte la cara al imbécil de su hijo en cada uno de los desaires que le da (esto probablemente sea lo más frustrante de todo). Ni siquiera el Yipikayeihijodeputa mola.
   Y eso. Una soberana mierda, un vergonzante atraco (últimamente pagar por ir al cine supone, casi siempre, un atraco) y un insulto para la saga y sus fans (superando en horripilancia a La jungla 2). Una basura que, con todo, sigue siendo mejor que Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

martes, 12 de febrero de 2013

Life on Mars?

Qué duro que fue el instituto, ¿verdad? Cuando te avergonzaba pertenecer al club de ajedrez, cuando sentías estremecimientos al ver a aquel grupo de animadoras parlanchinas tan rubias y tan pelirrojas y tan pálidas, cuando el equipo de rugby se metía contigo y te encerraba en tu propia taquilla tras haberte tirado de los calzo. Tiempos aciagos, ¿verdad? Cosas por las que todos hemos pasado, ¿verdad? 
   Nos han vapuleado, y nos vapulearán, con tanta mierda los gringos que llegará un momento en que nos inventemos nuestra propia adolescencia, y que hablemos a nuestros hijos de cómo, en los duros tiempos de la ESO, contamos entonces con el único apoyo del profesor de Literatura, el enrollao, el único que creía en nosotros. Una enorme cantidad de basura que desconozco si será veraz allá de donde proviene, pero que aquí no hace más que exhasperarnos con su insistente pestilencia. 

Foto tomada en un instituto de Vallecas
   Hete aquí que llega una película a nuestras pantallas que no sólo aglutina todos estos grises tópicos, sino que además viene envuelta en un halo de compromiso social y, agarraos fuerte, de vocación indie. ¿Y en qué se traduce todo esto? En un zagal con más traumas que Haneke en sus años mozos que llega al instituto y, por su abierta condición de nerd y porque, supongo, le gustan los Smiths, es marginado por la fauna y flora del lugar. Y verdaderamente, con la cara pánfilo que se gasta el tal Logan Lerman, yo mismo le tiraría de los calzo, sólo por ver si reaccionaba de algún modo. La película, por cierto, se llama Las ventajas de ser un marginado. La cosa promete.
   El chavalín al que le gustan los Smiths pronto, claro, encontrará unos nuevos amigos tan marginados como él, empezando por Patrick, el típico payasete sin gracia y que no obstante rebosa mucho más carisma que el primero, y terminando con su hermanastra, Sam creo recordar que se llamaba, pero más conocida como Emma Watson, más conocida como Hermione Granger. 
   Quizá he empezado esta crítica, o simple pasatiempo, de un modo excesivamente destroyer, así que me calmaré un poco hablando de la Watson, que en mi opinión era la mejor del trío protagonista de Harry Potter (por eso de que Daniel Radcliffe es una suerte de Keanu Reeves en brittish y Rupert Grint sólo un encantador payasete). No actúa del todo mal, como digo, y encima es guapísima. Su personaje en Las ventajas de ser un marginado no deja de ser una calamidad, pues tan pronto se dice de ella que es una guarra, como que es una empollona, como que sufría algo parecido a violaciones de pequeña (hay mucha gente que sufre violaciones de pequeña en esta trágica película), como que es una chica inocente y enamoradiza, y que sin embargo canta con inusual brío el tórrido Toucha toucha touch me de The Rocky Horror Picture Show (en la que es sin duda la escena más excitante de la función, pese a su brevedad). Acaba pareciendo más bipolar que el marginado número 1, y eso que de vez en cuando a éste le dan veretes, y parece que va a dar un puñetazo súper enrabietado y PUM, fundido a negro. 
   La Watson no está nada mal, en fin, y su prístina belleza (el adjetivo me parece apropiado) suple de lleno las carencias de unos diálogos bastante poco inspirados. También aparece por ahí el novio de Phoebe de Friends, haciendo del profesor enrollao que antes mencionaba, y una hermana que tiene el protagonista que solo menciono porque también está muy buena.

No sé qué sería de la película sin su papel

   Un nivel tan flojo en la actuación se vería salvado, a duras penas, por un buen guión, uno del que Las ventajas de ser un marginado carece. Y eso que tiene frases muy inspiradas, de las de apuntar en un libro rosa con estrellitas, como el monólogo que el protagonista (cómo no, el narrador de la peli) se marca sobre el final. Pero son logros aislados en una historia topiquísima, alargada en exceso (y eso que no dura más de hora y media), y con un ritmo estrepitosamente fallido. Intenta ser ocurrente sin conseguirlo la mayor parte del tiempo (hay algún chiste que se salva); intenta ser rompedor pero sólo enarbola la típica pelea de linchamiento al homosexual que, como progres que somos, a todos nos escandalizará; e intenta ser trascendente pero sólo se acerca a ello cuando echa mano de la banda sonora, y de David Bowie en particular.
   Porque lo curioso es que, en realidad, me ha resultado agradable el visionado. La mayor parte del tiempo sabía que lo que estaba viendo era una cagarruta de primera categoría, pero deberíais ver cómo se me caía la baba cuando el prota decía "The Smiths es el mejor grupo de la historia", o el profe le regalaba a éste su ejemplar de El guardián entre el centeno. Yo sintiéndome la leche de culto y el director, un tal Steve no sé qué, que adapta su propio libro (otra buena mierda lo más seguro), guiñándome un ojo. 
   La mayor baza de Las ventajas de ser un marginado es la misma de la que alardean esas cacas con las que Sundance (ese sitio tiene que ser la monda) nos acribilla cada año. Y es la cuestión intelectualoide. Jack Kerouac, Harper Lee, J. D. Salinger, David Bowie, The Rocky Horror Picture Show. Multitud de referencias a lo undeground más mainstream y más trendy, de espíritu indie, hipster y kitsch, con un ligero toque fancy. Yo, que soy bastante capullo, me jactaba de pillar la mayoría de estas referencias pensando, con envidiable modestia, que muchos de mis amiguetes no serían capaces. Joder. Si es que hasta hay una escena en la que el prota se viste de traje y se pone unas gafas de pasta a cámara lenta. 

Seguro que también le gustan Los Punsetes. Es la mujer perfecta

   La ópera prima de Steve, espera que lo miro, Chbosky (sólo por el apellido, sin haber llegado a ver su obra, dan ganas de calzarle una colleja), se defiende como puede exprimiendo al máximo la cuestión intelectualoide, y dándoselas de rompedor pese a dibujar un instituto más típico que el de Física o Química y unos personajes más planos que los de... Física o Química. Así que, por muy capullo que yo sea, confieso que Las ventajas de ser un marginado no es una buena película. Emma Watson es muy guapa, hay frases muy guapas también, y las dos escenas en las que suena Heroes, del sacrosanto David Bowie, son jodidamente épicas. Aunque, siendo rigurosos, si pusieras a Lars von Trier cagando en plano cenital leyendo Cahiers du cinéma con Heroes sonando de fondo, la escena en cuestión también quedaría jodidamente épica. Bowie es mucho Bowie.
   Gustará a todos aquellos que les gustara Bestias del sur salvaje. Imagino.